27 de octubre de 2014
Hace cuatro años el Pueblo argentino perdía a uno de sus líderes políticos más destacados. Néstor Kirchner había llegado a la Presidencia del país en medio de una de las crisis más profundas de la
historia nacional; lo puso de pie y lo proyectó a un futuro de desarrollo donde el objetivo de crecimiento económico no dejaba de lado las banderas de la soberanía y la justicia social. Su muerte fue llorada por millones y su legado tomado por otros tantos.
Político de raza que recorrió el largo sendero de la voluntad popular desde su cargo de Intendente, pasando por el de Gobernador hasta llegar a ser Presidente; de un estilo único, amigable y cercano;
sujeto a convicciones inamovibles, comprometido con un pasado que venía pidiendo Justicia desde hacía mucho; hijo de las Madres de la Plaza; padre de generaciones que se abrazaron la Política con su ejemplo; convencido de la importancia de construir un país sin que nadie quedara fuera de ese sueño de largo aliento y de hacerlo sin condicionamientos extranjeros infames; amigo de quienes en Suramérica comparten el sueño de una Patria Grande liberada.
Kirchner se ganó cada uno de los afectos y respeto que el Pueblo le tributaba. Vino del Sur patagónico con todo el viento en contra y con un equipaje liviano. Pocos acuerdos políticos, pero muchas ideas que unían al Pueblo con sus ansias de volver a sentir el orgullo de ser. Y las ideas rápidamente fueron acción porque eso hace un líder y, sobre todo, un líder del Peronismo: llevar a la acción y a la transformación de la realidad lo que el Pueblo reclama o espera.
Entre otras cosas, reformó la viciada Corte Suprema; derogó las amnistías, las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida y se reabrieron los Juicios de la Verdad; bajó cuadros de Videla y Bignone;
puso punto final a la Convertibilidad, impuso el modelo de la sustitución de importaciones; recuperó la industria nacional y el empleo; realizó el mayor canje de deuda y el desendeudamiento
histórico del país cancelando deudas con el FMI y dejando el camino listo para realizarlo con otros organismos; recuperó para el Estado la administración de las Jubilaciones; impulsó la Unasur y rechazó el ALCA con el que Estados Unidos pensaba controlar la región; se recuperaron las negociaciones paritarias para que los trabajadores discutieran periódicamente sus ingresos; se implementó la Asignación Universal por Hijo a través de Anses y un sinfín de programas de inclusión que tuvieron como finalidad dar una respuesta a quien aguardaba su oportunidad en el mercado del trabajo formal y digno; se construyeron miles de escuelas y hospitales en todo el país y se realizó un plan de infraestructura sólo comparable al gobierno de Perón, en la década del 40, retomando y culminando el programa de energía nuclear amputado por los gobiernos militares.
El listado de obras es interminable. De hecho fue continuado y ampliado por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner quien ha profundizado ese proyecto inicial. Pero su legado más importante no se limita a sus obras. Néstor Kirchner devolvió al Pueblo argentino la certeza de que la Economía de un país debe someterse a la Política y que la Política debe someterse a los designios del Pueblo y que los designios del Pueblo no deben ser buscados en los titulares de los diarios, en las declaraciones de los traficantes de influencia internacionales, sino en cada uno de los rincones de la Patria donde la oportunidad no llega y la injusticia se impone a la dignidad.
Hace cuatro años moría Néstor Kirchner. Una multitud salía a la calle a llorar esa pérdida irreparable. Hoy, sobreviven esas convicciones que no se dejan en la puerta de ninguna institución. Hoy, más que nunca resulta necesario asumir en lo personal y en los colectivo esas convicciones. Hoy, cuando queda tanto por hacer por la memoria de Néstor Kirchner y los argentinos que esperan la oportunidad que él imagino alguna vez entregar a todos y cada uno.
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