16 de mayo de 2010
Por Daniel Carlos Argemi (Prof. de Historia- Prof. en Ciencias Políticas)
Cuando la Corona de Castilla comenzó, en 1492, la conquista y ocupación del continente americano, quedó en claro que se organizaba un nuevo reino; uno más de los que ya gobernaba Doña Isabel, junto a su consorte Fernando de Aragón. Muchos años después, su nieto Carlos I y su bisnieto Felipe II, organizaron un verdadero Imperio en “donde nunca se ponía el sol” ya que tenían posesiones en casi todos los continentes. Pero, a partir del siglo XVIII, los nuevos reyes borbónicos comenzaron a considerar como colonias a las tierras del Nuevo Continente.
La ocupación francesa de la Península, a partir de 1808 y la posterior detención de los miembros de la Casa Real, llevó a los españoles unidos a los portugueses y a las fuerzas inglesas, a luchar contra los invasores. El nombramiento de José Bonaparte como nuevo monarca no fue aceptado por la población. Una Junta Gubernativa Central se había organizado el día 25 de septiembre en el Palacio de Aranjuez en la ciudad de Madrid; fue conocida como la Junta Central de Sevilla; su función era ejercer el gobierno legítimo hasta lograr la liberación del Soberano (la gente quería a Don Fernando VII). A pesar de la resistencia, los soldados franceses ocupaban cada día mayor cantidad de territorio.
En el Virreinato del Río de la Plata, también el clima político y social estaba muy complicado. El día 11 de septiembre de 1808, llegó un enviado de la infanta Carlota Joaquina de Borbón y Parma (esposa del Regente de Portugal, que estaba en Río de Janeiro) para negociar su reconocimiento como nueva gobernante, ya que era el único miembro libre de la familia real española; por supuesto, las autoridades no lo aceptaron. Poco después, el día 21 de septiembre del mismo año, se instaló en la ciudad de Montevideo una Junta Gubernativa Provisional, que desconocía la autoridad del Virrey Liniers y separaba de hecho a la Banda Oriental (Uruguay) del gobierno virreinal.
El día 1 de enero de 1809, don Martín de Alzaga, entonces Alcalde de Primer Voto de la ciudad de Buenos Aires, organizó un motín para destituir al Virrey Liniers, que fracasa por el decidido apoyo que las milicias criollas le brindan a este último.
Para completar el panorama, el día 25 de mayo del mismo año se produjo una rebelión en la ciudad de Charcas en el Alto Perú (Bolivia). Se buscaba ejercer un gobierno propio en nombre de Don Fernando VII. Tiempo después, el 16 de julio precisamente, en la cercana ciudad de La Paz se desarrolló un hecho similar. Ambos acontecimientos fueron reprimidos y los rebeldes fueron vencidos por las tropas coloniales españolas.
En este contexto, llegó el día 30 de junio de 1809 a Montevideo, el almirante Baltasar Hidalgo de Cisneros y Latorre, nombrado por la Junta Central como nuevo Virrey del Río de la Plata. Su designación movilizó el ambiente político y social, desencadenando actitudes encontradas. Por un lado, la Junta montevideana se disolvió y acató totalmente su autoridad. En cambio, un clima de gran agitación se vivió en Buenos Aires, porque había muchos que no lo aceptaban y que presionaban al Virrey Liniers para que se mantuviera en el cargo. Ante la situación y los rumores, la nueva autoridad comenzó una serie de acciones reservadas y otras públicas, buscando tranquilizar las cosas y conseguir apoyos (se destacaron el propio Liniers y el Obispo de Buenos Aires).
Había diferentes percepciones sobre la nueva autoridad recién arribada. Para los partidarios de la Independencia y los moderados que buscaban la autonomía del gobierno propio, la designación del nuevo Virrey Cisneros representaba un importante retroceso en sus planes. Para ambos grupos, era necesario buscar una forma de recortarle poder y lograr desestabilizarlo en el gobierno.
Los que respiraban aliviados eran los fieles partidarios de la monarquía, porque estos realistas suponían que la nueva autoridad traería tranquilidad y garantías de continuidad en el orden político, social y económico; mientras tanto, en la Madre Patria se hacían sacrificios y se luchaba para derrotar al invasor francés.
De cara al Bicentenario y 200 años después de estos hechos, qué bueno es ver cómo a pesar de todas las dificultades, la clase dirigente criolla y la población en forma masiva, supieron sobreponerse a los problemas y sobre todo, moderar sus diferencias políticas circunstanciales, buscando el bien mayor para todos…eso demuestra que cuando se quiere, se puede. Tomando esto como un ejemplo… ?nosotros hoy podríamos hacer lo mismo? ... Qué le parece, señor lector?
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