28 de marzo de 2026

La Lupa Random

La Lupa Random. "Tenía culpa, de haber sobrevivido, saber que había gente secuestrada y no podía ni decirlo"

María del Carmen Silva, es una vecina tandilense que fue víctima del Terrorismo de Estado. Pasó muchos años sin poder contar su historia, pero cuando pudo hacerlo, sintió que de verdad empezaba a liberarse y sanar. Hoy en La Lupa Random, María nos brinda detalles de sus días en cautiverio, nos hace revivir la historia con datos inéditos y algunos insólitos casi como un respiro en un relato tan doloroso, que se hace más angustiante cuando pensamos que es una historia que se repite por miles en todo el país y que muchos no hay vuelto para poder contarla.

por
Lorena Medina y Florencia Pendas

Este fue un marzo especial, en todo el país se conmemoraron los 50 años del golpe de Estado. Medio siglo de aquellos momentos sangrientos de nuestra historia y heridas, que aún con el paso del tiempo, siguen abiertas.

En nuestra ciudad también hubo vecinos y vecinas que sufrieron, algunos que no han vuelto porque los hicieron desaparecer y tal vez, otros tantos, que como en distintos rincones eligen el silencio.

El grupo Memoria de manera sostenida lleva las historias a cada rincón, se convoca, proyecta acciones y participa también en otros espacios para que nunca se pierda de vista la importancia de nuestra historia. Una de las integrantes del grupo, es María del Carmen Silva, quien hoy sabemos, es sobreviviente de esos años de horror en nuestro país. Ella estuvo secuestrada por los militares en el centro clandestino de detención La Huerta, situación que mantuvo en silencio durante casi, toda su vida.

María Del Carmen Silva tiene 69 años, creció en el barrio de Villa Italia, su papá era ferroviario y su mamá ama de casa y comerciante. Ella es la segunda de tres hermanos y hoy llena sus días con sus hijas Manuela y Victoria, con sus nietos, la compañía de su marido, Dardo Casal y de todo Flor de Murga.

Hoy, la vida de María está llena de colores, música, abrazos y risas, pero también de compromiso, de militancia y del enorme deseo de Memoria, Verdad y Justicia.

Su relato casi no hay que editarlo, revive cada detalle y cada momento como si lo estuviera viendo. Y aunque habla de tortura, de miedo, de sufrimiento, angustia y culpa, no siente odio, y no es algo que dice, es algo que se nota. Menciona a sus captores como "los tipos" y en más de una hora y media de charla, ni siquiera por impulso levanta la voz, ni insulta.

Su infancia y comienzos en la militancia

"Fui a la escuela 21 y seguí la secundaria en Comercio de donde egresé en el '74 con el título de Perito Mercantil. En el '75 me anote en la carrera de Trabajo Social, en la Universidad Nacional del Centro. Ingrese con la idea de empezar a militar, eran épocas de mucho fervor político y a mí me gustaba. En esos tiempos la gente entendía de política y se interesaba en participar, no cómo ahora que muchos te dicen que mejor no quieren saber, yo creo que eso es una falta de responsabilidad, tenemos que tener cultura política", dice.

"Mi familia era peronista, no de militancia activa, pero eran trabajadores, y era casi natural en esa época que el trabajador sea peronista, con Perón, habían conocido sus mejores tiempos. La ampliación de derechos, la democratización en el consumo, el poder tener una vida más digna. Crecimos viendo golpes de estado, revueltas populares, el Cordobazo y todo eso, entonces estábamos en esa efervescencia. Ya en la facultad, se creó el primer centro de estudiantes y me invitaron a participar. Yo tenía 18 años, y empecé a conocer gente, me invitaron de la Juventud Universitaria Peronista y me sumé", cuenta.

