13 de mayo de 2010
La Justicia Correccional azuleña ayer dio inicio al juicio oral y público por el caso del joven letrado acusado de intentar coimear a un juez para favorecer la situación procesal de un defendido.
En el segundo piso del palacio de justicia, en la sala de audiencias del Juzgado Nコ 2, el doctor Héctor Torrens le dio la bienvenida a las partes, el fiscal Luis Piotti, los defensores Claudio Castaño y Marcelo Argeri, junto a su cliente, el par Juan Manuel González Guerra, para luego escuchar los lineamientos acusatorios como defensistas y así escuchar las declaraciones de los testigos citados.
La jornada que comenzó a las 9.30 y se extendió pasado el mediodía se vio signada por una tensión inusitada a partir de varios cruces que mantuvieron fiscal y defensa, con incidencias que merecieron repetitivas intervenciones del magistrado por no desviar el objeto de debate, que hace a la responsabilidad penal o no del abogado acusado.
A tal punto llegó el clima y los contrapuntos, que Piotti pidió al juez que aplicase una sanción al doctor Castaño por sus dichos, asunto que el juez flexibilizó para dejarlo en una advertencia. Con una profusa paciencia, entonces, Torrens pidió en oportunidades varias a Castaño que mantuviera la línea indagatoria para con los testigos, y que sus comentarios y/o críticas para con los intervinientes en la causa lo dejaran para el futuro alegato.
En cuanto a los ejes de la acusación, Piotti adelantó que se inscribiría en tres elementos: la declaración del juez Galli, la de los testigos que trabajan en el Tribunal y el análisis de los dichos en la instrucción del propio González Guerra.
A su turno, Castaño anticipó que a su criterio el juicio está poniendo en duda el sistema judicial en general, y el de Tandil en especial, para así afirmar que se trató de una causa forzada, caprichosa, que termina ensuciando a todos, sobre todo a las presuntas víctimas y victimarios.
“。RAJA DE ACA, MOVE...!”
Tantas veces del otro lado del “mostrador”, el juez Galli, en su carácter de testigo ayer se sentó frente al magistrado para contar su versión de los hechos. El funcionario judicial con más de dos décadas de trayectoria en el fuero, fue relatando y ratificando lo que oportunamente había declarado en su denuncia (ver el caso), acerca de cómo sucedió la breve -no más de tres minutos- reunión en su despacho con quien insistió “quiso coimearme”.
Recordó sobre los términos del “ofrecimiento”. Había 10 mil pesos, cinco mil para él y el resto para el juez, “para acá”, lo que hizo que Galli se transformara en su ánimo y lo echara del despacho a grito pelado: “。Rajá, rajá de acá, mové!”.
Recordó que una vez echado de la oficina, se vio con los empleados y les contó lo sucedido, con cierto enojo, les expresó su indignación: “es increíble, me quiso coimear”.
Acerca de sus dichos, en cuanto a si González Guerra le dijo si el dinero era para él o “para acá”, como si el ofrecimiento pudiera tener otra connotación, el juez devenido en testigo subrayó su convencimiento de las intenciones del novel abogado. “Mi vino a coimear, estoy seguro”, reafirmó.
Indagado sobre su relación con el abogado, versión que el acusado introdujo en la causa en su única declaración, Galli dijo que no sabía de quién se trataba cuando su secretario, Guillermo Vaticano, le comunicó que González Guerra quería tener una reunión por un asunto personal.
Sí dijo que tras el hecho y el avance de la pesquisa corroboró que un sobrino del imputado tenía estrecha relación con uno de sus hijos, que incluso él lo entrenaba en el club Los Cardos en un equipo de rugby. De todas formas, Galli aclaró que recién supo del parentesco una vez motorizada la causa.
Preguntado por su estado de ánimo antes, durante y posterior al suceso, Galli dijo que se trataba de un día normal, que nada tenía que ver su situación personal -la defensa preguntó sobre el estado marital-. Por otro lado reconoció un estado de enojo, bronca por lo que había protagonizado con el letrado, pero que con el paso de las horas se fue disipando.
No obstante, admitió que su mayor bronca devino con el curso de la causa, dado que la estrategia de la defensa fue poner en duda no sólo sus dichos, sino que lisa y llanamente se arguye que él faltó a la verdad.
“Me parece bajísimo lo que se ha dicho públicamente. Resulta que me imputan de un delito, que yo inventé esto para perjudicar al abogado (…) este muchacho -por el imputado- ha incurrido en una sarta de mentiras”, enfatizó, términos que fueron reprimidos por Torrens habida cuenta que se trataba de comentarios que no hacían al objeto del juicio.
OTROS TESTIGOS
Tras la larga alocución de Galli, llegó el turno del secretario del Tribunal -Vaticano- y un empleado que atiende mesa de entrada, quienes también ratificaron sus dichos.
En efecto, los funcionarios dijeron del encuentro que tuvieron con González Guerra a media mañana hasta que volvió al mediodía para entrevistarse con Galli. Que cuando se le preguntó los motivos del pedido de reunión, el letrado se limitó a decir que era por una cuestión personal y que en todo momento pidió hablar con Galli, no con otro magistrado.
