13 de junio de 2010
Por Guillermo Liggerini
Si bien por estas horas todo, pero todo, estará relegado a lo que deparen las vicisitudes de los 22 tipos en el rectángulo del verde césped, minutos antes que comenzara a rodar la pelotita (dicen que más liviana, complicada para los arqueros, ideal para los mejores shoteadores, según alguno de los millones de comentarios previos que aspiramos como adictos al opio de los pueblos) y Tandil y el mundo se paralice a sus pies, hubo aconteceres interesantes, importantes, que hacen al vigente debate vernáculo, por el déficit habitacional.
Se avanzó en una salida al conflicto Smata. El pre acuerdo entre Instituto Provincial de la Vivienda, municipio y ocupas a través de sus representantes, resultó alentador frente a una situación muy densa, delicada, que hasta aquí se intentó evadir, tapar con golpes de efecto que tendrán -tienen- su rédito electoral, pero que si no van de la mano de otras acciones profundas se corre serio riesgo de fundar una ciudad de exclusión.
No se está lejos, si se escuchan, leen, comentarios que tienen un denominador común, que habla de la injusticia de darle una respuesta a los ocupas, cuando hay otros centenares de vecinos que no son contemplados a la hora de allanar una salida al déficit habitacional. La reacción podría considerarse natural, pero habría que detenerse en pensar por qué una respuesta para aquellos excluidos debe abortar también una respuesta para el resto. Una cosa no debería quitar la otra.
Que se atienda a los que están huérfanos de todo, en situación de calle y forman parte de una pobreza estructural, no necesariamente debiera impedir que al unísono se contemplen acciones para atender la demanda de los que tal vez no se movilizan, no ocupan lo que no les pertenece, pero que también se ven imposibilitados de tener una casa propia.
Lo que ocurrió aquí es que hay fundamentos contundentes como para dar prioridad a un asunto que hasta aquí no lo fue. Son situaciones sociales analizadas incluso por la Justicia -vía amparo- que deben ser asumidas por las autoridades, como ahora parecen estar dispuestos a atender tanto desde la Provincia como del municipio.
“Es una invitación a que se ocupen viviendas”, fue el acto reflejo de muchos cuando se anoticiaron del pre acuerdo para construir viviendas pre fabricadas a las familias que ocuparon las ruinas de Smata.
En verdad, debiera decirse que el que no reclama no es atendido, el que no llora, no mama. Y esa sigue siendo la gran deuda pendiente de la clase dirigente. Si no, que lo digan los adjudicatarios del barrio frustrado, que en silencio estoicamente soportaron hasta llegar incluso a la resignación de convencerse que aquella casa que pagaron nunca se iba a hacer.
Al fin y al cabo, por más chocante que resulte, debiera pensarse cual moraleja que si no fuera por la ocupación de aquellos excluidos, por la resistencia inquietante de agrupaciones como Mujeres sin Techo, el asunto quedaba en la retórica del debate político.
Quien sabe, hasta incluso Lunghi y los adjudicatarios de Smata tal vez terminen por agradecer aquella controvertida movida. El primero hasta logre que Nación y Provincia respondan con más vehemencia a las gestiones por planes de vivienda. Los adjudicatarios, en tanto, después de treinta años hasta logren cumplir con el sueño de su casa propia.
Ahora empezó el mundial, es hora de inhalar el aroma único de la pasión futbolera. No está mal, ya habrá tiempo para seguir debatiendo por los problemas de siempre, entre ellos el de la injusticia social que la democracia argentina aún no supo resolver.
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