"Nos reuníamos para educarnos políticamente, tratábamos de entender sobre economía, políticas exteriores, saber qué era el Fondo Monetario, etc. Juventud Universitaria Peronista era una organización política no armada, pero respondía a la conducción política de Montoneros que estaba proscripto. Entonces ya esos encuentros eran un poco en la clandestinidad porque sabíamos que el clima era tenso, había violencia política. De hecho, el 22 de agosto de 1975, cuando se lanza el partido Peronista Auténtico acá en Tandil, que eran los representantes de Montoneros, se programaron dos volanteadas en fábricas. La primera (y única) que se hizo fue en Buxton de noche y a los compañeros que estaban se los llevó la policía, los tuvieron en comisaria, la pasaron muy mal. Los pusieron a disposición del poder Ejecutivo y estuvieron presos durante seis meses en Azul", menciona María en lo que empieza a ser la parte más dura de su relato.

Había un conocimiento de cómo estaba el clima político en el país, pero al parecer de manera inconsciente les parecía que aquí a Tandil "eso" no iba a llegar. "Antes del golpe ya era peligroso militar políticamente, se decía que había personas de la Triple A, que juntaban información, pero no lo sabíamos a ciencia cierta, estábamos todavía en gobierno democrático, el de Isabel Perón. Fue como el comienzo del horror que se vivió después con el plan sistemático que tenían".

Volviendo a la persecución y la inteligencia que se hacía para controlar las acciones de los grupos y contextualizar lo que se vivía, María entiende, "que las organizaciones armadas son hijas de una época, un contexto geopolítico mundial pero particularmente en la argentina, crecieron en respuesta a la larga proscripción del peronismo, que impidió desde el 55' a más de la mitad de los argentinos manifestarse. La gente intentaba hacerse oír, algunos - no todos - tomaron ese camino en ese momento en el que se decía que había un vacío de poder porque ya sin Perón, era muy difícil encontrar una figura que ocupara ese espacio en muchos sectores políticos querían ocupar. Un gobierno dictando leyes contra estas organizaciones, que daban más poder a las Fuerzas Armadas. Hasta volvieron a abrir la cárcel de Ushuaia para meter ahí a peronistas".


El día de su secuestro

"Yo ya estaba en tercer año de la carrera. Era muy difícil porque no teníamos bibliografía, había profesoras y profesores que se iban y otros que venían. En el '77 se puso durísimo, algunos docentes se exiliaban, era complejo hacer la carrera. Y en ese entonces comenzamos a enterarnos de compañeros que empezaban a desaparecer. Nosotros pensábamos que era algo momentáneo, que iban a volver", relata.

"Por la tele contaban de cuerpos que aparecían en las costas uruguayas, se sospechaba que estaban tirando gente al mar, pero pensábamos que acá no iba a llegar. Yo seguía con mi vida normal, trabajaba en una metalúrgica a la mañana y después estudiaba. Me iba a las 7 caminando sola, por Saenz Peña, hasta Pasteur y después para el lado de la ruta hasta el trabajo. No tenía miedo, no me daba cuenta de que me estaban espiando, hasta que una vecina le dijo a mi mamá que le parecía que había un auto que siempre estaba ahí, con gente adentro, mirando para mi casa".

Los padres de María del Carmen sabían de su militancia, le habían dicho que no era momento de seguir con las reuniones que porque mejor no lo dejaba para más adelante. Pero ella con sus 18 años pensó que algo tenía que hacer.

"El 8 de septiembre de 1977, estábamos en casa con mi mamá. Mi hermana estaba estudiando y papá trabajando, era de noche, tocaron en la entrada y dijeron "personal del ejército. Abra la puerta". Tenían un papel en la mano con mis datos, entraron a mi cuarto y me dijeron que me tenía que ir con ellos, me dieron un ratito para que me vista. Mientras, tomaron la casa por asalto, revisaron todo, me hicieron algunas preguntas, se quedaron con unas fotos del egreso de mi hermano con sus grupos y algunas mías, buscaban marcar a otras personas".

Sentada en la silla de su cocina María del Carmen revive corporalmente el momento, gesticula con sus manos y señala en el aire la disposición en el auto de los tres que la llevaron. "Había un tipo que manejaba, al lado se sentó el que había comandado el operativo en casa y otro al lado mío. Me hicieron recostarme en el asiento y lo último que vi por el vidrio de atrás, fue a mi mamá caminando detrás del auto como para ver hacia donde me llevaban".

