20 de abril de 2008

Locales

Locales. El compromiso de la “universidad social” se consolida en la acción

Escribe: Dr. Néstor Auza(*)
En tiempos donde se extiende el debate acerca del rol del conocimiento en el desarrollo de las sociedades, en general, y el papel de las universidades en este proceso, en particular, conviene recordar que los principios fundantes de la modernidad, la época que nos toca vivir, fueron tres: libertad, igualdad y fraternidad. Tales principios, lejos de agotarse en el tiempo, memoran en nuestro país la deuda que la educación superior acrecienta para con los sectores más vulnerables y postergados, sectores que durante décadas fueron, mayoritariamente, objetos de estudio y análisis por parte de la academia sin que los resultados de tales observaciones fueran gestionados por la misma institución universitaria como herramientas de transformación y cambio de esa realidad.
En este sentido, podría afirmarse que la autonomía es la libertad de las universidades para desenvolverse conforme a un criterio que nace de los sectores que gobiernan la institución, pero también que esa libertad que caracteriza a la universidad argentina, sin embargo, no la exime de la obligación ética de velar por la sociedad que la contiene, la financia con sus tributos y le da sentido y vigencia con sus demandas. Por el contrario, tal autonomía le encomienda la responsabilidad de analizar, debatir y definir herramientas de conocimiento que impacten con eficiencia y eficacia en el desarrollo de la comunidad, más allá de las acciones que requiera y ejecute el poder político del Estado. Tal es su compromiso social.
La universidad adquiere este compromiso cuando asume el rol de productora, transmisora y administradora de los conocimientos dentro de las fronteras de una región o, más extensamente, de una Nación. Así, se pone a su servicio y se convierte estrictamente en un bien público, hacia adentro y hacia afuera de la institución. Por un lado, debe ser herramienta eficaz en la integración y garante de la igualdad de oportunidades, que en un ámbito democrático sólo posibilita la Educación. Por el otro, presta servicios a la ciencia, la tecnología y a la cultura, pero sin perder de vista que tales objetivos deben ponerse al servicio superior del interés social. Debe, también, hacer hincapié en la gerencia de la acción para pasar del “diagnóstico del deber” al “impacto del hacer”, esto es: la transformación de valores éticos en acciones concretas, pero no a través de actividades aisladas, sino mediante el uso de herramientas y metodologías que garanticen la sustentabilidad de tales acciones en el tiempo.
Por otro lado, una administración pertinente del conocimiento implica producir, transmitir y transferir lo que se requiere en un momento y lugar dado, sin perder de vista la eficacia y la eficiencia, es decir, la consecución del objetivo perseguido y el impacto de esa acción en el entorno donde se ejecuta. Las interacciones son cada día más complejas en nuestro medio y es necesario, entonces, prever los efectos que toda actividad social, económica o cultural desata en el medio donde se aplica (ecología de la acción).
Es la universidad la institución que por su misma característica está llamada a indagar sobre los distintos actores y entornos sociales para predecir y anticipar los efectos de tales acciones, potenciar los beneficios y limitar las colateralidades indeseadas.
Para ello, la calidad del conocimiento que se genera debe ser tan alta como la energía que necesita aplicar la institución universitaria para que esos resultados dejen sus beneficios en todos los estratos sociales, especialmente en los más vulnerables. Uno de los mitos que debe desechar la universidad argentina es el que sostiene que el desarrollo de modelos de alta complejidad tecnológica –donde la institución suele tener como socio a las empresas- es incompatible con el modelo social, donde los actores de la institución se abocan a resolver los problemas más sencillos de la comunidad en la que habitan con todo tipo de herramientas de tecnología social.
Muy lejos de eso, la universidad debe asumir la responsabilidad social de abastecer ambas demandas ya que la realidad de un país en desarrollo así lo requiere. La Universidad Nacional del Centro de la provincia de Buenos Aires es un ejemplo de que esta diversidad es posible. En la misma época en que se creaba un Parque Científico Tecnológico -donde actualmente se desarrollan más de 60 empresas de informática, alimentos y materiales especiales- se abría una “universidad barrial” en el centro de uno de los barrios más castigados de la ciudad de Tandil. La capacitación laboral para reinsertar desocupados en empresas (que a partir de 2002 retomaban la producción industrial), la apertura de cursos para mejorar el rubro de los servicios e, incluso, el apoyo pedagógico en bibliotecas populares para estudiantes de las escuelas más desprotegidas crecieron al mismo tiempo que se promovía la incorporación de firmas nacionales e internacionales al cluster que actualmente alberga a uno de los polos de informática más importantes del país.
