16 de junio de 2026
Los ojos curiosos lo encuentran en la Plaza de los Trenes sin pasajeros. Es como un picaflor, ese bicho que pesa apenas un poco más que el aire y nos hace parir una sonrisa cada vez que se da una vuelta por nuestro jardín. Este se llama Isaías Román Giménez y es parte de esa tribu urbana que enciende la humanidad forjada a pura fuerza, resistencia y constancia, sin chistar por la falta de aplausos.
Con las dos manos se sube a la barra, que tiene algo menos de dos metros de altura. Después se sigue elevando hasta quedar en paralelo al suelo, estirándose, como volando. Hasta ahí el espectáculo asombra y genera admiración. Lo que viene después es la sospecha de un truco de Dios: la bestia de 16 años levanta un brazo, mete su mano en el bolsillo y se sostiene en el aire con la otra. Solo le falta echarse a volar; aunque tal vez lo esté haciendo y no lo podamos ver.
"Me encanta esto, no dejo de hacerlo nunca", dice Isaías y se ríe. Por ahí sí, por ahí su deseo de rechazar lo fácil sea una manera de imitar a los pájaros libres. La calistenia tiene eso y bastante más: una camaradería que se siente rápido si uno detiene los zapatos a las orillas de sus escenarios. Que no son demasiados, para desgracia de todos, sobre todo de los de abajo.
Pero podría haber más. El propietario de los dedos que aprietan estas teclas redactó, hace ya unos seis meses, una nota para que el Municipio instale, con un poco de voluntad y menos de dinero todavía, aparatos para ejercitar brazos y piernas en un rincón olvidado de la plaza de O'Higgins y Brandsen. Hoy, la misiva continúa esperando que el viento de las sierras la arrastre, algún día, hasta los corazones capataces del palacio comunal.
Mientras tanto, para los pibes del barrio, ese gimnasio a cielo abierto seguirá siendo un verdadero lugar soñado. Apenas soñado, nomás.
Historias así el sábado 29 de agosto en el teatro La Fábrica
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