11 de enero de 2009

Locales

Locales. El señor de los caballos

Alfredo Casco llega a la charla con cierta puntualidad y se muestra sorprendido por la convocatoria. En este segmento dedicado a personajes de Tandil, parecía pertinente convocar a un hombre que representa a una familia que ha dedicado su vida al turf y al cuidado de equinos dotados para este deporte, habida cuenta de la recuperación de la actividad desde que la pista de carreras se reabrió.
Le cuesta ignorar el grabador, pero a medida que nos adentramos en su mundo, en el tema que más conoce, en la actividad en la que creció y de la que aprendió cada secreto, parece soltarse y por momentos las emociones amenazan con traicionarlo, especialmente cuando recuerda a su padre y mentor, Emilio Placeres Casco, reconocido cuidador de antaño, fallecido en 1996, pionero de la actividad en Tandil, que le transmitiera el amor por el oficio y si bien en un principio no le permitió ser jockey, después se transformó en fundamental en la vida deportiva del popular “Corcho”, que debutó de incógnito en las pistas.
También parece “flaquear” cuando recuerda su mejor victoria como jinete, una semana después de una rodada, en la que quedó bastante maltrecho, pero como pudo llegó a correr y ganó una carrera importante, o mientras repasa el listado de los nombres de sus ocho hijos y sin dudar, comienza por su esposa Jorgelina Janeiro y enumera a Soledad, Emilio, Natalia, Romina, Evelyn, Ignacio, Agustín y el pequeño Esteban, alias “Tiki”, a quien le reconoce “pasta” de jockey para el futuro, “ya le están gustando los caballos y puede andar bien”, vaticina.
De a poco, este hombre del turf de Tandil, de 50 años de edad, que soportó una época difícil en la que el Hipódromo de la ciudad estuvo abandonado y el trabajo y la competencia escaseaban, se anima a repasar sus comienzos, su presente y la actualidad de la actividad que ama y que hoy lo encuentra repitiendo la historia familiar transmitiendo sus conocimientos a su hijo Emilio, de 22 años, que participa del equipo de cuidadores que comanda Alfredo.
- ¿Cuánto tiempo lleva en esto de cuidar caballos y cómo empezó?
- Como cuidador llevo 15 años más o menos. Pero comencé a correr a los 17 años, el 2 de marzo de 1976. Pero mi padre cuidó toda la vida, así que yo estoy desde que nací vinculado a los caballos. Es una cuestión heredada, porque mi viejo era muy buen cuidador, sabía un montón y yo no aprendí porque no quise (Risas).
- ¿Está a tiempo de aprender?
- Siempre se aprende algo nuevo. Hay cosas en las que todos los días se aprende algo. Y acá en Tandil estamos lejos, no tenemos las ventajas y los adelantos que tienen en Buenos Aires y tenemos que competir contra ellos, que son unos monstruos, así que hay que estar aprendiendo todo el tiempo.
- Los caballos son como vedettes. ¿No?
- Los caballos son muy especiales y delicados. Hay que estar siempre encima de ellos, cuidarlos bien, saber “varearlos” y tener cuidado que no se lastimen las patas. Son como estrellas. Lo principal del cuidado del animal es el “vareo” (montarlos periódicamente, medirlos, realizarles controles, etc.) y la parte veterinaria también es importantísima y en ese aspecto es donde estamos atrasados con la Capital y competir con ellos es muy difícil.
- ¿En qué aspectos se da ese atraso?
- Y…, no estamos a la altura. Están adelantados. Los studs tienen continuamente un veterinario encima y el seguimiento del animal es diferente. Trabajan distinto y eso se nota un poco a la hora de ir a competir con ellos.
- ¿Cómo fue cuando empezó a correr?
- Yo vivía siempre rodeado de caballos por la actividad de mi padre. Tuvimos una desgracia familiar porque un hermano mío, 2 años mayor que yo, estaba para debutar un 9 de Julio y el día anterior tuvo un accidente con un caballo que lo estropeó bastante y lo mató. A partir de ahí, mi padre se puso muy mal, quería dejar todo y ni hablar de dejarme correr a mí. No quería saber nada. Pero un día que mi papá fue a correr un clásico a Comodoro Rivadavia, por cuenta mía me subí a un caballo y corrí. Así debuté.
- O sea que más allá de la pasión familiar y las alegrías que les dio el turf, también hubo tragedias.
- Sí. Mi hermano tenía 15 años y en aquella época mi viejo se puso muy mal y quería abandonar el cuidado. Pero después siguió porque era un apasionado y cuando empecé a correr me acompañó y me enseñó todo lo que pudo y gracias a eso me fue bastante bien como jockey. Corrí en La Plata, en San Isidro, en Palermo, gané bastante y tuve suerte. Mi padre fue clave porque, no es por nada, pero sabía un montón de esto y era muy buen cuidador y sus consejos me sirvieron mucho, como jockey y con la cuida. Yo repetí la misma historia que él, que comenzó corriendo de chico y después se dedicó al cuidado de los caballos.
- ¿Qué diferencias nota entre aquella época y esta?
- Acá, hasta hace dos o tres años no teníamos ni donde varear. Hasta que le dieron el Hipódromo a Vistas Serranas, la cancha estaba llena de yuyos y no podíamos trabajar en buenas condiciones. Aún así, iba un caballo como Forty Mirage y ganaba. Y acá no había pista ni nada. Ahora el Hipódromo está muy lindo y la cancha está bien. La ventaja que nos llevan en Buenos Aires, es de calidad de animales. Hay otra sangre, otros Haras. Acá trabajamos con caballos de “medio pelo”.
- Es decir que la llegada de una empresa al Hipódromo para ustedes fue una buena noticia.
- Y claro, hay muchos más caballos, más actividad en Azul y en Tandil. Podemos correr en Palermo y La Plata, etc. Parece que no, pero a nosotros se nos abrió una posibilidad de trabajo muy importante. Yo no lo podía creer cuando empezaron a hablar de reabrir el Hipódromo, pero gracias a Dios se hizo realidad. Antes de eso, había muy poco trabajo y los cuidadores teníamos que tener alguna otra actividad. Ahora tengo a cargo 13 caballos y antes no tenía casi nada, dos o tres caballos y me llamaban para “varear” a Forty Mirage, cuando había donde hacerlo. Por estos días el Hipódromo está lleno de animales y no hay más porque no hay más boxes, sino se llenaría también. Además, corriendo cada quince días entre Azul y Tandil, la frecuencia de carreras está bien.
- ¿Hay conformidad con el estado actual del Hipódromo? ¿Es el ideal?
- Yo particularmente estoy agradecido con el trabajo que se ha hecho. Faltan cosas. Pero a mi me abrieron las puertas y me vino bien, no me puedo quejar.
Si hay una palabra equivocada para definir el trabajo de los cuidadores, es “simpleza”. En este oficio, el cuidador prácticamente adopta a cada animal como una especie de integrante de su familia y piensa y vive para él. Las aristas de las que debe ocuparse un cuidador, que además administra un capital importante para el dueño del animal, son varias. Desde el manejo y ejercicio del caballo de manera diaria, hasta su alimentación, mantenimiento, higiene del equino y sus instalaciones, pasando por la responsabilidad de que además, el animal se transforme en un buen deportista que brinde satisfacciones en la pista. Un trabajo que, indudablemente, está cargado de conocimiento práctico, que sólo puede transmitir la experiencia.
- ¿Cuál es el momento que recuerda con más cariño de su paso como jockey?
- Mi mayor satisfacción fue ganar una semana después de dar una rodada tremenda en el Hipódromo de Tandil. Estuve internado desde ese domingo y hasta el martes en la Clínica Chacabuco y salí con 58 kilos. A la tarde me fui a trotar y entrene toda la semana y llegué al domingo con 53 kilos. Ese día gané un clásico de 2.500 metros con “Señor Lito”, del escribano Osa, que cuidaba mi padre. Ese día no se me borra. Y carreras, gané varias.
- ¿Y cómo cuidador?
- Muchas también. Sin ir más lejos el 8 de diciembre corrió en Palermo una yegüita que hace poco que la tenemos y la hicimos debutar. Y ganó con un jockey joven de Tandil que consiguió su primera victoria. A él se le caían las lágrimas y para nosotros fue una satisfacción enorme. Además en la categoría de tres años, que es la más fuerte que hay en Palermo.