Y continua "en el auto me pusieron una capucha y empezaron a amenazarme, me contaban cosas que sabían de mi como para demostrar que podían enterarse de todo. Anduvimos un trecho y agarraron la ruta, calcule que fueron 10 o 15 minutos y después doblaron hacia la izquierda. Abrieron una tranquera y entramos a un lugar, era camino de tierra, fueron como 5 cuadras. Ahí frenaron y me hicieron bajar, se pisaba pedregullo...entramos a ese lugar donde había otros, estaba puesta Radio Continental y justo cambiaba de hora porque empezaba el servicio informativo, reconocí la música".

Esa noche la paso maniatada, le hicieron algunas preguntas, pero intento decir lo menos posible, sabía que cualquier cosa que dijera podía ser perjudicial para otros. "Al otro día me llevaron al galpón donde tenían todo armado para interrogar bajo tortura y ahí me torturaron con electricidad. Yo no podía decirles mucho, había militado en grupos muy chiquitos y ni siquiera había participado de la volanteada", dice.

La escuchamos y nos duele pensar en esos momentos, en una piba de 18 años pasando por ese horror, no es necesario el detalle cuando te hablan de tortura, así que siguió con su relato. "Los interrogatorios eran casi diarios, menos los domingos que parece que se tomaban descanso. A mí me torturaron una vez, pero yo escuchaba las voces de todos, los que entraban y salían. Estuve desde el 8 al 29 de septiembre, siempre en el mismo lugar, entonces pude juntar mucha información de cómo era el lugar, los ruidos, escuchaba aviones que volaban bajo, sirenas que pensaba que eran de bomberos, pero eran de la fábrica Loimar que estaba enfrente. Se escuchaba el tren, camiones que iban como subiendo una loma. Me di cuenta de cómo eran las guardias, tocaba las paredes para saber de qué material eran. Había un perro también por ahí...yo pensaba en que me iban a matar en cualquier momento, pero mientras tanto quería tener toda la información que pudiera".

Salir de La Huerta, la libertad que no fue

"Los días previos al 29 habían traído muchos chicos, pensé que no entrabamos ya, así que no sé si fue por eso o porque ya no tenían nada más que sacarme de información, que me liberaron. No sin antes, amenazarme de muerte si hablaba o contaba lo que había pasado ahí, ni a mis padres y me soltaron con el compromiso de llamar cada 15 días y reportarme con un señor 'Charles' a quien tenía que rendirle cuentas de todo lo que hacía. Me hicieron subir a un auto dieron algunas vueltas. Y después de varios minutos pararon, creo que me sacaron la venda, pero no abrí los ojos, me dijeron 'cuando arranque el auto contá hasta 20, no mires para atrás, andá hasta tu casa que estas en la esquina'. Hice todo tal cual me dijeron, cuando abrí los ojos vi el cartel de la carnicería de la esquina que parecía que se me venía encima, hacía mucho que no abría los ojos. En ese momento salí corriendo para casa, cuando me vieron lloraban todos y me abrazaban. Yo no lloraba, les repetía que estaba bien, pero tenía terror pensaba que podían estar escuchando".

Después de ese momento inolvidable para todos, "mi mama me hizo una sopa, me bañe. Dormí, pero a la mañana cuando me desperté y abrí los ojos, pensé en todos los que habían quedado adentro y yo no podía hacer nada. Después me entere de que esos que habían venido en los últimos días era un grupo de Olavarría y dos de ellos no aparecieron más".

María del Carmen había salido del cautiverio, pero no era una libertad completa, seguía presa en el silencio. La culpa de no poder hablar por lo que todavía estaban y el miedo de hablar por los que sí la rodeaban, esa era otra forma de tortura de la que no podía librarse.

La vida normal, fue muy difícil. Ellos me habían dicho que no iba a tener problema de volver al trabajo, pero cuando me presente me dijeron que no podía volver porque había faltado. Les comenté que en el ejército me habían dicho que me podían dar una carta para que me tomen, pero para conseguirla tenía que esperar 15 días porque se la tenía que pedir a 'Charles'.

Llamo al número que le dieron y del otro lado respondieron "Comando" con la voz temblorosa, María del Carmen preguntó por el tal Charles que la citó en Beyro y Del Valle, para ese entonces una esquina muy oscura. Cuando llegó el Dodge, allí estaba, la misma persona que había entrado a su casa para secuestrarla.

