18 de mayo de 2020
"El envejecimiento poblacional llegó para quedarse, es decir que las personas vamos a vivir muchos años más y esto no tiene por qué tener un impacto negativo ni en los sistemas de salud ni en los de seguridad social", advierte Alejandra Irurzun, magíster en Gestión de Servicios en Gerontología, investigadora y docente de la Universidad ISalud.
"Lo que sí tenemos que hacer es acomodar estos sistemas con nuevas definiciones, modelos de intervención y dispositivos para poder acompañarlos en este tramo de la vida", añade. Además, destaca que los sistemas pensados para morir después de tres o cuatro años de jubilación ya no sirven y que hay que pensar en cuidados progresivos a lo largo de todo el recorrido vital: "pensar en cuidados sólo a partir de los 60 o 70 años no funciona en la actualidad", explica.
Consultada sobre la necesidad de establecer distinciones dentro del grupo de adultos mayores, la profesional destaca lo diverso y heterogéneo de éste: "Hay trayectorias, niveles de instrucción, condiciones de vida y niveles de acceso distintos, además de personas que nunca han accedido a sistemas de cuidados. Tenemos personas en residencias de larga estadía, viviendo solas, con un cuidador informal, en el seno de una familia y cumpliendo roles protagónicos, como quienes cuidan a sus nietos. Hay también centenarios, es decir, de pasar a hacer una tabla de 70 años o más ahora hay que seguir desdoblando edades y llegar hasta por lo menos 100 años y más para algunos fenómenos".
"Tenemos que pensar en un grupo donde la diversidad es una constante y en tener una mirada centrada en la persona. Una herramienta clave para evaluar a las personas mayores en su heterogeneidad, es la valoración gerontológica integral que permite, desde una mirada multidisciplinar, evaluar la autonomía de cada persona para poder trabajar centrándonos en sus necesidades y potencialidades, pero sin dudas tenemos contextos y características en relación al acceso a los sistemas de cuidado distintos, una de las más importantes es la relacionada con la inequidad y, en tal sentido, deberíamos mirar especialmente a aquellos en situación de vulnerabilidad", agrega.
URBES PREPARADAS
El "Proyecto Ciudades amigables con las personas mayores" es una guía publicada por la Organización Mundial de la Salud en 2007 que pretende lograr que las ciudades se comprometan a ser más amigables con la edad y alienta el envejecimiento activo a fin de mejorar la calidad de vida de las personas a medida que envejecen. Sobre la realidad de este proyecto y la aplicación en nuestro país, Irurzun indica que "es importante adecuar la relación persona-entorno para que ésta se sienta más a gusto y que, en el caso de las personas mayores, puedan continuar desarrollando las actividades cotidianas y aquellas a las que quieran acceder que antes no podían hacerlas porque estaban trabajando u ocupándose de otras personas".
La profesional destaca la importancia, por ejemplo, de que puedan tener un transporte de pasajeros cómodo, que los puedan dejar en una esquina iluminada, que puedan bajar el piso para que la persona no tenga que levantar las piernas tan alto para poder subir, que tengan rampas, que los horarios de atención de los locales sean adecuados para ellos y que no tengan que hacer cola en la calle, que no estén expuestos a inseguridades y que puedan seguir transitando un periodo tan vital como los anteriores: "Este es un periodo en el que este grupo de personas está realmente activa si el medio se los permite", resalta. Además, es importante la autopercepción de quienes transitan este periodo y "las personas que se autoperciben con buen estado de salud potencialmente tienen una actitud más positiva frente a lo cotidiano, sobre todo si pueden continuar activos en su comunidad. Esto es importante porque cuando hablamos de derechos, no los podemos ejercer si nos autopercibimos mal".
Con respecto a la necesidad de la sociedad de incluir a los adultos mayores y dejar de asociarlos con un grupo de personas "inmóvil", Irurzun indica que, sin duda, cuando hablamos de personas activas, el término no sólo refiere al hecho de salir y movilizarse, sino también a poder participar en asuntos sociales, económicos, culturales, religiosos y cívicos. Por ejemplo, la relación entre niños, jóvenes y personas mayores en relación al intercambio en la capacidad de imaginación, de innovación, la importancia de la perspectiva de género y la diversidad que pueden aportar desde las diferentes edades a la solución de problemas de las personas mayores y que estos también puedan aportar a la mirada que tienen los jóvenes y niños, les da un bienestar increíble a las personas mayores. Desde el punto de vista de las políticas públicas, menciona la importancia de promocionar planes de participación activa en todos los ámbitos y niveles de la sociedad, desarrollando programas sociales específicos para el envejecimiento activo del tipo cultural o turístico, con modelos de desarrollo personal, social e inclusive acomodando y cambiando los modos de llevarlos a cabo de acuerdo a los gustos y necesidades de las personas mayores. "Si incluimos realmente a las personas mayores en el diseño de estos planes, seguramente van a querer participar", resalta. "Estamos frente a una visión romántica de la familia. Si hablamos de envejecimiento poblacional hablamos también del achicamiento de la pirámide, de familias pequeñas, o personas mayores envejeciendo solas en sus viviendas y esto es algo para repensar. No hay que tener una visión romántica de la familia que todo lo puede con amor y con cariño, sino realmente hacer de esto una política pública que promueva el envejecimiento en su ciudad y comunidad, siempre que sean entornos seguros y adecuados. Entonces, si por un lado establecemos los cambios a nivel de los grupos de las personas y familias para tener mayor interrelación con las personas mayores y mejoramos sus entornos próximos para que se mantengan activos, vamos sin duda a tener con mejor calidad de vida a las personas mayores", culmina.
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