Pocas herramientas parecen ser más eficientes que la Educación para acortar la brecha que la Economía ha impuesto entre distintos sectores de la sociedad, pero también, en el plano “macro”, entre distintas naciones. Por ello, la universidad debe ser fuerte defensora del valor de la Igualdad, segundo principio de la Revolución Francesa y fundamento del sistema democrático. Transforma en competitivos los entornos que de otra forma no pueden dar el salto de calidad que requieren las actividades productivas globalizadas y ofrece oportunidades de crecimiento individual al brindar a los ciudadanos no sólo la capacidad para ejercer una tarea, sino la elasticidad para pasar de una tarea demandada a otra más compleja. ¿No justamente ésta la idea central de la “Sociedad del Conocimiento”?.
También en las aulas se debe hacer el esfuerzo por superar la mera formación disciplinar y volcarla cada día más al “contexto” para que el resultado de la formación sea un egresado que además de adquirir conocimientos específicos pueda lograr su redefinición a partir de un contexto social determinado. Este compromiso social debe ser parte de la formación universitaria si se pretende, luego, tener una masa crítica de profesionales involucrados con su entorno inmediato, sensibles a las injusticias que algunos modelos económicos asumen como meros “efectos colaterales” del crecimiento.
La universidad no sólo debe alentar actividades de inclusión social, sino que las debe transformar en programas priorizados que se debatan en los órganos de gobierno de la academia para que todos los sectores que intervienen en su conducción fijen posición y asuman compromiso en el mediano y largo plazo, internalizando las externalidades.
Finalmente, el compromiso social de la universidad también debe expresarse a través de las actividades culturales que revelen un profundo respeto por las diferencias. Uno de los grandes equívocos de la universidad argentina ha sido el de pensarse como “colonizadora” y no como “facilitadora” de expresiones propias, acalladas por la falta de recursos pero ricas en contenidos y formas. Todos los recursos que tradicionalmente se han puesto al servicio de la implementación de modelos “centrales” en los bordes de territorio de la producción cultural, deben ponerse ahora al servicios de las comunidades que tienen cosas para decir y enseñar pero con voces y expresiones identitarias. Los barrios, las comunidades y los distintos grupos étnicos deben encontrar en la universidad el espacio que todavía se cierra a lo diferente. De este encuentro, naturalmente, saldrán beneficiados ambos sectores, pero sobre todo la identidad de un pueblo que debe reflejar la multiplicidad de las diferencias que conviven diariamente.
La convención de la Unesco (octubre de 2005) estableció que “diversidad cultural” implica “integración en un marco más amplio” y “aceptación de las diferencias culturales”. La universidad debe ser promotora primaria de esta idea sobre la que se fundamenta cualquier proyecto de sociedad fraterna, última exclamación del grito revolucionario que dio nacimiento a la modernidad en Occidente.
Como corolario vale recordar una vez más que parte de la Declaración de Glion – avalada por reconocidos agentes de las más prestigiosas universidades de Europa y Estados Unidos– reconoció que “los académicos han sido lentos en aplicar sus destrezas a asuntos sociales urgentes. En parte, se supone, por su complejidad; en parte, quizá, por la falta de medios e incentivos para abordarlos, y en parte debido a que estos asuntos son controvertidos y el riesgo de fracasar es alto”.
Tal vez haya sido esta la razón de la falta de visibilidad que ha tenido la universidad argentina, tanto en su relación con los sectores productivos, a través de mecanismos de producción, transferencia y desarrollo de modelos de innovación, como con la sociedad en general, a través de un diseño de tecnologías sociales de inclusión, pero nadie puede discutir hoy que el involucramiento en ambos sentidos es indispensable para mejorar la calidad de vida de la población y ampliar el horizonte de una Nación que requiere del compromiso intelectual y activo de todos sus actores, especialmente de los que administran el bien más preciado de la modernidad: el conocimiento.

(*) Senador provincial del FPV Quinta Sección Electoral
y ex rector de la Unicen.

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