25 de agosto de 2009

Locales

Locales. El fiscal pidió ocho años de prisión y el acusado gritó su inocencia

Puntualmente a las 17, se abrió nuevamente el recinto del Tribunal Criminal N° 1, prosiguiendo con las audiencias previstas en torno a un denso caso a dilucidar: la responsabilidad penal de un septuagenario acusado de abusar sexualmente y corromper a menores entre el año 2005 al 2006. Más precisamente, se le está imputando el delito de abuso sexual agravado en concurso ideal y corrupción agravada contra quien era su nieta (no de sangre) de 10 años.
En efecto, el ministerio público fiscal, doctor Luis Piotti, dio por acreditado los hechos, solicitando en consecuencia el reproche penal de 8 años de prisión en cumplimiento efectivo. La defensa, en tanto, a cargo de la doctora Victoria Perelló, desestimó la acusación, aludiendo a una co construcción de un relato que llevó a que la presunta víctima contara una historia falsa. Ante su hipótesis, peticionó la absolución de su defendido, quien cerrando el debate gritó desesperadamente su inocencia frente al tribunal (ver aparte), quien adelantó que el martes de la semana que viene se ventilará el veredicto.
Antes de completar la audiencia con los respectivos alegatos, por pedido de la defensa, los judiciales se trasladaron a la casa del victimario donde se acusa que abusó de la niña, una inspección judicial que promovió in situ una concepción más fáctica del lugar y las circunstancias que descartan –al entender de la defensa- que se pudo concretar el delito que se le imputa al acusado.
Junto a su letrada y franqueado inalterablemente durante todo el juicio por su mujer, sus hijas y hermanas, el acusado se mostró incómodo, molesto y con rasgos de fastidio al tener que escuchar del fiscal la acusación que pesaba en su contra. De tanto en tanto elevando su mirada y clavando su vista al final del recinto, donde su hijo y su mujer (los denunciantes), siguieron atentamente las voces a favor y en contra de las partes en lo que a todas luces implica un drama familiar que trascendió incluso lo que en el juicio se debatía, si la niña fue o no abusada por su abuelo.

LA ACUSACION
Para el doctor Piotti, a lo largo del juicio quedó en claro la existencia de la prueba acabada que refleja que el hecho existió. Tomando como un solo elemento de plena prueba el relato de la menor. A ello, le sumaría otros elementos que sustentarían lo dicho por la niña, según el criterio del fiscal.
El ministerio público subrayó que si bien durante el juicio se dejó entrever que una niña de la edad en cuestión está con capacidad de mentir, de su relato se desprende que no fue monótono, armado, reiterativo, por lo que resultó creíble por la espontaneidad manifiesta, apelando a que la propia experiencia de los magistrados sabrá discernir tras ver y escuchar el relato sobre este convencimiento.
También habló de indicadores internos y subrayó que no existió contraprueba alguna que contrastase con los dichos de la víctima.
Piotti rescató como argumentos de su alegato por el contenido de lo declarado, que resultó paulatino, comúnmente registrado en casos de abuso intrafamiliar. Asimismo, explicó que las palabras “prestadas” por la niña (prostituta, vagina, etc.), fueron términos aportadas por la terapeuta una vez ventilado lo que había sufrido.
Tampoco obvió reseñar lo dicho por la niña en cuanto a las promesas como presentes que el acusado le propinaba para garantizar su silencio. “Nos diga nada o te quedás sin familia”, dijo que le dijo el victimario a la víctima.
No dejó de mencionar sobre la posible participación de la abuela, sobre quien la niña dijo que la vio junto a su abuelo disfrazado de mujer en el dormitorio, a lo que el fiscal aludió a la irrupción de terceros, quienes comúnmente suelen preferir mantener el status quo (las mismas consideraciones corrieron para las otras hijas del acusado).
Por otra parte, el fiscal aclaró –a partir de las críticas por venir en cuanto a su interrogatorio a la menor- que la niña no respondió a lo que se le preguntaba directamente, sino que lo hacía a partir de su estado emocional. Por ello, argumentó, el estado de angustia, retraimiento que por muchos momentos la nena reflejó en la cámara gesell, como lo espontánea que resultaba cuando se alejaba del meollo del interrogatorio (los abusos) y conversaba sobre otras situaciones más placenteras.
Piotti entonces arremetió con la estructura del relato, considerando que la menor no comprende lo que se le preguntaba sino que ella relató un episodio complejo desestructurada, como pudo. “No se ponía mal por el interrogatorio sino por lo que tenía que contar”, afirmó el fiscal acerca de las críticas recibidas por lo que resultó la declaración filmada.
Claramente tomó como fundamento de la verosimilitud del relato de la menor lo aseverado por el psicóloga Navarro -perito oficial-, que oportunamente habló sobre las conclusiones arribadas para con la menor.
Se tomó también de las características señaladas por la defensa en cuanto a la vulnerabilidad que prestaba la personalidad de la niña, considerando que efectivamente resulta un elemento que puede considerarse como “atractivo” para el abusador. La vulnerabilidad de la niña resulta, entonces para el fiscal, un elemento facilitador para que el abusador se acerque a la víctima.
Si bien el fiscal no negó el conflicto familiar notorio en la historia entre padre e hijo (por cuestiones de convivencia, religión, etc.), entendió que los padres de la niña se habían alejado por aquellas diferencias y que luego fue la propia abuela la que quiso acercarse, y más luego surgió la cuestión del abuso.
Para el fiscal quedó descartado la posible inducción de padres como terapeutas oportunamente dispuestos para hacerle decir a la niña lo que sostuvo en diversas declaraciones.
También reseñó que intentaron exponer al propio padre que el posible abusador, cuestión que quedó totalmente descartada a lo largo del debate.
“Los padres se asesoraron con una profesional, no denunciaron directamente. La introducción de la niña fue accidental”, afirmó el ministerio público al desterrar cualquier hipótesis de complot contra el acusado y su entorno.
Insistió en que si los denunciantes querían alejarse de la familia lo podían haber hecho sin someter a la niña a semejante tortura procesal.
En definitiva, y tras más de una hora de alegato, para el fiscal quedó probado que entre el 2005 y 2006 el acusado abusó en forma reiterada cuando tenía la guarda provisoria de la menor en el interior de su casa, en horas de la tarde. Acusó enfáticamente que el menor en una oportunidad la encerró en la habitación y la manoseó. Que en otra oportunidad se disfrazó –el acusado- de mujer y obligó a la niña a que la besara. Que en otras dos oportunidades también abusó, incluso en la camioneta con la que trabajaba, con tocamientos libidinosos.

