29 de marzo de 2023
Dos de los principales aprendizajes que dejó la pandemia de la covid se vinculan, en primer lugar, con la importancia de la vigilancia epidemiológica y, por otra parte, con el enorme respeto que merecen los agentes microscópicos que se propagan a expensas de otros seres vivos y que la comunidad científica denomina virus. La referencia, en esta oportunidad, es para uno de tipo estacional y de gran presencia en la región: el dengue.
Entre febrero y marzo, los casos se multiplicaron de una manera considerable y los boletines informativos que confecciona el Ministerio de Salud a nivel nacional brindan los datos suficientes como para que cada quien pueda corroborarlo por sus propios medios. En tan solo una semana, las infecciones reportadas pasaron de 4.828 a 9.388.
Como sucedía en el peor momento de la covid, el problema de salud pública no solo se refleja en los medios, sino que se advierte en la propia experiencia de familiares y cercanos que tienen los síntomas compatibles con el dengue, o bien, que directamente comprobaron su estado clínico con un médico de confianza. Hay que tener en cuenta que --como también ha enseñado el Sars CoV-2-- los brotes pueden ser explosivos: con uno o dos casos, el dengue puede dispersarse e infectar a toda una ciudad. Y, en su versión más grave, puede representar un problema: no en vano la enfermedad que provoca es conocida como "fiebre rompehuesos", por el dolor muscular, la cefalea y el malestar general que la caracteriza.
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