21 de abril de 2010

Policiales

Policiales. Debaten sobre la intención de un hombre tras acuchillar a su amigo

Ayer se inició una audiencia oral y pública por un grave incidente ocurrido a mediados de noviembre de 2008, cuando dos hombres que hasta allí eran amigos terminaron en una reyerta que derivó con los dos protagonistas internados en el Hospital. Uno tras haber recibido puntazos con un arma blanca. El otro, producto de la golpiza que le propinaron los hijos del primero.
Todo ocurrió en noviembre de 2008 en el barrio de Las Tunitas, cuando dos hombres mayores de edad se trenzaron en una pelea que terminó con uno de ellos en grave estado tras recibir un puntazo. El hijo de la víctima se enteró de la agresión y vengó a su padre, moliendo a golpes al otro sujeto.
Ocurrió en una vivienda de calle Bolivia al 500, donde en medio de una profusa ingesta alcohólica se desencadenó una discusión que pasó a mayores, con un herido de al menos dos puntazos en el abdomen producto de la utilización de un cuchillo tramontina.
Los protagonistas del grave suceso resultaron Daniel Palavechino y Adrián Alberto Najurieta, quienes departían una conversación acerca de la potestad de una potranca. En el medio, las copas de vino y cerveza fueron en aumento, como el tenor de la discusión que culminó con las agresiones.
Con el evidente estado etílico en ambos individuos, la discusión fue subiendo de tono y se trenzaron a golpes, hasta que Palavechino tomó un cuchillo e hirió con dos puntazos al contrincante.
Tras la seria agresión, Najurieta debió ser socorrido por una ambulancia del hospital Santamarina, donde fue rápidamente atendido por los facultativos del centro asistencial. Tras una intervención quirúrgica fue trasladado a la clínica Chacabuco, con un cuadro grave, aunque con el paso de las horas quedó estable hasta su sanación.
Pero el incidente no terminó allí. Un importante número de vecinos, entre ellos uno de los hijos del hombre herido del puntazo, anoticiados de lo sufrido por Najurieta fueron en busca de revancha.
El hijo de la víctima, entró a la casa de Palavechino, quien estaba durmiendo. El cuchillo que había utilizado para atacar a su “amigo” lo había dejado en la mesa de luz. El joven sacudió la humanidad para que despabilara y Palavechino se vio sorprendido por la visita. Ensayó una sonrisa amplia y saludó al joven, quien lejos de la amabilidad del dueño de casa lo tomó de sus ropas, lo arrastró hacia la vía pública y la propinó una furibunda golpiza. Luego llegaría la policía y desembocaría a lo que ahora -ayer- la justicia quiere resolver.
No sobre la golpiza, sino sobre la intención de Palavechino. Si tuvo o no intenciones de matar a Najurieta. Si existió dolo, aquí se centró el debate entre el ministerio público, a cargo del doctor Luis Piotti, y el defensor oficial Diego Araujo.
Para el fiscal, se trató de una tentativa de homicidio, y en tal sentido se escuchó el comparendo de algunos testigos, entre ellas la ex mujer del imputado, quien reseñó sobre la vida violenta sufrida al lado de Palavechino, que incluso sirvió para otra causa la que culminó en una condena para el mismo imputado.
El aporte del médico de policía, doctor Fernández Soto, intentó esclarecer sobre la gravedad de las lesiones sufridas por la víctima y si éstas revestían tamaña gravedad como para que corriera riesgo de vida. Más precisamente, si la lesión intestinal producto de las acuchilladas podían haber provocado la muerte de la víctima.
Ya en tiempo de los alegatos, Piotti afirmó que a lo largo del debate quedó acreditado que Palavechino tuvo intenciones de dar muerte, cuando le aplicó dos o tres golpes con arma blanca en el abdomen, provocando las lesiones detalladas.
Tomándose de los dichos de los testigos y de los propios protagonistas de la disputa, Piotti descartó que el acusado haya actuado bajo la legítima defensa como intentó esgrimir el imputado durante la instrucción, para así entender que Palavechino actuó con mendacidad, lo que ayuda a la hipótesis acusatoria de entender que hubo intenciones de matar.
El fiscal subrayó que no resultaba irrelevante que el agresor haya ido a buscar el arma blanca para agredir, lo que implicaba una premeditación de lo que iba a acometer.
Asimismo, descartó que la existencia de una amistad previa y una borrachera de por medio promuevan a pensar en que no tenía intenciones de matar a su contrincante.
Piotti pidió al Tribunal que más allá de la profusa teorización que puede motivar el entuerto, se inclinara por el sentido común, aludiendo que lo normal es que aquel que acuchilla a otra persona en el abdomen lo quiere matar.
Así, el fiscal pidió que se condene al acusado a la pena de seis años y seis meses de prisión, por el delito de “Homicidio en grado de tentativa”.

DEFENSA
Al turno de la Defensa, el doctor Diego Araujo insistió en el cambio de carátula sobre los hechos endilgado a su defendido. Aludió a lesiones graves, dado que no quedó acreditado lo planteado por el fiscal. A la vez, en el supuesto que el Tribunal lo condene por lo que afirma el ministerio público, solicitó el mínimo imponible, en virtud de la demostrada ingesta alcohólica y las condiciones de vida que el acusado denotó.
Ya sobre la imputación, Araujo habló de un error conceptual, que existió una valoración parcial a la hora de evaluar el dolo, afirmando que no hubo una motivación previa, no existió premeditación de Palavechino para matar a su ex amigo.
“Si hubiera querido matar, lo hubiera agarrado, lo hubiera seguido, no dejado que se vaya como se fue el agredido”, espetó el defensor. Sin dejar de destacar que el agresor no ocultó el arma blanca ni tampoco se fugó.

Reacción
Ya enumerando los antecedentes violentos del acusado, el fiscal reseñó sobre lo dicho por la ex pareja más la condena firme que pesaba en su contra, lo que desencadenó en la reacción del acusado. “。Pido la palabra!”- interrumpió Palavechino, que hasta aquí se había mostrado cual abuelito de Heidi y su reacción remitió a imágenes de un temperamento que se aparentó más a lo que allí se ventilaba.
El juez Galli intentó atemperarlo, pero el imputado insistió con vehemencia en querer parar el alegato acusatorio: “me van a juzgar por una cosa o por las dos”, se quejó, a lo que el presidente del Tribunal optó por exigir los custodios que lo retiraran de la sala hasta tanto declinara de su verborrágica tesitura.
Luego volvió, pidió mil disculpas a los jueces, digirió la pena que solicitó el fiscal y oyó sin escuchar los intentos de su defensor para atemperar la pena a imponérsele. Por su gestos, como el del resto de los protagonistas que pasaron por la audiencia, lo que se definiría en los estrados judiciales poco importaba. Ellos parecen manejarse por otros códigos, más internos, profundos que un código penal. Que hacen a reglas de convivencia, de acciones y consecuencias que se arreglan de otra manera, aquella que terminó con su amigo y él internados.

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