28 de junio de 2026
Un estudio pionero en Europa, realizado a 3.700 estudiantes, revela que el uso de la inteligencia artificial generativa se basa mayormente en el autoaprendizaje. Expertos urgen a las escuelas a asumir un rol activo y establecer pautas para que los jóvenes aprendan a contrastar datos, evitar sesgos y no confundir la fluidez de un texto con la verdad.
Un estudio sobre el uso de la inteligencia artificial generativa (IAG) en las escuelas concluye que la verificación de la información contenida en las respuestas es el gran punto débil de la aplicación académica de esta tecnología, puesto que solo un 10 % del alumnado contrasta "siempre" las respuestas obtenidas. Un 23,8 % de los jóvenes afirma que las verifican "a menudo", mientras que más de la mitad señala que lo hacen "a veces" (32,9 %) o "raramente" (21,7 %), y un 11,5 % reconocen que no las verifican "nunca".
El informe, el primero de estas características que se realiza a escala europea, fue realizado por investigadores de la Escuela Pía de Cataluña (EPC) y la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). Recopila indicadores de tendencias y patrones de comportamiento sobre la IAG a partir de una amplia muestra de 3.700 alumnos de secundaria y bachillerato de 17 centros catalanes.
El estudio expone que el conocimiento de la IAG entre el alumnado es desigual: un 34,8 % declara un conocimiento bajo o muy bajo de esta tecnología, mientras que un 46,6 % se sitúa en niveles altos.
Además, revela que la principal vía para aprender a utilizar la IAG es el autoaprendizaje. Según Marta López Costa, miembro del equipo de coordinación del estudio y una de las responsables del grupo de investigación en Educación (GREDU) de la UOC, así como profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación, "la escuela tiene un papel relevante en este aspecto, pero es todavía irregular".
Las conclusiones del análisis muestran que actualmente el uso más extendido de la IAG entre el alumnado es el textual. Es decir, la utilizan para generar principalmente contenido escrito. Los usos más avanzados -entre los que se incluye la generación de imagen, vídeo, código, simulación o ingeniería de prompts- son mucho menos frecuentes.
Los autores -entre los que también figuran el catedrático Antoni Badia y la profesora Lorena Becerril, investigadores del Seminario de Investigación sobre IAG y formación, enseñanza y aprendizaje (SINTE-GenAI) y docentes de los mismos Estudios que López- también han constatado que la tecnología ya forma parte de la vida académica cotidiana, teniendo en cuenta que el 54,9 % declara utilizar dispositivos electrónicos para estudiar entre una y tres horas diarias, y un 27,1 % señala que los utiliza más de tres horas.
EL ROL DE LA ESCUELA
A la luz de los resultados de la iniciativa, López considera que la prioridad para conseguir una adopción satisfactoria de esta tecnología en las escuelas es "construir una cultura pedagógica de uso de la IA". En este sentido, considera que "el primer paso es que la escuela asuma un papel activo", porque el informe muestra que el alumnado ya utiliza la IAG, pero a partir del autoaprendizaje. "El centro tiene que pasar de la tolerancia o la reacción puntual a una estrategia explícita, progresiva y compartida", propone la investigadora. "Hay que transitar de un uso intuitivo a una competencia digital académica crítica y sistematizada", añade.
Ramon Puig, impulsor de la iniciativa y miembro de la comisión sobre IA de la Escuela Pía de Cataluña, introduce en la ecuación el factor de la edad. "El análisis de los datos muestra que la escuela no puede dar la misma respuesta en todas las etapas: en la ESO hay que alfabetizar en IA, mientras que en bachillerato hay que exigir autoría y capacidad de defender el proceso que se ha seguido", señala.
Enseñar a verificar la información obtenida de la IAG es para Marta López el segundo reto para los centros escolares. "Esta tendría que ser una competencia central: contrastar respuestas, buscar fuentes fiables, detectar errores, entender sesgos y no confundir fluidez textual con veracidad", apunta la investigadora, adscrita junto con sus compañeros al centro de investigación UOC-FuturEd.
De hecho, como parte del estudio se ha elaborado un conjunto de recomendaciones para los centros educativos que insiste en que la verificación debe convertirse en una exigencia habitual de las tareas escolares con IAG. "Además, el alumnado necesita saber cuándo la IAG es una ayuda legítima, cuando hay que limitar su uso y qué parte del proceso tiene que ser propia", explica López.
"Esto afecta directamente a la evaluación: pedir un producto final no es suficiente; hay que pedir evidencias del proceso, justificación de decisiones y trazabilidad del uso de la IA", subraya.
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