12 de agosto de 2009

Locales

Locales. El sospechoso de siempre, una causa archivada y un acusado de falso testimonio

Un día como hoy, Margarita Herrera (67) se veía sorprendida por una agresión inusitada de parte de alguien que evidentemente conocía. La disputa en su propia morada de los monoblock de Perón al 1600, terminó con la jubilada, con limitaciones físicas a partir de una hemiplegia, tendida en el piso, sobre un charco de sangre producto de varias puñaladas, en medio de un departamento que evidentemente había sufrido un desorden mayúsculo, pero que alguien se encargó de ordenar, incluso limpiar.
Ocurrió un sábado 12 agosto de 2007. Pasaron dos días, el lunes, para que la policía y la justicia se anoticiara del macabro hallazgo, y a partir de allí una investigación con muchísimos interrogantes que, en definitiva, arribaron al mismo callejón: la sospecha insistente de que el autor del crimen fue un menor de edad. De la sospechas a los elementos suficientes que acrediten su autoría un largo trecho, tan largo como este par de años de impunidad.
En efecto, LA VOZ accedió a detalles de lo que evidentemente debe encuadrarse como una investigación frustrada, ya que a pesar de indicios y elementos de prueba no resultan lo suficiente como para arribar a un esclarecimiento, mucho menos cuando quienes pudieron -y pueden- aportar información se habrían resistido sistemáticamente a decir lo que saben.

DERIVACIONES DEL EXPEDIENTE
Cabe consignar que oportunamente el fiscal interviniente, doctor Gustavo Morey, considerando la participación del menor sospechado, derivó el expediente al Juzgado de Menores. Empero, desde dicho organismo, se consideró por aquellos días, como se sostiene ahora, que los elementos no eran suficientes.
En consecuencia, el pasado 19 de mayo, el juzgado, a cargo de la doctora Mabel Berkunsky, resolvió archivar la causa. Hasta aquí, a dos años del homicidio, no hay responsables penales del asesinato de Margarita Herrera.
Más allá del imaginario popular y las conjeturas de los investigadores, en torno a el o los posibles responsables, lo concreto es que las indefiniciones procesales como el complejo entramado de contradicciones y complicidades del entorno a la víctima, atentaron con un posible esclarecimiento de uno de los crímenes aún impunes en nuestra ciudad.
Más allá de las miradas encontradas sobre el probatorio contra el que se considera como autor material, sí hay coincidencia en la creencia que hubo al menos participación de otras personas mayores, en lo que podría circunscribirse bajo una imputación por presunto encubrimiento, sin embargo, aquí tampoco se logró avanzar en la causa.
La hipótesis investigativa, entiende a que una vez cometido el homicidio hubo otra u otras personas involucradas al menos a la hora de entorpecer la pesquisa, especialmente a la hora de modificar la escena del crimen.
Dentro del complejo entramado, también se dejó entrever que reinan serias contradicciones en varios testimonios, especialmente vinculados al entorno de la familia de la víctima, lo que no han hecho más que perturbar aún más la pesquisa.
Como se vino detallando desde el homicidio a esta parte, uno de los indicios que aún genera que los investigadores se inclinen principalmente por un sospechoso, tiene que ver justamente con presuntas amenazas que el entorno familiar de la víctima en su momento aludió, amenazas que habría sufrido la occisa, como también la familia, una vez sucedido el trágico hecho.
El detalle, sumado a cómo se encontró la escena del crimen, permitiría que la pesquisa se incline por las sospechas sobre un sujeto en particular, que tendría algún grado de conocimiento de la rutina de la víctima.
A saber, sobre las presuntas amenazas se aclaró que en verdad los dichos de los familiares se condicen más con llamadas intimidatorias, pero que no llegarían a ser amenazas. En tanto se especula con que el sospechoso tenía conocimiento sobre la víctima siendo que no se evidenció violencia alguna para ingresar al departamento, cuando la puerta tenía un cerrojo de seguridad. Se desprende, en consecuencia, que la víctima habría conocido al sujeto y le abrió la puerta en confianza.

Las pruebas que no alcanzan
Sobre la persistente hipótesis de la autoría del menor, vale reseñar que el fiscal se valió de varios elementos, que sin embargo para la Justicia de Menores luego, no alcanzaron.
Se habló del secuestro de algunas prendas de vestir, de algunos rastros, y una bicicleta, pero nada de ello resultó suficiente como para semejante acusación (el menor resulta inimputable y de acreditarse su responsabilidad debía ser alojado en un instituto de máxima seguridad).
Una vez tomada la causa por la justicia de Menores, cada uno de aquellos indicios, sumado a la investigación que por su cuenta se efectuó, cayeron en saco roto.
Ni los resultados de ADN, oportunamente enviados a su cotejo, ni las escuchas telefónicas, sirvieron para avanzar en aquella hipótesis. Se concretó además, de una declaración informativa para con el sospechoso, quien valiéndose de los derechos que le asiste y bajo la tutela de su defensor, se negó de prestar declaración.
Así, la causa se fue diluyendo a lo que hasta ahora. Con una justicia de Menores que archivó la causa y un fiscal que precisamente ayer debió informar a los familiares sobre los avatares de la causa y, un dato nada menor que estuvo guardado bajo siete llaves desde el homicidio a la fecha (ver aparte), pero que en definitiva no hace más que llenar de impotencia a quienes claman por justicia como a los propios actores judiciales, que ven cómo se cae una pista que podía haber sido la llave para ahora sí endilgar la responsabilidad al mismo sospechoso de siempre. Hoy la ciudad convive con la impunidad, transita las calles junto al posible homicida.

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