13 de julio de 2026

Cultura

Cultura. El fantasma de Canterville, el de Adela y la esquina encantada

Sir Simon, el viejo espectro hijo del escritor irlandés Oscar Wilde que fue ignorado por la familia Otis en la época victoriana, envidia a su colega tandilense: ese otro fantasma que en la esquina de Alem y Machado es recibido con honores en noches como las de este frío viernes de invierno, envuelto entre la tibieza de tangos, viejos parroquianos y recuerdos inmortales.

La lluvia cae sin apuro y el barrio de la Estación se viste de fiesta con la maravillosa pluma de Leandro Vecino, la cámara mágica de Gonzalo Celasco y la arquitectura de las imágenes de Pomy Levy. El libro Caras de bar -que tiene el prólogo de Julio Varela, un Borges de la serranía- está siendo deleitado por un cronista sentado a la mesa de la barra. Delante de él, Araceli, la hija de la inolvidable Adela, prepara un Cinzano mientras un loro grita desde el fondo como pidiendo un trago.

El maestro Argentino Irrutia desenfunda la guitarra que hasta hace unos minutos estaba en su rancho proletario de Villa Italia, y surge la voz arrabalera de Natalia Orejas. El Gaita Macho, que en su carrera de boxeador celebró su apellido bancándose todas, ríe con los ojos iluminados mirando a su compañero de infancia, Raula Canales; mientras Adolfo, el que a los diecisiete parió una personalidad inquebrantable en el arte de empinar, acompaña la tertulia que de vez en cuando hilvana carcajadas.

El piso de madera entrega un crujir como de aplauso para rematar las anécdotas de la cantinera sobre su madre, hoy de gira por el cielo, que de piba ya anunciaba su existencia de pilla. "Mi vieja vivía en el campo. Antes de dormir se preparaba la botella de miel, que era la golosina de los años 20. Un día la vació, le puso grasa y le convidó a su compañera de habitación, que se la mandó con tremendas ganas y después no paró de escupir", cuenta la anfitriona, y la platea de butacas altas y mostrador se mata de risa.

A veces los fantasmas, en vez de asustarnos, nos dan ganas de seguir. El de Adela es así. El bar le hace pito catalán a este presente de apuro global y se mantiene estoico, a la ladera de todo, como esas radios a pila que siguen rezongando canciones de Gardel, sin enterarse de que estamos en tiempos de internet.

Varios podrán considerar que la nostalgia es una cuerda que no permite avanzar; sin embargo, las manos que apuntan este retazo de vida sostienen que, para que la existencia valga la pena, es necesario detenerse y sentir el fuego de un tiempo que parece lejano, pero que vuelve tan vivaz como un tábano.

La vieja casa, un gimnasio de hígados obreros entrenados a grapa y tinto, se presenta a nuestros ojos con la intención de seguir honrando los días y las noches a pura bohemia creadora, haciendo aparecer en su aire el oro de un puñado de amigos y el amparo de sus mesas de sabiondos y suicidas.

Atención, cómplices: esto sigue en el teatro.

El sábado 29 de agosto a las 21, en la sala La Fábrica, habrá cine, filosofía, poesía, canciones y crónicas de lugares como este en la obra Bajo el cielo de Tandil y unos latidos más allá, de Alejandro Latorre, Adrián Ventos y Victoria Rodríguez Lodi.

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