14 de junio de 2009
Por Guillermo Liggerini
Cierra una semana cargada de insinuaciones, especulaciones, más que datos concretos, contundentes, que inviten a pensar en un clima electoral diferente a lo que otros tiempos de campaña acompañaron a cada una de las propuestas electorales en danza.
Nada nuevo bajo el sol. El lunghismo primerió con una abrumadora aparición mediática, producto de los pasos de la gestión como así también acompañado de suculentos recursos destinados a la propaganda. Hasta ayer, curiosamente la oposición que ostenta equiparar equivalencias en el Concejo Deliberante insinuó una pelea despareja en materia de recursos económicos. Poco convincentes, poco creíble si se tiene en cuenta que enfrente está ni más ni menos que Unión Pro, con la abultada billetera del empresario y diputado De Narváez, y del otro lado, el Frente Justicialista para la Victoria, y todo el aparato kirchnerista y sciolista.
Sí resultaría lógico el planeo desde aquellos partidos minoritarios que claramente corren en desventaja a la hora de poder presentar sus propuestas frente a las fuertes estructuras de los partidos tradicionales. Difícilmente puedan imponerse como una alternativa a no ser por el descontento generalizado frente a los partidos de siempre que, claramente en la historia argentina, y más aún la tandilense, se inclina a fin de cuentas por lo conocido, un claro voto conservador.
El común denominador que se esgrime desde aquellos hombres y mujeres que emprendieron el desafío de querer representar a la ciudadanía en el recinto deliberativo, redunda en la falta de interés, el desconocimiento que el vecino esgrime sobre lo que está en juego el 28.
Confiesan no sin sorpresa, que a lo largo del primer tramo de campaña que se basó en las caminatas callejeras y la seducción puerta a puerta, se toparon con un desconocimiento brutal de la ciudadanía a la hora de saber qué se vota y, mucho menos, a quién.
MAYORITARIA RESIGNACION
Lejos de la crispación que demuestran aquellos protagonistas de la contienda electoral, la apatía del votante genera preocupación en aquellos que ostentan el poder, porque aquella despreocupación podría llevar a ni siquiera ir a votar, de resultar posible.
Se trata claramente de resignación popular frente a lo que ha sabido ofrecer el sistema democrático con su dirigencia política a cuestas. La democracia -el menos malo de los sistemas conocido- no ha sabido dar respuestas a los problemas vitales, comunes, léase salud, educación, trabajo y vivienda, por citar algunos ítems.
La prometida redistribución de la riqueza sigue siendo una utopía, frente a una realidad que sigue agrandando la brecha entre los que más y menos tienen. Los cinco años de crecimiento que se vivieron no alcanzaron a cambiar la vida de la gente, por más lauros que se esgriman desde el oficialismo, y también frente a una oposición que sigue resultando poco convincente ante sus propias miserias y debilidades, que lo llevan a al ciudadano de pie a repensar qué pasaría con éstos de ser gobierno ante tamaño amontonamiento y tan pocas coincidencias.
En ese desafío, entonces, andan por las calles los candidatos. Buscando disimular sus debilidades intestinas y mostrando sus propuestas para seducir a un electorado peligrosamente despreocupado. El compromiso por cambiar o convalidar un camino con su voto, no está en su orden de prioridades, tal vez porque en definitiva sabe que más allá de su voluntad y su participación, la historia no ha cambiado a lo largo de estos años de democracia.
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