11 de mayo de 2008
Guillermo Liggerini
Ya se ha dicho. Incluso él lo reconoce. Lunghi es un hombre de suerte. A la que acompaña con una capacidad de oportunismo flagrante y una gestión sólida de la mano de un equipo a la altura de las circunstancias. Se han preparado para gobernar y a pesar de los cinco años de gestión, la imagen (según los principales sondeos de opinión) no mueve un ápice. Tuvo, tiene y tendrá errores, en algunos casos groseros, pero sigue sin entrarle las balas, diría cualquier hijo de vecino cuando intenta focalizar la atención en un jefe comunal que ya hasta se muestra cómodo en medio de naufragios tumultuosos como le toca vivir al país una vez más.
La aún incomprensible crisis coyuntural que toca atravesar a los argentinos, de la mano de un conflicto agrario sin precedentes, podría haber incomodado a un Lunghi que manteniendo sus nostalgiosas banderas radicales siempre se llevó de parabienes con el modelo político k. De hecho, los hitos de la gestión que serán aún más revalorizados por la historia tienen su sustento de la mano de un poder nacional que ahora se ve asechado por varios frentes, dilapidando un caudal político evidente, cuyas consecuencias habrá que medirlas en las venideras elecciones legislativas.
Las estrategias están bien diferenciadas. Mientras arriba se desgastan entre tormentas, los de abajo las pilotean. El gobernador Daniel Scioli preservando una inmutable imagen positiva con una prudencia que exacerba. Más acá, en tanto, Miguel Lunghi sostiene el mismo nivel de adhesión, pero ya se anima incluso a cuestionar no solo las formas, sino el modelo de acumulación, clamando en voz baja pero nítida por más federalismo, más coparticipación y mayor autonomía.
En ese estadío, el lunghismo no evita colocarse del lado de los chacareros y decirles lo que quieren escuchar, mientras tanto se encamina a cristalizar su sueño más mentado, lejos de las confrontaciones y/o divisiones, la inauguración de la obra que no sólo traerá mejor y más bienestar para la ciudad y la región, sino acarreará un rédito político contundente, para la prosperidad.
El hito por concretar, el Hospital de Niños, resulta el botón de muestra acerca de la suerte. Seguramente acompañada por una insoportable tozudez a hacer lo que se propuso y tal vez ni siquiera programó entre los suyos, pero ya está, se ve majestuoso, a punto de inaugurarse y no hay margen para dudar sobre la capacidad que tuvo el hombre que hacía falta en el 2003 y entusiasmó en el 2007.
Ya especializado en el mangazo, logró levantar las millonarias paredes del centro asistencial de la mano de un empresario que hasta ayer siempre evitaron. Se está vistiendo una vez más con el aporte de vecinos invitados a formar parte de la historia (entre ellos los productores autoconvocados) y será equipado por aportes provinciales que aún se aguardan con premura.
En medio de ese éxtasis de gestión, porqué entonces Lunghi no iba a despojarse de los prejuicios y posibles perjuicios que pueda acarrear marcar distancia, al menos en el discurso, de la mano todopoderosa que ayer le dio tantos buenos frutos. La suerte está echada, y Lunghi en eso corre con ventaja, hasta ahora siempre supo apostar.
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