La época dorada
- ¿Cuál fue su mejor época cómo cuidador?
- A principios de la década del ´90, cuando a través de un tipazo como Roberto Tarabini, muy amigo mío, llegué a estar dos años y dos meses viviendo en Palermo cuidando los caballos de Antonio Erman González, que en ese tiempo era Ministro de Economía y tuve la suerte de ganar con casi todos ellos. Fue una época muy linda. Vivíamos de asado en el Hipódromo casi todos los días.
- ¿Cuál es el secreto para hacer un caballo ganador?
No sé si hay un secreto. Es importante que te tenga confianza el patrón y hacer las cosas bien. Estar encima de los animales antes de ir a correr y saber si está bien “vareado”, si le duele algo, si comió bien, si tosió, son muchas cosas de las que hay que estar en conocimiento para saber si esta bien para correr. Como cualquier deportista, un caballo debe estar bien entrenado y estar bien anímicamente. Decidir cuando viajar, que lo haga cómodo, que no se estrese, etc. Un caballo puede ser 10 puntos, pero el día de la carrera tal vez fracasa y entra último, porque no tiene un buen día. Por eso creo que no hay tantos secretos. De todas maneras, hay que aclarar que el que más trabajo hace con el caballo en sí, es el peón. El lo limpia, lo camina, lo “varea” y se lleva poco reconocimiento cuando el animal gana. Yo tengo un buen equipo con mi hijo y con otro chico, de nombre Ezequiel.