LA DEFENSA
Tras un breve cuarto intermedio, la doctora Perelló, también se embarcaría en un apasionante alegato, que obviamente apuntó a desacreditar uno y cada uno de los elementos de prueba esgrimidos por el ministerio público fiscal, para luego concluir en un pedido concreto al tribunal: despojarse de los prejuicios que innatamente todos conciben ante este tipo de delitos. Así, luego solicitaría la absolución de su defendido, porque el hecho nunca existió.
Primeramente, la letrada discrepó con la calificación penal esgrimida por el fiscal, independientemente de afirmar sobre su convencimiento que los hechos ventilados no se cometieron.
A saber, Perelló subrayó que la prueba de cargo sólo consistió en los dichos de la menor, y que pretendió reforzarse con las conclusiones periciales de la psicóloga oficial y expresiones de los padres de la menor.
Para la defensora, hubo una intencionalidad manifiesta del fiscal como de la propia psicóloga de recortar el relato en pos de argumentar la acusación, sin más.
No dejó de reseñar que la densa historia se remonta a los dichos del hermanito de la presunta víctima, quien había dicho que junto a su primita miraban películas pornográficas del abuelo. Allí puso en escena a la psicóloga que oportunamente intervino en la familia, la doctora Daniela Lezcano, a quien cuestionó seriamente y subrayó que mantiene serios planteos sobre su ética profesional.
Entendió la letrada que hubo un manoseo de la información que atentó contra la depuración que debe contar un relato, en este caso de la niña, a la que consideró –tomándose de los propios dichos de la psicóloga de parte- influenciable.
Añadió al respecto que frente a su problemática grave que presentaba su historia (hija no reconocida, luego sí, y finalmente adoptada por su actual padre y en el medio mudanzas y cambios de escuelas varios). Lo que llevó a afirmar a la abogada que se trató de montar una historia que le diera un rol protagónico en la familia.
No dejó de subrayar que los informes de los médicos actuantes indicaron que la niña no presentaba signos de abuso alguno.
La defensora remarcó que no pretendía definir si se trató de una denuncia falsa o errónea –como podía serlo-, pero la historia no resulta verdadera.
Ya arremetiendo contra lo que resultó la declaración en la cámara gesell, aclaró que no hubo mala voluntad, pero que resultó un interrogatorio inapropiado del fiscal. Que a su entender, la niña estaba presionada, atosigada a tener que contar lo que querían que les cuente, y por eso rompió en llanto en la entrevista.
Achacó que la menor fue a sabiendas de lo que tenía que decir, y que se achacó hasta el hartazgo con preguntas repetitivas por parte del fiscal hasta que la niña dijera lo que querían oír.
Subrayó que toda la teoría alude a lo poco aconsejable que sea el fiscal quien realice la entrevista, como así también que estuviese presente la madre, alejándose de todo el protocolo y bibliografía que alude a cómo indagar a un menor presuntamente abusado.
Tampoco dudó en criticar la labor de la perito oficial, trabajo que cuestionó a partir de ocultar los registros de sus pericias, lo que llevó a errores groseros y consecuentemente a conclusiones erradas.
Acerca del concepto disociativo que la profesional aludió respecto a los cambios de ánimo de la niña a la hora de declarar, la letrada entendió que precisamente contó con cierta naturalidad los abusos como si no los hubiese sufrido, porque en efecto no los vivió.
“Desde la psicología se prueba todo, cuando en verdad no se aprueba nada. La psicología no prueba hechos, y aquí estamos juzgando un hecho concreto”, afirmó la defensora.
Tampoco dejó de lado que el lugar físico donde presuntamente ocurrieron los hechos (la vivienda del abuelo) hubieran podido ser escenario de semejantes actos, frente a todos los que habitualmente vivían en la casa.
Para Perelló, el relato de la niña no tuvo palabras “prestadas” sino que quedó demostrado que aquellos términos utilizados no hacen más que demostrar que hubo una co construcción, con elementos aportados desde los padres hasta la terapeuta cuestionada. No dejó de mencionar tampoco, que el cuadro que refleja la niña no se condice con una niña abusada, siendo que no tuvo ni tiene un estrés pos traumático, producto de los abusos denunciados.
Volviendo sobre las críticas para con la intervención de los psicólogos intervinientes, afirmó que no hace más que aportar confusión en este tipo de delitos que se investiga, cimentado en personajes “siniestros” como la doctora Lezcano y algunos autores citados por la letrada.
Finalmente, la defensa se dirigió al tribunal aceptando que posiblemente se enfrenten ante cierta impotencia de no poder juzgar ante la escasa prueba, pero casi suplicó que se desprendan de los lógicos prejuicios innatos que genera este tipo de casos y confronten objetivamente con la prueba real, que a su entender no hacen más que fundar la inocencia de su defendido.

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