24 de febrero de 2008

Locales

Locales. Palpitar comunal: Crimen y castigo, con algunos resarcimientos

Por Guillermo Liggerini

Una de las aristas mediáticas que se ganó la atención semanal versó sobre los pormenores de un juicio esperado, en el que se ventiló el homicidio de José Luis Gárate, ocurrido el 28 de agosto de 2004, en la puerta trasera del estacionamiento del supermercado Monarca de avenida Colón al 1100.
Los implicados y sus roles, los protagonistas circunstanciales de la historia, las estrategias de los letrados, formaron parte de una historia de crimen, posibles castigos y resarcimientos.
Analistas de la vida judicial y sus connotaciones sociales como mediaticas, suelen diferenciar en lo que cada uno de estos estamentos consideran como la verdad. Como si tuvieran sus respectivas verdades develadas, asumidas y selladas, que difícilmente alguna vez se unan entre sí.
No sería de extrañar que la verdad que ventila el grueso expediente judicial, con la encomiable tarea investigativa de quienes llevaron adelante la pesquisa, conforme o se condiga a la que el imaginario popular ya elaboró como idea propia. Incluso, también la verdad que se refleja en las páginas de los medios contenga la misma distancia con aquellas verdades instaladas.
Resulta predecible que no pocos insistan en sostener que hubo algo más que un simple intento de robo, especialmente especulando sobre dónde se cometió el hecho, uno de los emblemas contemporáneos de las nuevas potencias económicas lugareñas.
Sin embargo, al contar con la oportunidad que brinda una audiencia oral y pública se puede palpar, percibir y elaborar que la versión que se escribió en la causa judicial es la simple verdad, por más liviana, absurda y hasta fatalmente timorata que resulte.
Para quienes llevaron la acusación, los protagonistas del crimen no son más que un quinteto de almas desangeladas, cuyas vidas estaban atornilladas por la mediocridad económica como espiritual. Improvisaron un golpe de suerte, aquel que los hiciera zafar de sus desaventuras y apremios sociales, y les salió muy mal.
Víctima y victimarios estaban unidos por una misma razón: una muchacha de ojos tristes, escuálida figura y pálida belleza que hoy padece el sufrimiento de sus peores días. No habrá castigo, ni encierro o libertad que le devuelvan algo de la vida perdida desde aquel fúnebre sábado de agosto. Se presenta como una especie de zombi, si por zombi se entiende por aquel que supuestamente ha sido reanimado después de muerto, para que actúe siguiendo la voluntad de otro. Ayer, más precisamente hasta horas antes del fatídico 28 de agosto, bajo los designios de quienes montaron el atraco. Hoy, en el juicio, bajo el consejo de su abogado: decir la verdad, toda la verdad por más costosa que resulte. Fue y será su mejor defensa.
Sin dudas, quienes son los verdaderos castigados de esta tragedia no son otros que los que están sentados como público. Familiares y amigos de quien resultó asesinado reviviendo la historia que cuenta cómo mataron y porqué, no sin antes soportar detalles que hacen a la intimidad, pero que en este caso resultan clave para hilvanar lo ocurrido.
Sin embargo, por más esfuerzo por ocultarse detrás de las espaldas de sus abogados trajeados, no pasa desapercibida aquella flaca figura, de pelo largo y oscuro recogido que no se anima a levantar la mirada siempre nublada por lágrimas. Ella fue el nexo hacia la muerte de quien dijo querer clandestinamente. Jamás se lo podrá perdonar, al menos así lo muestra su apariencia.
Dentro de los protagonistas, bien vale la pena resaltar a quienes sin dudas han sido clave en lo que hoy se lee y escucha. Son aquellos agentes judiciales, fiscales y colaboradores, que en medio de presiones y críticas no siempre entendibles, lograron cerrar una trama compleja, nada sencilla de esclarecer. Por estos días, entonces, se logra entender el porqué de los silencios y la prudencia, cuál necesario fue no apresurarse más allá del clamor popular que resonaba en los pasillos judiciales. En medio del descrédito y la desconfianza, lo que ahora se conoce como verdad sirve como algo de resarcimiento para aquellos hombres de bajo perfil y cautela exasperante. Algo así como un bálsamo a la seriedad de actores judiciales que de tanto en tanto se ven ya no solo apremiados por los tiempos de una sociedad, sino incluso por las contradicciones del mismo sistema del que forman parte.

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