6 de julio de 2026
Un Zaratustra de barro da los libros y la noche. Borges acompaña en el recuerdo con su voz cadenciosa. El invierno oscuro es un faro luminoso que alumbra a esos pichones de la ciencia, empecinados en mejorar un mundo que simula no tener cura. Los árboles lo miran todo bailando suave. Desde sus ramas, los pájaros semejan llamar a sus críos, como una madre que ya tiene lista la sopa.
En Humanas, cuatro muchachos gastan suelas jugando al fulbito. En Económicas, las chicas conversan y ríen. Los colectivos son carruajes proletarios con rostros levemente iluminados por esos nuevos dioses táctiles que caben en una mano. Los ojos del cronista ven eso y más: un perro atorrante que simula ser la reencarnación del mismísimo Bepo Guezzi andando cerca del comedor; las estrellas que, desde lo alto, dan la impresión de no querer quedarse afuera del cuadro, y el deseo -para muchos invisible- de existencias que se paran desafiantes ante cualquier dificultad.
Es el comienzo de julio. En el aire de la UNICEN hay frío también, es cierto, pero se respira el calor de los sueños obreros mientras las ruedas de los micros empiezan a girar. Muchos lectores dejarán pasar esta nota como una mariposa ignorada más; pero habrá alguno que se detenga a pensar en la hermosa manía que acompaña a los horneros de la palabra, empecinados, a veces, en narrar por narrar.
Para estas manos, que han estacionado la bicicleta ya, el Campus, que en latín significa terreno abierto, limpio para sembrar, también es un lienzo maravilloso para pintar. Sí, lo que nació en el idioma de los césares hoy es la pampa soberana donde los hijos de los laburantes empiezan a parir un mañana que no será igual (Alejandro Latorre).
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