1 de marzo de 2010
A escasos metros donde vivía Débora Castro, la chica que falleció en el Hospital tras haber transitado sus últimos días en un estado de abandono por razones que la razón aún no logra descifrar, subyacen otros casos. Todavía no presagian el mismo desenlace, pero se podría estar cerca de no mediar intervención alguna que corrija el presente que evidencian. Ya no se alude a la controvertida decisión de ocupar un terreno, una propiedad que no les pertenece, sino que se focaliza la situación en el cuadro de salud y si no resulta atinado, sino prioritario tomar parte, independientemente de no aceptar la prepotencia de la desesperación de los que no tienen nada. Uno de los casos resulta Guillermo Tomasi, quien se instaló en el terreno de esquina Azucena y Los Crisantelmos. Apenas superó los 30 años de edad y ya debió soportar una delicada dolencia que lo llevó a complejas intervenciones quirúrgicas. Así lo demuestra su historia clínica. Así lo evidencias las interminables cicatrices que rodean su cabeza rapada y algunas señas particulares en toda su enorme humanidad. Su contextura tal vez no lo favorecen. Alguna vez supo trabajar de personal de seguridad en algún boliche, aunque su mejor trabajo -recuerda- era en la bolsa, subiendo y bajando sobre sus anchos hombros mercadería. Su enorme físico no despierta conmoción como podría ser una contextura débil de una mujer, un niño, pero al estar cara a cara con este hombre grande, de movimientos torpes, se aceptará que su apariencia engaña. Su salud así lo obliga. Ya no puede cargar una bolsa, no puede changuear por algunos pesos. Está limitado, según la prescripción médica de los profesionales. Fue operado en el hospital Ramón Santamarina de un meningioma cerebral (tumor) el 4 de marzo de 2009, lo que generó una hemiplejia (incapacidad motora) del 80 por ciento hasta septiembre del año pasado. Por éstos días, aquellas restricciones motoras disminuyeron, pero no lo suficiente como el común de los mortales. Como secuela de la cirugía, se le recetó un medicamento llamado fenitoina sodica que es para las convulsiones y epilepsia. Buena parte del día está postrado por las drogas medicinales. Su reposo primero fue en una carpa y un auto que ya no tiene en el lote de la esquina de las calles Los Crisantelmos y Azucena. Con ayuda de sus vecinos, allí ahora le levantaron una precaria morada de chapas recubiertas en su interior con cartones donde su humanidad apenas entra. A escasos metros del mismo terreno, comenzaron a forjarle un futuro, los cimientos de lo que será una pieza de materiales. “Estoy desesperado, sin ningún tipo de ayuda, solo la de los vecinos que se han solidarizado y colaboran a edificar una pieza y me dan de comer. He pedido algún subsidio por mi incapacidad, pero me pelotean de una oficina a otra, de un funcionario a otro”, se queja el hombre que no quiere dejar de destacar su eterno agradecimiento al personal sanitario. En el Hospital lo atendieron y lo atienden de la mejor manera. Allí le salvaron la vida. Ahora quiere que esa vida resulte un poco mejor hasta tanto su estado logre recuperarse a pleno y volver a trabajar. La solidaridad de los vecinos (igual de necesitados que él) no alcanza, por eso pide que lo ayuden con materiales para poder finalizar la humilde obra que le dará cobijo a él y su cría.
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