19 de octubre de 2008
Por Guillermo Liggerini
Alejarse de la burbuja comunal, por éstas horas signada por la ya folclórica disputa lunghismo- auzismo, permite conocer otras historias, realidades más fieles, contundentes, reales, que ponen sobre el tapete vivencias y actores de carne y hueso que merecen ser destacados.
Durante la semana que pasó, en el juzgado criminal N° 1 se dio curso a una audiencia en la que se ventila un delito de instancia privada que, más allá que el juicio reviste características públicas, debe reinar cierta prudencia con el sólo propósito de proteger a las víctimas, como aquellos menores que integran esta familia marcada por la violencia doméstica, con el agravante que aquí se juzga el abuso sexual sistemático de una década por parte de un padrastro para con dos niñas, hoy mujeres.
El caso merece su atención ante ciertas particularidades dentro de un contexto delicado, de una perversidad extrema que sólo ellas, las víctimas, pueden ensayar sobre cómo lo sobrellevaron y permitió llegar a esta instancia.
TESTIMONIO
Se trata de unas pibas que hace dos años superaron los 20. Ya salieron de la sala de debate, donde confiaron sus tormentos vividos frente a un trío de adustos hombres de traje estratégicamente ubicados en un estrado algo más elevado del suelo y otro par enfrentado por las hipótesis acusatoria y defensista. A escasos metros, el hombre que les provocó esta pesada carga que las mujeres sobrellevan con heroicidad, como supo definir el ministerio público fiscal.
Ambas se alejan del edificio judicial contenidas por sus respectivas parejas, quienes también dieron su testimonio para avalar sus dichos, aquella versión que ni siquiera su madre ni su abuela creyeron e insisten en negar a pesar de la abrumadora prueba ventilada.
Que hayan salido como lo hicieron de la sala de audiencia, que hoy se las denote sueltas, seguras, tiene que ver con la propia historia que supieron construir más allá del dolor, y que forman parte de aquellas particularidades de sendas historias.
Se animaron a hablar después de mucho tiempo, incluso ya alejadas físicamente de aquellos tormentos. Los abusos seguidos de violaciones -según la acusación del fiscal- se sucedieron entre los 6 a los 16 años. Recién hace un par de años ventilaron aquellos padecimientos, que solo cesaron ya crecidas, cuando decidieron escaparse a sus modos y sus formas de aquel hogar violento.
Fue en el centro de referencia La Tribu, una organización que trabaja en la contención de los pibes en riesgo, donde encontraron el ámbito para hablar de una vez por todas y llegar a donde ahora están, al juzgamiento de quien en definitiva representaba la imagen paterna y a quien a pesar de todo, cual paradoja, le siguen teniendo afecto.
Bien vale entonces destacar a esta organización social, sostenida por subsidios pero básicamente por la vocación social de varios tandilenses, que no sólo sirvió de ámbito de contención para las víctimas, sino que las apuntaló y las ayudó en pos del pesado tránsito judicial.
Ante las dudas plantadas por el propio acusado acerca de una hipótesis conspirativa (los integrantes debieron cargar con graves denuncias), el mismo fiscal alegó sobre el papel de La Tribu, cuya labor queda totalmente esclarecida y salvaguardada con sólo ver y escuchar a estas pibas. Si hay un claro ejemplo de cómo se desempeñan y qué papel ocupan, estas mellizas son el ejemplo.
INDIFERENCIA
En verdad, por las confesiones de las chicas, no había sido la primera vez que se animaron a hablar. Como pudieron ya habían intentado cuando niñas, pero nadie quiso oírlas, y allí se engrandece el compromiso de aquellos integrantes de la Ong.
Consta en los testimonios y otras declaraciones, que en tiempo de escolaridad las chicas advirtieron a las docentes sobre lo que padecían, al menos con ciertas actitudes y señales que dejaban marcados los maltratos. Sin embargo, en aquellos años, con aquellos actores, no se registró el mismo compromiso. Prefirieron una fácil y cruel omisión.
Si la madre y la abuela negaron los sucesos, porqué comprometerse desde una institución, se supone habrá sido la reflexión de aquellos que sospecharon y nada hicieron. Empero, las chicas tuvieron otra oportunidad. Primero La Tribu, después los propios actores judiciales, quienes en medio de una causa compleja lograron sumar probatorios para una imputación, a pesar del tiempo transcurrido.
La semana entrante los tres hombres de traje darán a conocer su veredicto sobre esta espantosa historia con un final esperanzador. Será el tiempo para que estas mellizas logren el consuelo de saber que no sólo unos pocos les creyeron su padecimiento, sino que será la justicia de los hombres la encargada de sentenciar lo que fue su pasado y poder seguir viviendo su mejor presente, para un más próspero futuro.
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