22 de julio de 2013
Daniel Herrera es el muerto. El muerto de frío. El muerto de hambre. Es el muerto encontrado en su cuarto sin puertas y en su cama de cartones, tras una de las noches más frías en lo que va del año.
Es nuestro muerto. También el de quienes por esas mismas horas hablaban sobre una tribuna política diciendo que había que seguir apostando a la política “inclusiva”.
Herrera era cartonero. Vivía en una pensión de Machado al 1300, un espacio tomado hace más de 30 años, que hoy ocupan nueve familias, la mayoría de ellas con varios pequeños.
Herrera, Daniel, estaba solo. Pieza y cocina eran un cuarto sin puerta, un ventisquero que por estos días no perdona la vida, un espacio que no visitaba nadie, ni sus familiares ni Desarrollo Social. Vivía de la recolección de cartones. Con ellos había hecho su cama. Seco o mojado descansaba ahí sus huesos, que cada día le reportaban un dolor novedoso.
Según sus vecinos, apenas comía. Pasaba hasta tres días sin comer. De hecho, lo encontró una mujer, una vecina, que le iba a llevar un plato de comida. “Ni siquiera bien comido es fácil pasar el frío en este lugar” dice un hombre que no presenta síntomas de falta de peso. “Imaginate si, además, no comés bien”, agregó, mirando hacia ningún lugar.
Herrera entraba y salía del Hospital. Volvía a su cuarto helado de la casa ocupada. El diagnóstico siempre era el mismo: pobreza extrema. La cura: pídasela a Dios si tiene suerte de que lo atienda. La administración pública tiene horario de oficina y recursos limitados.
Herrera estaba solo. Pocos amigos y familiares lejos. Según un vecino, uno que lleva ahí más de 30 años, el hombre recibía cada tanto la visita “de dos hombres muy bien vestidos”. ¿De Desarrollo Social? -le pregunto-. No, no –dice-. De esos que andan siempre con traje. ¿Mormones? –arriesgo-. Si –exclama y se alegra del acierto. Eran los únicos que venían acá y se lo querían llevar a un lugar donde pudiera pasar las noches frías –explica-.
Los vecinos coinciden. Los únicos que visitaban a Herrera eran los mormones. Pibes bien parecidos, bien vestidos, que comparten la palabra de Dios pero también un espacio para los que viven en la calle.
¿Y Desarrollo Social? –pregunto-. Desarrollo Social no viene. Tenés que ir vos con el problema. Ellos te piden presupuesto y te dan la respuesta, a veces, dos o tres meses después. A mi me está pasando. Preciso que me ayuden a comprar un nylon para cubrir el techo que tiene varias goteras. Llevé el presupuesto: 80 pesos. Hace más de un mes que lo llevé. Y nada. El año pasado me dieron la leña que pedí pero tres meses después, cuando ya había pasado el invierno –me cuenta el hombre.
El hombre es santiagueño. Una gran parte de las familias de ese lugar provienen de Santiago del Estero. Vienen a la cosecha de papa. Siempre han trabajado en negro y lo siguen haciendo. En estado de esclavitud, más allá de que al gremio respectivo le parezca una cuestión de “costumbre”. Cuando la cosa va bien, comen sin pasar apuros, pero cuando va mal, acuden a Desarrollo para paliar el invierno. No tienen que dar mucho dato. Son de Machado al 1300 y esa información basta. Pero la ayuda no siempre llega. Reciben los vales para garrafas pero tienen que poner plata encima del vale, un “plus”. Y las garrafas solo alcanzan para comer y calentar la pieza un rato antes de acostarse, solo un rato. Después, calor humano, frazadas y papeles.
El dato se repite en uno y otro caso. “Acá no vienen”, dicen.
Herrera era un hombre sufrido. Pero el frío de Tandil quiebra cualquier heroísmo. En Tandil, además de este factor imponderable, existen otros. El hambre es una realidad. La falta de asistencia para calefaccionarse y tener un abrigo es una realidad. La falta de un hogar público para los sin techo es una realidad. Esa otra ciudad es una realidad. No son el 54 por ciento de la zona de integración que “definen las elecciones”. Son la minoría que ni siquiera va a votar.
No muy lejos de ahí, al calor de la campaña política que empieza, los discursos no entraban en el embudo del elogio. ¡Tantos eran! Tantos los brazos en alto. Tantos eran los proyectos para hacer la ciudad más linda de la Provincia.
Herrera no recorrió nunca la senda aeróbica. Herrera no pensaba pasar una tarde en la Casa de la Cultura embelesado por un concierto para piano y oboe. Herrera no iba a pedir un botón antipánico e iba a exigir una cámara de seguridad en su pieza sin alarma… y sin puerta. Herrera no disfrutaba. de los fuegos artificiales, ni de las plazas, ni de la iluminación redundante de los paseos, ni de las fuentes prodigiosas en agua que no se toma y no lava. Herrera era parte de esa otra ciudad que los que disfrutan de todo lo anterior no conocen ni quieren conocer, porque es preferible reconocerse ignorante a hijo de puta.
Herrera es el muerto. El muerto de frío. El muerto sin flores. Es el muerto de todos. Le tocó dejar esta vida congelado y con el estómago vacío mientras en la casa de al lado una vecina, seguramente, se quejaba por el precio del cable y porque la recolección le había dejado una bolsa en el canasto. Es el muerto que cuando le decían la palabra “incluyente” miraba con ojos curiosos y perdidos. Le tocó dejar esta vida en plena etapa de anuncios, a diez o veinte años, y de caras sonrientes en un afiche o en una gigantografía.
Herrera es el muerto. El que se hizo visible por los cientos que no se ven morir, por los miles que corren la misma suerte y por ahora hacen la cola.
La pregunta es ¿quién lo mató?
Si usted responde “el frío” podrá dormir esta noche tranquilo, o tranquila, pero no mucho más que esta noche. Por Juan Perone.
Lo elaboró el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa) y fue financiado por el BID. Sobre 31 distritos, Tres de Febrero fue el municipio mejor ubicado, seguido por las ciudades de Córdoba y Santa Fe.
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