20 de julio de 2008
Por Guillermo Liggerini
Finalmente, el kirchnerismo pagó con creces la errática estrategia de un conflicto que se le fue de las manos, no supo nunca medirlo, utilizó un discurso retrógrado y pecó de soberbia. Para ello nada mejor que la traición como castigo a semejante despropósito. Independientemente del resultado en el Senado, ya el Gobierno nacional había perdido. En la calle, en las encuestas de imagen y, finalmente, en el parlamento.
Ahora bien, salir a celebrar por la consolidación de la democracia e instalar a héroes circunstanciales no es otra cosa que parte del folclore de una argentinidad asombrosa, en la que los reacomodamientos, los discursos oportunistas terminan siendo celebrados por una sociedad cargada de hipocresía, la que no queda expuesta precisamente por su carácter de masa, en cambio sus representantes públicos forman parte del escarnio sin más.
Apenas algunas observaciones ameritan estas líneas a propósito de este flamante escenario, en el que el poder de la billetera k dejó de surtir efecto y, en consecuencia, se montan miradas críticas para con un modelo hasta ayer efectivo y efectista, en el que disciplinó a afines y los otros sin distinción, pero que ahora –sólo por ahora- se ve vapuleado por sus propias debilidades y obstinaciones.
Que el radicalismo vernáculo (con algunas raras excepciones) salga a celebrar lo concebido en el Senado como si se tratase de un triunfo electoral, al menos merece sus reparos. Que el mismísimo intendente no pierda oportunidad para despotricar hasta la exageración contra la mano que le dio de comer en la anterior gestión debe ser revisado. Que el senador Néstor Auza acepte deslealtades de uno de los componentes de una formula cuando en su ex ámbito académico volvió por sus fueros con el azote bajo el brazo para curar traiciones, no debiera ser obviado.
Seguramente, en los tiempos que corren, es políticamente correcto concebir la votación de Cobos como una señal saludable al sistema democrátrico. De hecho ya lo era fuera cual fuera el desenlace. El debate concebido fue de alto vuelo, las argumentaciones de unos y otros resultaron sólidas y el Congreso finalmente se congració con la demanda civil.
Sin embargo, desde éste humilde rincón de un diario del interior, salvando las enormes distancias de una problemática nacional con la local, permítaseme especular en cuál hubiese sido la reacción frente a semejante desplante para con el lunghismo.
Ni hubo ni aún hay piedad para con el trío de radicales que osaron contradecir los designios lunghistas en el 2005. No se dejó pasar la rebeldía de un edil del actual bloque por un asunto legislativo, quien a pesar de aceptar los preceptos de las mayorías, igual se lo expuso mediáticamente al escarnio sin más.
Lunghi está envalentonado. No es para menos. Su instinto una vez más lo llevó por el camino correcto y quedó notablemente posicionado frente a su comunidad. Las encuestas así lo reflejan. Empero, se ha subido a una exagerada crítica para con quien ayer se hacían inimaginables operaciones en pos de quedar en el mismo campo popular y progresista, a pesar de las banderas partidarias diferentes. Se reniega –ahora ya sin tapujos- contra un modelo del que se nutrió y con creces. No sólo para la cosa pública, como fueron las relaciones carnales hasta ayer celebradas para obras necesarias, sino también se utilizó de esa concomitancia para fines electoralistas sin tapujo alguno. Aún algún funcionario debe guardar en sus vitrinas la pancarta que rezaba “este intendente me entusiasma”.
ESTILOS
No debiera escaparse que aquel estilo de gobierno del que ahora se despotrica no tiene demasiadas diferencias al que aquí se ejerce desde el municipio. Una vez ingresados en el poder comunal, se llevaron puesto a todo aquel sujeto social que osara con contar con protagonismo y vuelo propio. La participación ciudadana sigue siendo escasa y aún se aguarda una señal, al menos por aquella vieja promesa de un presupuesto participativo. Para con la tarea legislativa, el ninguneo forma parte del folclore. Ayer porque estaba instalada una oposición ilegítima, hoy porque la obediencia debida es parte de la rutina concejalicia. Ninguno de los proyectos elevados por el oficialismo amagó con abrir el juego y darle oportunidad a la oposición a corregir, agregar y/o mejorar una coma al texto original (el plan de repavimentación es un claro ejemplo).
Pero se dijo, las curiosas transformaciones en el nuevo escenario no escatiman en protagonistas. Auza, quien sigue firme en su convicción de ser candidato, también se paró del lado donde calienta más el sol. Ya no sólo marcando diferencias técnicas con el poder central desde un polémico proyecto, sino también haciéndose presente en la plaza de Los Españoles. Ni los disidentes internos más reconocidos, Solá, Reuteman, Schiaretti -por citar algunos-, ostentaron semejante postura.
Sin embargo el senador tampoco pudo con su genio. Desacreditó a los que ahora aluden sobre deslealtades y traiciones, cuando no hace mucho tiempo atrás, en la mismísima casa de altos estudios, regresó para azotar a quienes osaron cambiar, entre otras cosas, el perfil del poder que él había concebido.
Se dijo, ha cambiado el escenario, y forzadamente los actores se acomodan según las circunstancias. Seguramente el resultado parlamentario sirvió para pacificar el país y, especialmente, le dio un merecido chirlo a un estilo de poder. Habrá que esperar si se aprendió la lección o simplemente se trató de circunstanciales corrimientos forzados. En tanto, el encargado de dar la lección no fue otro que el que ya traicionó dos veces, a los que lo aplauden ahora y defenestraron ayer, como a los que lo levantaron primero y lo quieren bajar después.
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario