2 de abril de 2017
Por Eduardo Ferrer.
El conflicto de Malvinas de 1982 ha sido para la Argentina ?lo que Jean Leartéguy denomina? una “guerra desnuda”, una conmovedora y trágica experiencia nacional signada no sólo por el descalabro militar del intento por retomar la soberanía sobre el agreste archipiélago, sino también por las penurias y las pérdidas humanas de nuestros combatientes que su campaña conllevó.
Por ello, sin lugar a dudas representa uno de los acontecimientos históricos más trascendentes de las últimas décadas del país y su memoria trae consigo un componente emocional que perdurará por mucho tiempo en nuestra identidad nacional.
Los siguientes testimonios fueron recabados durante una investigación realizada por alumnos del Colegio San José, que fue premiada en el Certamen Museo Fuerte Independencia. Los chicos reflexionan y expresaban “que este trabajo fue muy importante para el grupo, ya que el tema elegido les permitió conocer más sobre el conflicto de Malvinas y discutir sobre diferentes temas relacionados con la guerra”.
Testimonio Nº 1.
El Vicecomodoro Gerardo Isaac, nació en Capital Federal y es piloto de combate. En 1982 contaba con 23 años de edad, tenía el grado de Alférez y volaba aviones A4C Skyhawk en la ciudad de Mendoza, pertenecientes a la IV Brigada Aérea.
En los preparativos previos para la guerra se trasladó a San Julián, en la provincia de Santa Cruz, el día 9 de abril. Comenta: “tuvimos que adaptarnos rápidamente para hacer combate y ataque sobre el agua, hasta el día 1ro. de mayo en que se produce el bautismo de fuego de la Fuerza Aérea, cuando se inicia la guerra de Malvinas. Ese día, se le respondió con un ataque masivo de todos los aviones a las fragatas inglesas que estaban bombardeando Puerto Argentino”.
Habla de sus misiones como piloto, recordando que entre el 1 de mayo y el 14 de junio debió realizar ocho salidas. Participó del ataque al Invencible, el 30 de mayo de 1982. Al respecto dice: “creo que no es la misión más importante, pero fue verdaderamente riesgosa”.
El relato de esta misión, dicen los chicos, es digno de una película, ya que se mantiene una tensión muy difícil de explicar. “Fuimos en el A4C, el primer teniente Vázquez, el primer teniente Castillo, el primer teniente Ureta y yo. A partir del mediodía se realizó la operación. Salieron primero los dos aviones de la Armada y cinco minutos después los 4 aviones nuestros. Nos juntamos unos doscientos kilómetros al sur de las Islas Malvinas con los dos aviones reabastecedores, con los que volamos por espacio de otros doscientos kilómetros todos juntos, reabasteciéndonos por turnos. Cuando terminó todo ese proceso, salimos los seis aviones con combustible completo para atacar el portaviones”.
Según el piloto el ataque fue novedoso y sorpresivo y se realizó por el este. Como el portaviones estaba justamente al este de las islas, nunca esperaban que alguien pudiera atacarlos desde ese lugar, lo más lógico era que esto se produjera desde el oeste, es decir, desde el continente o desde las islas. Pero con esta operación de reabastecimiento en vuelo los atacantes pudieron llegar por detrás de la flota para que la defensa no los tomara a pleno. Relata Isaac:
“Los aviones Super Entendard tiraron el misil unos cuarenta kilómetros antes de llegar al barco. Ellos terminaron ahí su misión y atrás del misil nos fuimos los cuatro A4C. Vimos la explosión del misil, un fogonazo de donde empezó a salir humo. Cuando estábamos a 14 kilómetros lo derribaron al primer teniente Vázquez. Ahí no hay mucho tiempo para pensar. La velocidad es de 950 Km/h, volando pegaditos al agua y muy atentos a todo lo que hay que hacer dentro del avión. Uno observa la caída, pero en realidad, en el momento no le puede prestar mucha atención porque hay mucho trabajo en vuelo. Cuando estábamos a unos tres kilómetros, en el momento de tirar, hay otro derribo más, el primer teniente Castillo, que cae al lado mío.
Llegado al blanco tiro cañones, aprieto las bombas y como estaba muy cerca del portaviones no pude salir por arriba, sino que lo hice por el costado. Allí empecé a hacer maniobras de todo tipo para que no me tiraran y buscar el rumbo de escape, tratando de mirar a ver si detectaba a alguien que me estuviera tirando. Yo sabía de los dos derribos y pensaba que uno podía haber sobrevivido como yo. Llamé por radio y no me contestó nadie. Así que supuse que volvía solo. Pero al poquito tiempo vi un puntito adelante, que pensé que era un Harrier que me venía a atacar y después como el punto seguía adelante me di cuenta que ése era el otro A4C. Cuando me acerco el piloto me hizo señas levantando el brazo, y vi que tenía el buzo color naranja y en el escuadrón nuestro había dos pilotos que tenían el buzo de ese color: el primer teniente Ureta y yo. Ahí me di cuenta que los derribados habían sido Vázquez y Castillo.
Regresamos y aterrizamos después de haber volado 3 horas y 47 minutos”.
Testimonio Nº 2.
La guerra tiene momentos muy fuertes, como el relato del Comodoro (RE) Raúl Ángel Díaz del 24 de mayo de 1982, que se conserva intacto en uno de los cuadros del Museo:
“Resta poco más de un minuto para iniciar la corrida final sobre la cabecera de playa que los ingleses afianzan con grandes dificultades en el Puerto de San Carlos. El reloj táctico de mi avión señala la 11:15 de la mañana. Todo está listo para girar, en unos segundos más, hacia el punto donde la escuadrilla de tres aviones Mirage 5 Dagger lanzaremos una destructiva carga de bombas tratando de evitar que el enemigo se apodere nuevamente de lo nuestro. A muy pocos metros, un mar bravío se extiende a nuestro alrededor, miro el velocímetro, la aguja marca 540 Nudos, nos desplazamos cerca de las olas a casi 300 metros por segundo, el panel de armamento indica que las bombas están armadas, sólo resta oprimir el botón para liberarlas y que causen estragos entre los invasores, destruyendo sus armas y su logística. Una vez más controlo la navegación, entraremos justo en el tiempo fijado.
¿Por qué rompe el silencio de radio el numeral 3? Está a mi derecha, me doy vuelta hacia él. ¡Dios! Lo persigue un misil. Le grito ¡EYÉCTESE! El avión es alcanzado, explota, queda convertido en una antorcha, sigo insistiendo que se eyecte, me desprendo de las bombas y de los tanques de combustible, debo entrar en combate, giro hacia lo que queda del avión incendiado, estoy pasando muy cerca de él y no he visto que se eyecte. ¿De donde vinieron los misiles? Otra explosión, esta vez en mi avión, vibraciones, alarmas, se encienden las luces de fuego en el motor, humo en la cabina, no puedo maniobrar, me he quedado sin comandos, no debo quedarme un instante más, debo eyectarme. Tiro las anillas, siento presiones irresistibles, ruidos ensordecedores, dolores intensos, luces fugaces, movimientos descontrolados. No entiendo que ocurre, pero sé que nada más puedo hacer, estoy entregado. ¿Me estaré estrellando en el mar? ¿Es el preludio del fin?”.
El Comodoro (RE) Raúl Ángel Díaz debió eyectarse esa fría mañana del 24 de mayo de 1982, del Mirage 5 Dagger, luego de haber sido alcanzado por un misil SideWinder AIM 9l lanzado por un avión Sea Harrier de la Royal Navy. No obstante haber sufrido daños corporales por la eyección descontrolada, pudo sobrevivir gracias a que su caída se produjo sobre tierra, al norte de la Isla Gran Malvina. Después de su rescate, permaneció cinco días en un poblado Kelpers en Bahía Elefante y evacuado hacia el continente en una operación riesgosa llevada a cabo por un avión sanitario de la Fuerza Aérea Argentina. Los otros dos integrantes de la escuadrilla también fueron derribados, sobreviviendo el My. Luis Puga y desapareciendo en acción el 1er. Teniente D. Carlos Castillo.
Testimonio Nº 3.
A la edad de 21 años, Abelardo Haurón, estaba destinado en el destructor Bouchard, desempeñándose como Marinero de Primera. En 1982 hacía cuatro años que estaba en la Marina. Al finalizar ese año vencía el contrato que había firmado y regresaba a Tandil porque no se adaptaba a muchas cosas.
El destructor era uno de los dos escoltas del Belgrano. Dice el marinero que a escasos diez minutos del ataque al crucero, un torpedo golpeó la estructura del Bouchard. “Yo sentí el ruido. Me di cuenta del impacto. Hacía dos horas que había dejado la guardia y estaba medio dormido. Salí corriendo a tratar de cubrir mi puesto de combate. Por fortuna en el barco no hubo heridos o muertos, la rotura se arregló ya que son compartimientos estancos, es decir, se aísla esa parte, se la repara y se sigue navegando normalmente”.
Pero la función del destructor no terminó allí. Al día siguiente debieron regresar al lugar a rescatar sobrevivientes del Crucero Belgrano. “Fue muy fuerte, mis compañeros se tiraron al agua y levantaron muchos chicos, algunos quemados, otros muertos. La primera balsa que recibo tenía tres muertos en su interior y ahí las cosas ya comienzan a cambiar; te pasan muchas cosas por la cabeza, tu familia, tus amigos. Cambias tu forma de pensar, más cuando algunos chicos se murieron, chicos de la edad mía, que habíamos compartido muchas cosas”. Sigue comentando Haurón: muchos murieron de frío, otros por quemadura, otros por las heridas. Esos torpedos hacen un agujero en el casco y luego revientan adentro del barco”.
En una última reflexión Abelardo manifiesta con mucha bronca: “las cartas que recibíamos venían abiertas y censuradas. La encomienda más grande que me enviaron, no me llegó. También existió poco reconocimiento en algún sector de la sociedad, que impidió que pudiera conseguir trabajo”.
Cada 2 de abril siente una mezcla de orgullo y bronca. Dice con total claridad: “La bandera de mi patria la llevo siempre conmigo. Pero siento que por culpa de un irresponsable que se quedó aquí, murieron muchos chicos.
Fuentes
-Trabajo de investigación realizado por los siguientes alumnos del Colegio San José: Martina André, Carolina Civalleri, Pilar Jaureguiberry, Lucila Macedo y Josefina Montenegro, asesorados por el Profesor Oscar Mastropierro. Todas las citas de este apartado, exceptuando el testimonio N° 2, corresponden al mismo.
-Reportaje realizado el 25 de septiembre de 2004.
-Relato conservado en el Museo Fuerte Independencia.
-Reportajes del 30 de septiembre de 2004.
-Diario El eco de Tandil.
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