8 de agosto de 2019
Sus amigos de la agrupación del Ciclón dicen que gracias a su bonhomía este pionero trabajador se ganó un lugar para siempre en la memoria de cada de uno de ellos. Y para recordarlo hicieron llegar a este medio un fragmento del libro Alas negras con en el que se destaca su trayectoria como dirigente y su andar de hombre generoso.
Manuel Santos Ferrarello nació en 1925 en Azul y en 1937 empezó a trabajar. Sí, tenía sólo 12 años cuando su mano derecha tomó por primera vez la cuchara de albañil para recién soltarla hace un lustro.
Sus manos fuertes y grandes levantaron cientos de paredes; acariciaron el rostro de Amanda, la mujer que lo sigue enamorando como aquel día cuando la vio en un casamiento y dijo: "esta paisanita es mía"; y sus manos fuertes y grandes también levantaron la bandera de nuestro club, en las buenas y las malas.
Ferrarello, ese lungo tierno, de bigote recortado y canas bien prolijas, viajó por las calles de Tandil durante 40 años en una Siam Di Tella llevando tablones, baldes, bolsas de cemento y el mensaje del cura Massa: San Lorenzo es un club de fútbol, pero no un club cualquiera, es uno en el que la gente se solidariza, se compromete y se la juega por los demás.
En su casa de Villa Italia, Manuel acomoda el mate, le pega un sorbo más y confiesa que por las noches con los ojos cerrados ve a los chicos de La Movediza jugando en la sede de la peña. Tal vez cuando ve a esos niños se vea a sí mismo, cuando durante las tardes después de la escuela en los campitos cerca de su casa llevaba la pelota pegada al pie como Diego García, el crack que condujo al Ciclón -como nos bautizó el prestigioso periodista Hugo Marini del diario Crítica- a la consagración de 1931.
"Dicen que se es viejo cuando se tiene más recuerdos que ilusiones?", le sugirió el periodista Jorge Alí en una entrevista en Radio de la Sierra en 2012. Y Manuel, después de que cayeran unas gotas de silencio al aire, respondió que tiene unos cuantos recuerdos, pero no deja de desear. "Sabé, Cacho, a la noche sueño con la sede de la peña. La imagino terminada y con los chicos jugando. Creo que vamos a poder hacerla", dijo con voz firme. El operador lo miraba tras el vidrio del estudio y grabó esa frase con los ojos empañados.
La emoción del muchacho de la radio fue similar a la que sintieron los que escucharon el discurso improvisado de Manuel el día[U1] que se inauguró el mural de Soriano en agosto de 2008 en la plaza de estación de trenes.[U2] "Estoy muy orgulloso. San Lorenzo es mi vida. Recuerdo cuando vi en el diario que el club cumplía 25 años. Hoy llegamos al siglo con mucha gloria, a pesar de que siempre nos costó mucho todo. ¡Sigamos adelante, muchachos, no[U3] bajemos nunca los brazos!", arengó.
Sí le habrá pegado puñetazos al aire Manuel, si habrá masticado bronca. Verlos a Boca y a River transitar por el camino fácil del éxito no debe haber sido sencillo tampoco. Pero nunca renunció a su pasión.
Como en su oficio, construyó[U4] con paciencia y esmero, visitando uno a uno a sus hermanos cuervos. Una tarde pasó por lo de Perniola, después tocó los timbres Southwell, Luján y Ruda y de a poco dio nacimiento a la peña.
Consiguió colectivos para ir a la cancha, llamó a los socios para invitarlos, reservó salones para hacer las cenas, puso los caballetes, los tablones, sirvió el asado y se sintió un poco incómodo al escuchar los aplausos. Así hizo la peña Manuel, con esas cosas que no se enseñan en ningún aula, con sapiencia, humildad y mucho trabajo.
Es merecida, justa, la decisión que tomaron los muchachos de la agrupación después de firmar el boleto de compra venta del terreno. "Le ponemos 'Lote Manuel Santos Ferrarelo'. [U5] Es un homenaje a él, pero también nos da fuerza. Viste que el viejo hasta nombre de guerrero tiene", le dijo Ariel Risso a Fernando García, ni bien salieron de la inmobiliaria.
Sí, guerrero es una buena definición. Guerrero de mil batallas. Guerrero ganador al tedio y el desánimo.
La calle y su familia lo hicieron así. Cuando de pibe se animó a decir que no le gustaba ir a la escuela, su padre lo escuchó y le permitió aprender lo que Manuel más quería. "Como no me gustaba ir al colegio, se lo planteé a mi papá que me dijo que entonces trabajara nomás. Tenía 12 años y unas ganas bárbaras. Hacía mis primeros pasos en la construcción sin cobrar un sueldo, por supuesto. Simplemente me daban una galleta grande con una taza de mate cocido. Siempre le di las gracias al viejo. Este oficio me encanta", contó en un asado en el quincho Don Aníbal ante auditorio de cuervos y cuervas.
Por su alegría cosechó amigos en el trabajo, en la peña, en Cemento Armado, el club de la esquina de su casa, durante su infancia en Azul, y en las canchas de bochas, donde defendió los colores de Unión y Progreso.
Ojalá que pronto nos encontremos una vez con él para churrasquear y hablar del club. Para que nos cuente de su gran ídolo Mamucho. "El mejor jugador que he visto con la camiseta de San Lorenzo es Rinaldo Martino, que jugaba adelante con Farro y Pontoni. Ellos hacían goles de todos los colores", suele decir.
Ojalá que ese asado sea en La Movediza. Vale la pena imaginar el momento: un fuego encendido, unas tiras de asado tomando color, un brindis con vino tinto, muchos cuadros del club y Manuel llevándonos por los túneles del tiempo, desde el Viejo al Nuevo Gasómetro, desde Sanfilippo a Gorosito, desde el descenso a la Libertadores; viajes cortos y largos por la pasión azulgrana. Lo imaginamos recordando aquellos goles y jugadas, aquellas tardes de gloria y lamento; pero también señalando con sus dedos largos qué tirantes usar para seguir techando, qué ladrillos comprar para seguir agrandando la sede de sus sueños.
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