28 de abril de 2023
Luciana pide contar su historia a LA VOZ DE
TANDIL, como un desesperado último recurso, luego de recorrer oficinas,
comisarías y juzgados, rogando por acompañamiento, contención y auxilio para su
hijo, un muchacho que hoy solo piensa en consumir, y también para el resto de
la familia, víctimas y rehenes de un flagelo que lo destruye todo.
"Esto empezó a ser muy grave a mediados del
año pasado. Él antes consumía marihuana, así empezó, pero al mismo tiempo
trabajaba, tenía una vida. Pero con el tiempo, me empecé a dar cuenta porque casi
no comía, hasta que un día le descubrí una 'pipa'", recuerda la angustiada
madre, que llegó a esta redacción acompañada de su madre, único sostén real e
inamovible en este calvario.
"Después de eso, me empezó a vender las
cosas, por la droga -sigue relatando Luciana-. En mi casa, si vas, ya no tengo
nada, me vendió los muebles, ropa, todo. Hasta la garrafa con la que cocinaba".
Allí, la mujer empezó el peregrinaje en
busca de ayuda profesional para su hijo, mientras la caída en el consumo de
droga se profundizaba. "Todos me decían lo mismo, que 'si no es por voluntad
propia, no se lo puede internar', 'si no es por voluntad propia, no se puede
hacer nada'. Alguien que se droga, difícilmente se interne por voluntad
propia", explica.
La situación se tornó invivible en la
humilde casa del barrio Kafka que Luciana compartía con sus tres hijos, dos de
ellos menores de edad y víctimas indirectas de la adicción de su hermano,
porque según cuenta Luciana, "hay situaciones en que se pone agresivo conmigo,
violento. No es violento con los demás, pero sí conmigo. Y entonces prefiero
irme de mi casa, con los dos más chicos, pero ¿por qué me tengo que ir yo de mi
casa, que encima ya casi no tengo nada, porque todo me lo sacó?".
En su incansable búsqueda de ayuda, la
mujer reconoce a algunas instituciones "que sí me acompañaron y se portaron
bien", como el Centro de Referencia Penal Juvenil, con sede en Uriburu al 500,
donde asegura que fue recibida por Esteban, Natalia, Florencia y Andrea, que
mostraron preocupación por la situación de su hijo, aunque con poco margen de
maniobra para una intervención concreta. "Pero fueron los únicos que me
ayudaron", remarca.
Tras golpear puertas y caminar
pasillos incansablemente, consiguió lo que pudo haber sido un primer paso, cuando el Juzgado de
Familia Nº2, ordenó que el joven fuera sometido a una evaluación compulsiva en
el Hospital Santamarina, algo que se concretó el pasado domingo y para Luciana,
el resultado negativo de aquello, fue la gota que colmó el vaso.
"Lo vieron un médico, el Dr. Gregorio, yo
lo conozco así, no sé si es el nombre o el apellido, y la psicóloga Marisa Mayora. Ni le sacaron sangre, solo
hablaron un rato con él, y salieron riéndose, mi hijo y los médicos. Y dijeron
que mi hijo era lúcido, que no estaba para internar, sino para un tratamiento psicológico", explica la mujer, al borde de las lágrimas,
porque entiende que el diagnóstico médico es insuficiente y los profesionales
no supieron ver ni actuar ante el drama que transita el joven, y al mismo
tiempo, su madre Luciana, sus dos pequeños hermanos que viven una infancia
alterada y una abuela siempre preocupada, como consecuencia del consumo de
drogas.
"Mi hijo ya tuvo dos intentos de suicidio.
Yo aviso que, si no internan a mi hijo, y le pasa algo, yo me voy con él, pero
antes los expongo a todos los que no me ayudaron, que miraron para otro lado.
Al médico ese, Gregorio, le dije que esperaba no cruzármelo si un día tengo que
ir a buscar a mi hijo a la morgue. ¿Qué van a esperar? ¿Por qué no lo internan?
Nosotros no tenemos vida, no puedo tener nada en mi casa, todo me lo roba, o lo
rompe. Vivimos con miedo. Y él necesita ayuda", implora Luciana, con un nudo en
la garganta, pero sin dar espacio a la resignación. "Nombrá cualquier lugar al que se pueda acudir por el tema del consumo de drogas, y ya fui. Y en ninguno conseguí que me ayuden", dice.
También cuestiona duramente el rol de la
Secretaría de Desarrollo Humano y Hábitat, (antes Desarrollo Social), donde
expuso su historia, la personal, de muchas horas de trabajo, madre sola a cargo
de tres hijos, y uno de ellos, el mayor, transitando el severo problema que
aquí relata.
"No me ayudaron. Una me llego a decir que
no tenía la culpa de que mi hijo fuera adicto. Sé que a otras personas les dan
ayuda, pero a mí me cerraron las puertas. No volví más. Quisiera que vieran lo
que es mi casa, no tengo ni frazadas".
Finalmente, Luciana advierte que la
situación de su hijo, se replica en muchos jóvenes en la ciudad. "Los amigos
que tenía, están igual que él. La droga la consiguen en cualquier lado. No
quiero que mi hijo termine preso o muerto y espero que alguien me escuche, me
ayude, porque no puede ser que me digan que no se puede hacer nada. Le pedí
ayuda a la policía de la Comisaría Cuarta y me dijeron que depende de él, que
no pueden intervenir, pero que, si sigue así, va a terminar mal. Si saben que
puede terminar mal, ¿por qué nadie hace algo?", imploró, desesperadamente.
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