2 de octubre de 2010
Tal lo previsto, llegó el turno de Julio César “el loco” Paz. El hombre que ya comenzó a peinar canas a partir de una vida ajetreada, plagada de sobresaltos por estar gran parte de sus años al margen de la ley y otros tantos tras las rejas, quería gritar su verdad. Hablar de su estado de inocencia. Ningún inocente de aquellos otros tiempos de asaltos y homicidios que dijo superar a fuerza de castigos carcelarios, pero sí de este nuevo hecho que le endilgan, dijo, no sin vehemencia.
Una hora le demandó al “famoso” acusado para intentar cambiar una historia hasta aquí extremadamente complicada para su suerte procesal. Reconoció, incluso, que aquellos testigos de ayer, allegados a él, no contaron con el convencimiento necesario, especialmente del fiscal, que los terminó acusando por falso testimonio. Entonces era su hora, por eso defendería su versión con uñas y dientes, intentaría poner en duda la labor investigativa e incentivar a la teoría “conspirativa”. Insistiría en encontrarle razones a su situación por un crimen pasado que volvió a responsabilizarse, pero que ya había pagado según lo determinó la justicia, con aquella polémica libertad condicional concedida.
“Es injusto”, abrió el fuego el locuaz acusado frente a los jueces que, finalmente serían prácticamente los únicos que lo interrogarían con algunas cuestiones puntuales que -una vez más- no resultaron caprichosas. Especialmente las preguntas apuntaban a precisiones horarias y referencias que el propio imputado emitió a la hora de relatar qué hizo aquel 3 de junio de 2008. Sin darse cuenta, al menos en algunos comentarios que terminó respondiendo Paz incurrió en algunas contradicciones.
La referencia a su sobrino que presuntamente fue a buscar con su mujer a la misma hora del hecho, y su comentario acerca de lo que había hecho la noche anterior ese niño no se condice con la edad del mismo. Dijo que el chico actualmente tenía tres años, difícilmente hace dos años se haya escapado de sus padres como reseñó Paz. Dudas como éstas serían algunas pocas de las imprecisiones del guión que esgrimió el acusado a lo largo de esta dilatada investigación. Paz ya había declarado en la instrucción en ocho oportunidades. Lo que ayer dijo y repitió, no era ninguna novedad ni para el defensor ni para el fiscal.
Insistiendo que una vez salido de la cárcel había decidido cambiar su vida, que tenía trabajo, pidió a los jueces que lo liberen del nuevo tormento, que nada tenía que ver. Que se condene a la causa, no a Julio César Paz. Que quiere criar a su hijo recién nacido y no repetir la historia de sus otros hijos, que se criaron con la imagen de su padre, porque mayormente estuvo tras las rejas.
LA RECONSTRUCCION DEL DIA DEL ATRACO
Repitiendo el itinerario que dijo lograr reconstruir a partir de las charlas con su familia y tomando como referencia las llamadas telefónicas realizadas desde su celular, reseñó que ese día se levantó cerca de las 10.30 y comenzó a arreglar su auto. A las 13 fue al patronato del liberado (coincide con la planilla firmada y testificada por la asistente social). Aproximadamente media horas más tarde, recibiría una llamada a su móvil de su cuñado, con quien trabajaba como zinguero. Aquella conversación versó sobre una consulta de trabajo, y su cuñado le preguntó si ya estaba en Tandil, habida cuenta que Paz se había pedido el día para viajar a Dolores, cosa que finalmente no hizo porque la empresa de transporte que lleva como destino a dicha ciudad ese día no lo hacía.
Paz dijo que entonces resolvió quedarse el día con su familia. Así fue que su mujer lo llama aproximadamente 13.40 para ir a buscar a su sobrino a la casa de su hermano. Por esos minutos, también fue en busca de kerosene, que finalmente consiguió en la Shell de Actis y Ruta 226.
Allí radica su anhelo en que con un soporte técnico se pueda ubicar dónde estaba su celular, ergo él, cuando se realizó una de las llamadas. Así podría inferirse que si estuvo en aquella estación de servicio difícilmente hubiera tenido tiempo para llegar a cometer el atraco de calle Chacabuco.
DEFENDER A LOS SUYOS
No obstante ello, como soporte de su hipótesis también defendería a los suyos, aquellos que atestiguaron el día anterior que estuvieron con él ese día y a la hora del hecho, y que les valió la acusación de falso testimonio.
