2 de julio de 2011
Por Teodoro Penoff
Un característico día de invierno, fresco, poco viento, con alguna que otra nube, pero decididos tomamos coraje y nos dirigimos hacia la costa. Todavía no eran las 8 y para conseguir un lugar donde tirar la caña había que licitar. En definitiva, resignados nos armarnos de coraje y no quisimos dejar para mañana la búsqueda del corno. Estábamos con todo listo, equipos, líneas, carnada y encima madrugamos. A las dos horas de estar allí empezó el viento y el cielo se cubrió. La lluvia no se hizo esperar. Como dos valientes guerreros esta vez no nos dejamos amedrentar.
Este será nuestro día nos dijimos. Por qué seremos así los pescadores?. El panorama se presentaba como para volver a casa, y muchos de los que estaban allí así lo hicieron; por eso, los mejores y más amplios lugares para la pesca, quedaron a nuestra disposición. Entonces decidimos ubicarnos en el morro de la escollera sur.
Con todo listo encaramos para allá. No había casi nadie, las caras de los pescadores que estaban bancándose el frío y la llovizna no eran de las más optimistas, pero igual averiguamos, de puro cumplido, sobre como se venían dando los piques (mal, muy mal, pésimo) igual nos acomodamos en un pequeño resquicio.
Armamos una línea de tres anzuelos encarnados con camarón fresco, boya elevadora, plomada, rulero cebador y tiramos a fondo. En la otra caña colocamos un paternóster de tres metros y anzuelos encarnados con filet de anchoa y camarón.
Cañas al agua. Cada 20 minutos controlamos las carnadas; salían tal cual las habíamos tirado. Una vez, dos, tres. A la media hora de estar allí en el morro ya no cabía ni un alfiler, lo que pasó es que los bloques nos hacían buen reparo y todos se cobijaron ahí.
A la hora y media de estar pescando (perdón, de intentar pescar) sale un corno a nuestra izquierda, al rato otro más en el mismo lugar. Todos los demás mirábamos con cierto dejo de envidia. De repente, en la caña de mi compañero se registra un violento pique. Despacito, despacito, sin prisa y sin pausa, manteniendo la tanza siempre tirante fue acercando una pieza que venía muy enojada. Con la experiencia que dan los años, alzó un hermoso ejemplar de alrededor de 500 gramos. A nuestra izquierda, como para que viéramos que no éramos los únicos, casi al mismo tiempo levantaron otro igualito, hacia nuestra derecha: nada de nada.
Todo el mundo se puso contento al ver esas piezas porque aparentemente se acercaban los cornos. Ese sector de la escollera poco a poco se fue pareciendo a la tribuna de Boca un domingo de clásico. Los rostros se veían un poco más alegres, eso sí, tensos, atentos, concentrados; pero los minutos fueron pasando y no se vio ni un corno más por ningún lado.
Aunque sea un escardón, pedíamos, nosotros lo necesitábamos para mostrar la diferencia entre el corno y el escardón, ya que la mejor manera de ver la diferencia es tener uno al lado del otro, el corno tiene las escamas muy chicas y el cuerpo es mucho más cilíndrico que el del pejerrey común, pero una cosa es decirlo y otra verlos.
A testarudo, nadie le gana a un pescador. Allí estaban todos, nadie pensó en retirarse o cambiar de ámbito. Eran las 17, la hora considerada como la mejor para el pique, decían, y ya empezaba a hacer mucho frío. En el agua había centenares de anzuelos, líneas de todas formas y colores, pero cuando el pez no está, no hay pescado para nadie.
Con nuestra mejor intención queríamos mostrar mejor pesca, pero habrá que esperar. Mañana feriado? 。Ni locos! La fiebre del corno genera toda clase de entredichos y hasta alguna que otra reyerta, por eso, por ahora contamos y mostramos lo que hubo, días de buenas pescas de escardones y pocos cornos. Por ahora tenemos la esperanza de que se aclare un poco más el agua y se asiente esta especial variedad de pejerrey a tiro de caña. Atención, porque unos amigos capturaron muy buenas piezas de embarcado entre la restinga y la arenera.
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