19 de diciembre de 2010
Por Guillermo Liggerini
Resultó paradójica la escena protagonizada por la dirigencia política durante la semana, más precisamente el martes, cuando se había pautado el acto oficial para dar por inaugurada la magnífica obra en Arco Iris, con un majestuoso edificio educativo.
Los pibes de guardapolvo blanco que allí fueron emplazados, no sólo debieron soportar la agobiante temperatura que por esas horas se vivían, sino que fueron los convidados de piedra de una patética forma de hacer política y su folclore. Aunque al decir verdad, quedará afortunadamente en el anecdotario el juego de los políticos que muy distante está de lo verdaderamente importante: la obra que queda.
Seguir de cerca los pormenores del protocolo arriba y abajo del escenario es compartir escenas rayanas en un surrealismo. Un submundo que sólo aquellos que gustan vivir en aquella burbuja suponen disfrutar.
Sabidas las diferencias del poder político local con el provincial y nacional, la nueva militancia (dícese de aquellos que ostentan profesar una ideología, pensamiento político, aunque en el fondo sólo defienden sus economías domésticas con el cargo que la bendita política supo conseguir) defiende con uñas y dientes, le pone el cuerpo para ganar la escena del acto.
El peronismo reunirá a sus simpatizantes con bombos y redoblantes para apoyar a sus referentes nacionales, provinciales, y fustigar al líder radical para entorpecer su lucimiento desde el estrado.
El radicalismo, desesperadamente confirmaba la hora del acto para reunir a todos sus funcionarios, concejales y afines y así apostarse horas antes, copar las primeras filas y ganar el terreno de una batalla que sólo ellos entienden.
Resultó patético observar cómo desde arriba se buscaba ningunear y hasta ignorar (en las salutaciones, por ejemplo) a quien no profesa el mismo culto político, sin advertir que el que está allí al lado fue elegido por la mayoría de los convecinos, pequeño detalle democrático que el “olvidadizo” protagonista todavía no asumió. Sólo está allí por designio del mandamás de turno.
Patetismo similar al protagonizado por secretarios transformados en cuasi barrabravas, vitoreando al líder local para contrarrestar el irrespetuoso bullicio de la oposición que intentó opacar la alocución radical.
Esa especie de onanismo político fue presenciado por atónitos alumnos y docentes que recibieron una lección de una dirigencia que de tanto en tanto desbarranca, se distancia de lo sustancial.
Lo más preocupante es que no se trata de una reacción espontánea, sino que con el paso de las horas se autoconvocarán para analizar lo sucedido y emular balances sobre el papel emprendido. Satisfechos, contentos de haber copado la parada, según sus antojadizas lecturas.
Qué rédito de aquella actitud tendrán, poco, más bien nada. Si hasta alguna dirigente opositora que sigue cobijando raíces de la otrora militancia reconoció que de nada sirve. Pero que por más diplomáticos y maduros que se presenten la historia vernácula no cambiará. Entonces, por qué no darse el gustito de incomodar al pediatra que trabaja de intendente.
Más angustiante resulta aceptar que con eso se conforman. Que no hay creatividad, y parece ser que tampoco demasiadas intenciones, de modificar un escenario electoral adverso. Dicen que Tandil es mayoritariamente conservador y entonces las chances son mínimas, como si el peronismo resultase el paradigma del progresismo.
Algún avezado observador de la realidad política vernácula aconsejó a aquella dirigente y los compañeros que quieran oír que sería bueno que se definan. Si pretenden ser apenas una fuerza testimonial (lo que sería legítimo) a favor de lo que se pregona a nivel nacional y provincial, o demostrar vocación de poder, mostrándose como verdadera alternativa a lo conocido por el lunghismo, despojándose de aquellas escenas que causan más fobia que adhesiones.
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