“Somo diferentes, vivimos al día y nos cuesta recordar lo que hicimos el día anterior, mucho menos lo ocurrido hace dos años, pero la gente que vino a testificar a favor mío lo hizo con la verdad. Pudieron incurrir en algunas contradicciones de los horarios, pero no es fácil estar aquí, frente a un Tribunal. Yo ya estoy acostumbrado, ellos no”, defendió Paz a su entorno, para luego mirar al fiscal y cuestionarle: “si ellos, por ser como son, son acusados de falso testimonio, entonces los otros testigos en mi contra, incluso la víctima Sanzoni, podría sufrir la misma imputación”, espetó.
“No quiero que por querer castigarme a mí procesen a otros que quisieron ayudarme”, casi imploró Paz a los jueces.
Ya en tren de cómo fue primeramente introducido en la investigación, coincidió con los cuestionamiento de su defensor, acerca de las faltas de garantías a partir de mostrar a los testigos fotografías.
Tras dedicarle varios párrafos a la teoría conspirativa a partir de relacionarlo con el crimen de Juanito Cano del cual resultó condenado (ver recuadro), reconoció que no tiene elementos para cuestionar a los testigos que lo reconocieron y lo complicaron categóricamente.
Precisamente allí el juez Echevarría puntualmente le preguntó que animosidad tendrían aquellos para con él, sobre lo que Paz respondió que ninguna, pero sí que pudieron ser inducidos, desde aquel reconocimiento fotográfico fueron direccionados a identificarlo a él, no a otro.
Recordó que una vez internado Sanzoni, este reconoció en las fotos a otra persona, y que allí servía su reconocimiento porque el testigo no estaba “contaminado”. Más luego devino lo que derivó en su detención.
“Se que le vengo bien a todos. Soy número puesto siempre”, se quejó Paz acerca de su mochila cargada de un frondoso prontuario y, consecuentemente, de la estigmatización de la sociedad. Pero una vez más insistió: que se condene a la causa, no a Julio César Paz.
El jueves retomará el juicio en su cuarto capítulo. Será el turno principalmente de los alegatos. El fiscal insistirá por el delito de “homicidio crimis causa en grado de tentativa en concurso real, robo calificado” y pedirá la consecuente pena. El defensor, insistirá por las anomalías de todo lo actuado y, subsidiariamente, pedirá que se reconsidere el hecho como robo calificado y lesiones leves, tal lo adelantaron desde iniciado el debate.
El crimen de Cano y la cátedra del delito
“Se que por más perdón que pida jamás me perdonarán. Yo no tuve intenciones de matar. Pasa que Cano se defendió, era muy fuerte, le disparé desde el piso”. Con naturalidad y absoluta crudeza Paz recordaría el homicidio de Juanito Cano (1998), a preguntas del juez Arecha, a propósito de su intento de relacionar aquel crimen con lo que ahora le endilgaban.
Insistiéndole sobre qué tipo de relación encontraba y qué animo perseguiría la familia Cano como ahora Sanzoni para perjudicarlo, Paz dijo que buscó razones para entender su injusta situación. Que hay un nexo, aunque evidentemente en el juicio no pudo probarlo a partir de testigos citados que nada aportaron a semejante historia.
“Se que para la gente yo no tenía que salir más de la cárcel. Me tienen catalogado como el asesino de la ciudad. A mi se me satiriza, pero si fuera asesino y tuviera que ver con ésto hubiera matado a Sanzoni que supuestamente fue quien me identificó”, acotó sin titubear.
Reconoció su denso, cuestionable pasado. De haber transitado de delito en delito, pero que lo que pasó con el matrimonio Sanzoni ni era su estilo. El viene -confió- de la “vieja escuela, con otros códigos”.
“Siempre usé capucha, nunca a cara descubierta, y usaba guantes. No había que dejar ninguna resquicio. Por eso siempre robé dinero o joyas. No como los pibes de hoy que se llevan televisores y demás”, profirió cual cátedra del delito.
Frente a ello fue que consideró que la policía se le tenía jurada, porque “nunca lograron probarle nada” y por eso esta causa a su entender fue armada en su contra.
En el mismo contexto casi de diálogo franco con el juez Arecha, también se animó a aconsejar a los presentes: “nunca se resistan a un robo. La plata, lo material, va y viene, la vida es una sola”, para retomar lo ocurrido con el crimen de Juan Cano.
“Uno cuando va armado sabe que en cualquier momento la puede usar, pasa que nunca se sabe con quién se va a enfrentar, cómo reaccionará la víctima y a veces uno se encuentra con un león y no le queda otra reacción que disparar”, detalló con conocimiento de causa.
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