17 de febrero de 2008

Locales

Locales. Palpitar comunal: La vida de los otros, episodio II

Por Guillermo Liggerini
En días de campaña electoral había detonado uno de las tantas historias de lo que se insiste en llamar el Tandil oculto. Más bien, el Tandil que muchos no quieren ver y que de tanto en tanto les estalla en el rostro y los deja sin reacción, a la espera de una mano salvadora (generalmente se deriva la demanda al Estado) que les corra la incomodidad de sus ojos.
Se decía desde éstas páginas por aquellos días que en la ciudad de las sierras explotadas se ventiló una cruda realidad de una clase social cada vez más vulnerable y marginal que de tanto en tanto sacude los apáticos sentires tandilenses, y los tropiezos y burdas repeticiones de una casta que vive su propia existencia, lejos de aquella, muy ligada a sus apetencias personales.
Se aludía a los días proselitistas y su colisión con la delicada situación social que no precisamente pasaba por una colectora, sino que literalmente se los llevaba puestos. Se sumaba una nueva víctima de la violencia, en este caso doméstica. Una joven madre moría y dejaba huérfanos a nueve pibes.
Con lógica y legítima reacción, salieron aquellas voces que insisten en que la problemática no es atendida por los resortes que corresponden, léase el estado en todas sus aristas, y con especulativas respuestas, aparecieron algunos responsables de aplicar estos resortes.
Desde la comuna, el secretario de Desarrollo Social, Julio Elichiribehety, salió raudo a dar sus explicaciones sobre lo actuado, incluso dispuesto a dar debate, no sea cosa que el asunto surtiera efecto en la carrera electoral.
Allí se indicó que había veracidad en la defensa de las políticas sociales de la actual gestión, pero también se advertía que no alcanzaba. Se sentenciaba sobre un colapso notable, evidente, que ninguna cifra de mejora económica lo contrarrestaba.
La estrategia es repetir teorías que aluden a que estas problemáticas sociales es responsabilidad de todos, en consecuencia, no es de nadie.
Lo concreto es que no se actuó en tiempo y forma y ayer –hoy- nueve criaturas deberán subsistir como puedan. Si no repiten la experiencia de sus progenitores será un milagro.
Cuando aún resonaban las repercusiones y excusas sobre lo que se hizo o dejó de hacer, otro caso detonó con repercusión mediática en Las Tunitas. Allí, un hombre despechado y desquiciado prendió fuego la casa de su pareja, madre de dos chiquitas. Su suerte dijo que no fueran presas de esas llamas. En tanto ahí sí, una vez provocado el siniestro la justicia dijo que el hombre sin todos sus cabales debía ser internado, cuando sus antecedentes, sus conductas previas ya ameritaban una intervención.
Realidades distintas, se decía. Unos pugnando por un cargo, otros por deslindar responsabilidades. Unos mueren a golpes y otros quedan huérfanos. Dos mundos para una misma sociedad que de tanto en tanto se colisionan, como si se tratara de la vida de los otros.

LA NEGACION DEL OTRO
Esta negación del otro se repite sin solución de continuidad, en sus distintas aristas de lo que se conoce como marginalidad social. Tandil la padece por más indiferencia que algunos sectores promuevan, y cada vez más.
Ahora, salta como salpullido de una alergia no tratada, las usurpaciones y sus delicadas muestras de desesperación, aprovechamiento e intereses a cuestas.
Desde la cartera social comunal, se afirma con preocupación que estos últimos 45 días han resultado los más urticantes que desde los cuatro años pasados al frente del área se hayan transitado.
Es como si la marginalidad y sus actores como detractores se hubieran puesto de acuerdo para que al unísono promovieran un caldo de cultivo peligroso, delicadamente belicoso.
Se evidencia una situación social explícita, donde la intolerancia de uno y otro sector se hace carne, con demandas que rozan lo violento.
Vale la pena esbozar un diagnóstico acerca de este otro Tandil que convive con la ciudad próspera que se presenta para intentar asumir la problemática de la que se habla, se reniega y generalmente se intenta obviar.
La comuna está solventando algo así como 500 alquileres a familias numerosas de bajo recursos, de las cuales un par de centenares van rotando de un sitio al otro. De la veintena de las conocidas casitas blancas de la Movediza, por caso, hay más de 20 nuevos vecinos, ergo una veintena de nuevas demandas.
Al compás del crecimiento de las usurpaciones, se ha incrementado las legítimas demandas de desalojo. En el medio, vecinos comunes, que no quieren ni saben comer de la mano asistencialista del estado, asalariados que diariamente pelean para subsistir y no engrosar la lista de los excluidos, miran de reojo como aquellos que nada hacen para salir de su marginalidad se los asiste e incluso terminan airosos sobre complejas tramas delictivas que supieron protagonizar.
“Hay que ser chorro para que le arreglen la casa”, reniegan aquellos que como no piden no se le da respuesta.
Seguramente la reacción de aquellos que nunca pidieron nada es legítima frente a lo que se presenta como una injusticia. Pero lo peligroso es cuando se suman otros actores, que de la mano de esa razonable mirada aprovechan y meten su cola para introducir discursos que debieran ser desterrados. De aquella celosa mirada sobre la vida de esos “beneficiados” por la mano que da (el Estado), a pedir que los deporten de la ciudad de las sierras explotadas se está a un peligroso paso.
No sería de extrañar que detrás de aquella historia de una docena de almas desalojadas de las ruinas de una casa de avenida Alvear, exista una mano interesada por quedarse con un terreno tentador y factiblemente redituable en tiempos de expansión inmobiliaria.
En el caso de las usurpaciones y consiguientes desalojos promovidos, podría plantearse qué pasaría si la intransigencia hiciera que todas esas familias queden en la calle. Seguramente aquellos mismos sectores pedirían micrófonos para rasgarse las vestiduras y exigir al mismo Estado que se haga cargo. No sea cosa que cuando circulen en sus cómodos vehículos por las callecitas tandilenses su visibilidad se interrumpa por marginales apostados en la vía pública cual densa neblina.
La ciudad parece ir saliendo de su ensoñación. Se está gozando y padeciendo a la par de las consecuencias de una ciudad intermedia en pleno auge, donde el progreso y la marginalidad vienen de la mano. Para lograr una sana convivencia debería sellarse a fuego aquella sentencia que reza: “no se puede vivir bien entre gente que vive mal”.

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