Hablar para sanar

Desde ese 29 de septiembre en que María fue liberada, mantuvo el silencio. Nunca le contó a su familia nada de lo vivido en sus días de cautiverio. Sus papas fallecieron sin conocer la verdad en detalle y sus hermanos recién escucharon el horror que vivió María cuando dio dos testimonios ante la justicia, uno en el Juicio por la Verdad y el otro en el de La Huerta.

"Recién pude empezar a hablar de esto, cuando Néstor Kirchner logra que se anulen las leyes de impunidad, se vuelven a abrir los juicios y toma decisiones muy simbólicas, que hacían que sienta una protección del estado. Una persona que tenía una forma como paternal, lo sentía como uno de nosotros. Si bien yo no participaba de los grupos ni decía nada, iba a las marchas como una más. Recuerdo que cuando, para los 25 años, el grupo Memoria puso la piedra en La Huerta señalándolo como un centro clandestino de detención, nosotros fuimos con la Murga y alguien dijo vengan los sobrevivientes a sacarse una foto, fueron Walter Fernández y Eduardo Frechero, yo estaba, pero nunca había dicho nada y no fui".

A la primera persona que se lo conto fue a una de las integrantes de un grupo que había empezado como a recopilar historia de esos años en nuestra ciudad, pero sin detalles, es por eso que cuando le preguntaron si quería declarar en el juicio a las Juntas y en la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) dijo que no. "Pero en el 2006 me animé y fui a declarar a Azul ante el Juez Comparato, fueron como 4 horas, me atendieron muy bien, era la primera vez que hablaba, por momentos fue doloroso, pero me alivio. A partir de ahí empecé a estar más activa en el grupo memoria, me presenté como querellante en el Juicio La Huerta. Me di cuenta de que era importante lo que había vivido, hasta ese momento yo sentía que no me había pasado tanto.

Cuando indagamos sobre el porqué siente que no habló, dice: "Miedo, me parecía que no estaba a la altura de lo que era ser militante. Sentía pena por mis papas, no quería que ya de grandes se enteren de las cosas que yo había sufrido. Tenía culpa, por haber sobrevivido, desde el primer momento pensé en lo terrible de saber que había gente secuestrada y no podía ni decirlo".

"La primera vez que declaré en público, en el Salón de los Espejos, sentí el cariño de la gente que me preguntaba si estaba bien. Al día siguiente había un reconocimiento en La Huerta y fuimos en caravana de autos. Bajé, vi la casa era tal cual me la imaginaba desde mi percepción, la sensación corporal era que no quería ponerme contra las puertas, prefería la pared, me sentía más segura". Ese día volvió por primera vez al lugar donde paso 21 días maniatada, con los ojos vendados y sin poder hablar con nadie. Agudizando los sentidos para grabar en su memoria cada detalle, distinguía cuando alguien caminaba con botas y si oía ese ruido entonces se llevaban a alguien, eran los de botas los que interrogaban bajo tortura.

María cuenta una película de la que, según menciona, se sabe protagonista aunque a veces hable en tercera persona. Como cuando habla de La Huerta y dice "pienso que en ese lugar torturaron personas, tantos sufrieron". Como si ella no hubiera sufrido, como si no la hubiesen torturado.

"Lo que más me duele es el daño que le hicieron a otros, cuando llegan estas fechas y veo las fotos, tan jóvenes. Lo que sí me genera un llanto es pensar en lo que habrán sufrido mi papa y mi mamá. Con ellos nunca hablé de esto, se fueron de este mundo sin saber todos los detalles que conté en el juicio y ellos tampoco nunca me preguntaron para no hacérmelo revivir. Una vez le pregunte a mi hermana qué pasó esa noche que me llevaron, cuando ella y papa llegaron a casa y me dijo 'nos tiramos los tres en la cama grande a llorar'. Eso me parte el corazón, pensar en ese sufrimiento de ellos", dice.

Hoy María milita con la murga que la abraza desde hace 40 años, y es muy activa en todas las acciones de los Derechos Humanos eso "me hace sentir útil, hacer algo por los que ya no están, porque sé que sí yo estoy, es por ellos".

Nunca Más.

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