Sin más, o mucho más en cuanto a las constantes intervenciones del juez para que los defensores no insistieran en una tesitura que merecieran más allá de aquella advertencia e incluso llegado al “absurdo” (Torrens dixit) de que el juez reformulara las preguntas que los abogados pretendían imponer, finalizó la primera audiencia, confirmándose que hoy, a la misma hora y en el mismo lugar continuaría el comparendo de los testigos aportados por la Defensa, y, factiblemente, el tiempo de los alegatos.
La situación de Argeri
Sobrevoló durante la audiencia, y en verdad durante el proceso, la intención del fiscal por indagar al doctor Marcelo Argeri sobre su rol cuando sucedieron los hechos ventilados.
Según consta en el expediente, a minutos del encontronazo en el Tribunal, Argeri en la sede judicial preguntó informalmente a Vaticano si González Guerra “se había mandado una macana”, cuando el juez Galli ni siquiera había realizado aún la denuncia en sede de fiscalía.
Asimismo, el abogado Bertini como el funcionario de la fiscalía Langer tenían para aportar datos en ese mismo tenor, sin embargo, frente al rol que emprendió Argeri como co defensor del imputado, se rechazó cualquier intento por vincularlo en el caso.
El caso
El escandaloso caso que conmovió a la comunidad judicial comenzó a finales de diciembre de 2008, cuando el juez Pablo Galli detalló ante la UFI en turno que alrededor de las 12 del 23 de diciembre, se hizo presente el letrado anunciándose en mesa de entrada, reiterando que pedía entrevistarse con Galli y que era por una cuestión personal, siendo conducido por el personal a su despacho, donde encontraba solo.
Allí el doctor González Guerra se presentó y le manifestó que lo había llamado “Saravia” (detenido por una causa de estupefacientes) por teléfono a los efectos de obtener el beneficio de la prisión domiciliaria. Al respecto el juez le preguntó a quién estaba defendiendo, manifestándole González Guerra que era el defensor de la mujer de Saravia, Lucrecia Paola Rodríguez, pero que ella ya había obtenido el beneficio de prisión domiciliaria.
Allí fue que el abogado le manifestó que Saravia le ofreció una suma de 10 mil pesos y que él con cinco se arreglaba, ofreciéndole al juez los cinco mil restantes, no recordando específicamente las palabras que dijo, pero dando claramente a entender que esa suma quedaba a disposición del deponente. Inmediatamente Galli -según sus propios dichos- le indicó que se fuera, con la sorpresa que le causaba la proposición efectuada, que utilizó los términos “...tomátela, andate de acá...”. Acompañándolo hasta la puerta de entrada del Tribunal.
Juan Manuel González Guerra, en la indagatoria negó categóricamente todas las acusaciones vertidas por el denunciante, ya que “jamás ha ofrecido ningún beneficio económico al denunciante a cambio de ningún tipo de resolución”.
Siguió contando que no es defensor particular de la persona que manifiesta en la denuncia el juez Galli (Saravia), y que no sabía cuál era el motivo de la denuncia. Lo que sí sabía es que es falsa, y quizás sea el temor que tenga el denunciante de ser denunciado por el abuso de autoridad y diferentes irregularidades que le manifestó al juez el mismo día de sucedido el hecho por el cual se lo acusa.
Reseñó que ese día fue en tres oportunidades para hablar con Galli, por una incorporación por lectura de una prueba. Cuando entró al despacho le manifestó la disconformidad de la incorporación por lectura de lo dispuesto por el Tribunal, como así también se discrepancia por la incorporación de la prueba, de la cual había sido notificado el día anterior.
Dando más precisiones sobre su disconformidad, alegó a las actas de allanamiento registros y secuestros, declaraciones testimoniales y otras, a las cuales mencionó en un escrito presentado el 30 de diciembre de 2008.
Sobre la secuencia del suceso con el juez, relató que saludó formalmente, como cualquier entrevista y luego el deponente le manifestó que le parecía que un juez tenía que estar presente y atender a toda persona que se presentara. Que el joven abogado le pareció incorrecto tener que ir en reiteradas oportunidades y cree que como empleado judicial tiene que cumplir el horario. Que ante ello Galli le dijo que no era quién para tener que decir a quién se atendía y en qué momento, respondiendo el abogado que merecía el respeto y deber de atender un abogado en su primera presentación y menos ser atendido de mala gana.
Agregó el abogado que en realidad no conoce la personalidad de Galli, pero dentro de la mesa de entradas del Tribunal tampoco lo habían atendido adecuadamente. Que el doctor Galli se ofuscó y luego el letrado quería reclamar por otras irregularidades que veía en el Tribunal.
Subrayó que le estaba efectuando una crítica de manera general, ya que no llegó siquiera a peticionarle una de sus observaciones por la cual había solicitado la entrevista, ya que a ese tiempo Galli de manera agresiva se paró y le abrió la puerta, pidiéndole que se retire.
González Guerra entendió -según consta en el expediente- que Galli lo que quiso es hacer la denuncia para anticiparse a una eventual denuncia por parte del dicente, no solo en relación a la conducta que tuvo en ese encuentro, sino también respecto de otras situaciones conocidas por el declarante.
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