4 de febrero de 2011

Espectáculos y sociales

Espectáculos y sociales. Cimarrones

Son muy pocas las familias, establecimientos de campo y hasta fabricas y empresas que los tienen para custodia de sus bienes. Unos por placer, otros por compañía, o el trabajo diario con la hacienda, que no posean algún ejemplar de la distintas razas existentes.
Desde el distinguido caniche presentado en una exposición por su belleza hasta el más humilde Cuzco, capaz sin duda de superar al mencionado y aristócrata congénere en inteligencia y picardía, todos han sido sin excepción, compañeros del hombre a través de la historia y nombrados o destacados por este en la convivencia diaria y hasta en la guerra.
Pero hubo una época en nuestro campo, que no todos los perros fueron compañeros del hombre, el llamado Cimarrón o Perro Pampa, sembró el terror en la campaña hace 150 años atrás, en que manadas de estos audaces animales hechos cimarrones (salvajes), cometían enormes matanzas de hacienda vacuna y lanar (Se estima que mataban un tercio de la cría vacuna de la época) o hacían victima de su ferocidad a algún gaucho o mercachifle de los que recorrían nuestros desiertos, al quedarse estos de a pie o en algún desgraciado descuido.
Los alcaldes de las primitivas poblaciones, organizaban junto a miembros de las fuerzas vivas y milicos, grandes batidas contra esta plaga y eran perseguidos sin cuartel por todos los integrantes de la partida que concurrían a las mismas con todo el armamento del que disponían y tal era el grado de riesgo que esto implicaba, que llego a pagarse sumas de dinero por cada cabeza de perros cimarrón entregada a las autoridades.
Las vaquerías (casa de vacunos cimarrones) autorizadas por el Cabildo de Buenos Aires, favoreció la existencia de estas perradas salvajes, puesto que abatido el vacuno sólo se le sacaba el cuero, dejando la osamenta tirada en el campo (cosas de la Argentina de antaño) lo que servía de alimento a estos animales y tal fue su abundancia que existen relatos de la época de que llegaron no sólo a alimentarse de carne vacuna, sino también con carne humana de los muertos y heridos en las batallas entre cristianos (Guerras Civiles) o contra los Pampas.
Esta forma de vida los obligó, a lograr el sustento diario de cualquier manera, al igual que cualquier fiera salvaje, lo que los hizo sumamente astutos y a la vez audaces en su accionar, no dudando en atacar a alguna tropa de carros si era preciso.
Todo caía a su paso, incluidos liebres y cuices si era preciso, caminadores incansables de cuerpo seco y ceñido, con la cabeza baja y la lengua “Dejuera”, provistos de patas y manos poderosas, para correr tras de su presa en el terreno que sea, eran sin duda un producto genuino de nuestras pampas, al igual que nuestro gaucho adaptado al medio hostil en que vivía, convirtiéndose en harás de la propia supervivencia, en artero y habilidoso como un indio, capaz de sortear cualquier escollo que la naturaleza o el hombre le opusiera.
Las perradas avanzaban en forma de medialuna, cada una su guía, despacio, luego al trote, y al fin de todo escape encerrando a sus victimas en un pavoroso brete de ladridos y colmillos, en una orgía de sangre, mugidos y relinchos de sus victimas, llegando luego el silencio en la inmensidad de la pampa, muda espectadora de esa lucha sin cuartel llamada supervivencia.
Estos perros, descendientes sin duda alguna de los traídos por los conquistadores españoles, en épocas de Pedro de Mendoza, u otros abandonados a su suerte luego de guerras y malones fueron los que formaron estos grupos heterogéneos, que asolaron sin piedad los campos argentinos, hasta que el hombre con sus trampas, venenos y armas de fuego los persiguió hasta su exterminación.
En la ilustración que acompaña la nota vemos la figura de un grabado del inolvidable Eleodoro Marenco donde muestra un típico perro de los llamados “Pampas”, seguramente integrante de alguna jauría de cimarrones.
Buenos amigos por hoy los dejo y un hasta la próxima.

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