El jockey y el cuidador
- ¿Se dedicó al cuidado una vez que la carrera de jockey se terminó?
- Mientras corría, dos o tres caballitos cuidaba, o ayudaba a mi viejo. Siempre tenía alguno. Pero cuando dejé de correr me dediqué de lleno a la cuida.
- El cuidador, que antes fue jockey, le dice al que monta su caballo como lo tiene que correr. ¿Le hacen caso los más jóvenes?
- Por ahí se olvidan lo que les decís. Pero es muy importante el jockey también. A 70 Km/h, cualquier fallita o mala decisión, perdés. Además es un mundo muy especial. Hay que hacer muchos sacrificios para cuidar el peso y hay mucha competencia. Yo me tenía que matar. Era muy pesado y no podía comer casi nada y tenía que meter mucho esfuerzo físico.
- Además, los cuidadores manejan un capital importante de los propietarios de los caballos. ¿Es mucha presión?
- Por eso digo que hay que hacer las cosas bien. Acá recién ahora están llegando animales de buen origen y alto valor. El dueño después busca a un cuidador que sabe que se lo va a cuidar en serio. Tienen que tenerte confianza.
- ¿Ahora Emilio, su hijo varón, trabaja con usted?
- Si. Me ayuda y tiene patente de cuidador y me da una mano importante. Está aprendiendo el oficio y lo fundamental es que le gusta y ya tiene sus caballitos también.
- ¿Le gusta la idea de que se dedique a cuidador?
Por supuesto. Yo crié 8 hijos viviendo de esto. Haciendo las cosas bien se vive de esto tranquilamente y además lo tiene en los genes. El tema es que esta, es una vida bastante sacrificada, no hay domingos ni feriados, porque a los caballos hay que atenderlos todos los días, a la mañana y a la tarde. No es fácil.

El estudio y el apodo
- Hoy se dictan cursos para cuidar caballos. ¿Es tan complejo? ¿Le parece bien que se estudie para eso?
- Hay muchos adelantos, sobre todo en la parte veterinaria. Hay aparatos donde hoy le ponen un tubo al caballo por el hocico y ya saben si echó sangre, hoy es otra cosa. Eso antes no existía. Lo mismo en los medicamentos. Ahora todo eso lo hizo más fácil también, hay muchos más cuidadores que antes. Hoy el patrón que compra un caballo lo puede cuidar él con un buen veterinario. Pero, para mí, para hacer esto hay que nacer. Hay que vivirlo y haberse criado entre caballos. Lo de los cursos no me convence. Aunque hoy, cualquiera agarra un stud con buenos animales y capaz que gana.
- Aunque tiene bastante por recorrer todavía, ¿Le ha dejado amigos el turf?
- Y… yo voy a Azul, a Mar del Plata, a Palermo, en todos lados cosechás amigos. Por los viajes y la actividad en común, te encontrás con mucha gente que se termina haciendo amiga de uno. Pero hubo gente que me ayudó un montón, como por ejemplo “Pepe” Adamo, que falleció. Cuidaba y yo le corría los caballos y me ayudó un montón. Otro, el “Conejo” Tarabini, que es como un padre. Pero hay mucha gente de la que soy amigo, gracias al turf.
- ¿Cómo nació el apodo de “Corcho”?
- Ya ni me acuerdo quien me lo puso. Algún familiar supongo. Pero me dicen así desde siempre, por era bastante chiquitito físicamente.

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