24 de agosto de 2008
Por Guillermo Liggerini
Nadie presagiaba semejante desatino. Seguramente fiel a su estilo, el jefe comunal Miguel Lunghi y los suyos analizaron una y otra vez puertas adentro cómo pararse, literalmente, frente a la movilización anunciada de los municipales. No son ingenuos, también intercambiaron información con la cúpula sindical. Definir cómo moverse con disimulo frente a los demandantes y quienes en definitiva tendrán que afrontar dicha demanda salarial -los contribuyentes-, formó parte de la estrategia de ambos sectores.
Hay que aclararlo, a pesar de todo el Sindicato que conduce Roberto Martínez Lastra sigue siendo afín a los intereses de la gestión. Ambos sacaron provecho de la buena relación, a pesar de los avatares que se suceden en batallas lógicas, con heridos y bajas resonantes que forman parte del juego emprendido del 2003 a la fecha.
Apelando a la honestidad, ni ellos ni los otros imaginaban protagonizar las patéticas escenas vividas. Dicen que el lunghismo había ofrecido recibir al petitorio de manos de una comitiva sindical en el despacho, donde el jefe comunal los invitaría a tomar un café y posar para la foto. Pero los sindicalistas no lo creyeron conveniente. Si el pediatra había salido a recibir a los chacareros tiempo atrás, pues que hiciera lo mismo con los trabajadores municipales.
Fue así que se esperaba la columna de municipales en las puertas de la comuna. No en las escalinatas ni en el hall. No fuese cosa que nuevamente el jefe comunal debiera soportar algún cornetazo en su oreja y palabras agraviantes para con su gestión.
En definitiva, se culminó negociando-forcejeando por quién ganaba la escena. Similar a lo que tanto se criticó desde el Gobierno nacional en tiempo de confrontación rural (sobre quién ocupa la Plaza). Aquí se chocó por quién dominaba el interior del palacio municipal, como si unos y otros tuvieran título de propiedad del patrimonio.
Como caricaturas de personajes mediáticos, un secretario como Julio Elichiribehety en la primer línea de “fuego” cual kirchnerista Moreno a pura prepotencia. Un Héctor Llorens imitando a D’ Elía, intercambiando improperios y golpes para con quienes no coinciden. Una cantidad inusitada de alcahuetes a sueldo trenzados en pos de proteger la humanidad de éstos, y mostrarse frente a Lunghi, con el sólo propósito de justificar su presencia y demostrar su utilidad frente a la futura bendición lunghista. Un Martínez Lastra aparentando ser Castells sin poncho y menos pretensiones, aunque con una abundante barba y lanzando trompadas a tontas y a locas para la foto.
En el fondo, lo desatado tenía que ver con el descontento y malhumor planteado por las bases (sensaciones compartidas por cualquier asalariado de este país inflacionario), lo que motorizó una obligada reacción del gremio, quien fue a reclamar a un Ejecutivo sabedor de lo que se venía, incluso con su receta bajo el brazo sobre cómo lidiar frente al conflicto.
Desde el Ejecutivo, la soberbia sensación de creer siempre en que la fortuna está de su lado, lo llevó entonces a exponerse hasta la exageración, incluso poniendo la propia humanidad en juego. Ayer compartiendo un chorizo con los violentos de la UTA, más aquí subido a la cosechadora de la patria sojera, ahora era el turno de mostrarse con la misma voluntad, pero frente a los obreros que de tanto en tanto le generan un fastidio sin igual, inmanejable. Todavía esperan en qué va a culminar el procesamiento de uno de sus delfines, el coordinador del cementerio y candidato a concejal Carlos Balbín.
Lo paradójico fue que se formó un absurdo cordón humano para no dejar ingresar al edificio comunal, ese mismo lugar al que se lo reivindicó como la casa del pueblo. Apenas unos días atrás un orgulloso Lunghi se mostró conciliador, casi superado de los detractores de turno. Celebró otra de sus obras (revalorización de inmueble) junto a los suyos y una reducida sociedad de vecinos, al compás de galas corales. Habló de la casa del pueblo como un nombre más afín a su pensamiento sobre lo que representa el palacio comunal.
Subrayó que aquellas obras iban mucho más allá de lo estético. “Cuando asumí era la playa de estacionamiento de los funcionarios políticos. Hoy es un paseo para todos”, ensayó para argumentar el jardín trasero del edificio con nombre del intendente Martínez.
“Antes de que se construyera el palacio municipal el inmueble que hacía de municipio se llamaba la casa del pueblo. Es un hermoso nombre, porque unifica las diferencias. Este palacio sigue siendo la casa del pueblo. Una identidad común nos alberga sobre su techo, el amor por nuestro hogar y por la gente que vive en nuestro hogar”. Sería bueno que el pediatra releyera su propio discurso y luego intente explicar con los suyos lo que sucedió el viernes.
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