16 de noviembre de 2008
Por Guillermo Liggerini
El caso Rolando Sotes, que se ha ganado la atención mediática en la semana que pasó a partir del debate en el que se juzga la responsabilidad penal de dos efectivos policiales de la comisaría Segunda (uno de ellos ya absuelto a pedido del propio fiscal de Juicio), encierra algo más que la historia ventilada en la audiencia.
El propósito de las partes, a sus modos y sus formas, es acercarse a la verdad de lo que pudo ocurrir aquella noche del 24 de enero de 2005 en el patio de los calabozos de la Seccional, especialmente el rol que cumplieron los que ahora esperan por el veredicto del juez. Empero, el caso guarda otras aristas, otras verdades, independientemente del papel emprendido por el policía acusado y sus consecuencias.
Una suma de infortunios, casualidades y causalidades dejan ver que el pibe Sotes tenía un destino y nadie se interesó por corregirlo. Cruel, evitable, trágico.
Una concatenación de situaciones dudosas, preocupantemente admitidas por todos los actores de una película de la que nadie quiso hacerse cargo a la hora de cambiarle el guión, mucho menos el final.
Tan solo detenerse en recordar cómo Sotes terminó alojado en la comisaría de avenida Colón, alcanza, si se quiere, para considerar sin tapujos en que el joven no sólo estaba detenido en una celda de aislamiento, ya estaba preso de un sistema que, paradójicamente, nunca lo contuvo.
Son esos casos de los sin nombre que terminan trascendiendo porque de tanto en tanto sacuden a una sociedad por los ribetes trágicos, y se los incorpora a la rutina social al transgredir las normas establecidas para ponerlas en jaque, evidenciando su fragilidad.
Sotes fue detenido por atentado y resistencia a la autoridad. Presuntamente la policía creía estar frente a un narcotraficante aunque ahora quedó en claro que era sólo una víctima de ese delito. Un adicto más de una sociedad que sigue considerando por igual al que consume con el que comercializa.
Nunca se le encontró nada, sin embargo quedó detenido por aquel delito menor de resistirse a una aprehensión. Tenía que ser alojado en Azul, pero también por razones que la razón no entiende (sí las falencias del sistema carcelario), fue derivado a Las Flores y por la misma vía a Tandil, sin más.
Desesperado por lo que se cree un cuadro de abstinencia, y pendiente de una medicación que no precisamente se la facilitaba un facultativo sino que quedaba a disposición de un policía tan raso como sus capacidades funcionales.
Como la rutina lo indica, la convivencia en los calabozos con los otros internos no fue la mejor y terminó en una presunta reyerta que promovió su aislamiento. No sin antes iniciarle un nuevo sumario por el hecho y así sumar una nueva imputación y más tiempo de encierro.
Sus desesperados gritos por una medicación que ya no alcanzaba lo llevó a violar el candado que lo apresaba en el buzón y salió hacia ningún lado, sólo al patio interno para intentar que el eco de sus alocados gritos encontraran alguna respuesta más allá de los barrotes de la comisaría.
Sin embargo, sólo fue escuchado por aquellos uniformados que presuntamente temerosos de la violencia que podía ejercer el rebelde reo, ejercieron su violencia reglamentaria para inmovilizarlo. Después la irrupción del comisario que ahora está siendo juzgado.
Una vez controlado y “revisado” por el médico policial, se lo derivó al Hospital, donde Sotes se sintió a salvo, entre sedantes y alejado de aquella violencia desatada en los calabozos.
Pero aquel alivio sanitario sólo alcanzó para unas horas, pasó la noche y los profesionales de la salud que tenían que diagnosticarlo no encontraron nada fuera de lo “normal”, entre las excoriaciones y el cuadro medicamentoso que merecía la ocasión.
“No presenta ideación suicida”, supo escribir en el parte médico la psiquiatra que no demostró en el juicio remordimiento alguno de haber redactado un diagnóstico para un paciente que, a horas de su evaluación, terminó ahorcado en aquella misma celda de aislamiento que nunca más iba a regresar.
Todos éstos actores habían escuchado sin escuchar al muchacho que en el nosocomio lo habían calmado entre pastillas y promesas acerca de volver a su ciudad, con su familia. Sin embargo supo de su regreso a la comisaría. Azul y sus seres queridos estaban lejos, y al buzón no iba a volver. Tal vez allí se entienda porqué el dramático final de Rolando.
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