9 de marzo de 2008
Por Guillermo Liggerini
Algo de justicia, que no es poco, podría concluirse tras conocerse el final de una historia criminal en la ciudad, que seguramente y lamentablemente no será la última en su especie, aunque sí se llevó sus particularidades a cuestas, aquellas que hablan más allá de un hecho policial, de un homicidio. Circunstancias comprometidas con una idiosincrasia que sabe mucho de hipocresía, apatías, envidias y mezquindades. Casi a la misma proporción de solidaridades, compromisos y buenas conductas sociales.
Culminó una saga compleja, delicada, controvertida y trágica, que tuvo varios protagonistas y una víctima, José Luis Gárate. Con su asesinato devino una investigación compleja y presionada con sus respectivas repercusiones, que fueron caldo de cultivo para considerar sin dudas que se trata de esos crímenes emblemáticos de un pueblo.
Por más antipático que resulte, la ciudad parece convivir, padecer y clasificar sus homicidios. Como si existiesen crímenes de primera y de segunda. Por razones varias que estarían al alcance del análisis de un sociólogo, no de quien suscribe, los tandilenses no se conmueven con la misma proporcionalidad ante las crónicas policiales, incluso cuando hay víctimas fatales de por medio.
Tal vez el conocimiento sobre la víctima o los victimarios, todo lo que rodea a sus circunstancias, se ponen en la balanza del termómetro social para interesarse, movilizarse y en definitiva presionar ante quienes tienen la responsabilidad de lidiar con las leyes y sus limitaciones.
Sería hipócrita omitir –incluso desde lo que le compete a la prensa- que más allá del legítimo clamor popular porque se esclarezca el crimen de Gárate, había otras cuestiones en juego. Desde la credibilidad de la justicia y su encono particular que se sucedió con un actor policial de peso, hasta los pormenores de la vida privada de la víctima como de quien ostenta la propiedad donde se desencadenó la tragedia.
Algo similar ocurrió cuando el pibe Garmendia moría por manos asesinas. Hubo primero una espontánea masiva e histórica movilización y luego cierto halo de frustración colectiva cuando se confirmó desde la justicia que nos rige que los autores no iban más allá que de un trío de muchachos inconscientes.
Uno y otro fatal suceso generaban otra expectativa, otra especulación ciudadana en una sociedad que quería otra respuesta, buscaba otras responsabilidades, no se conformaba con ese “común” desenlace.
No habría otras razones para entender porqué, entonces, no hubo el mismo interés, la misma expectativa y movilización por otros hechos con finales también trágicos, y tal vez más crueles. Algunos, incluso aún no conocen final, léase impunidad terrenal.
El asesinato de Gilda Mansilla, aquella mujer pobre de toda pobreza, no generaba las mismas motivaciones ciudadanas. Aún se guardan en la retina y en los archivos periodísticos las escuálidas marchas pidiendo justicia (muchos sin dudas ni se enteraron que el hecho se esclareció).
Más acá en el tiempo, y más allá del seguimiento periodístico y la labor investigativa de los que están a cargo, tampoco las calles denotan conmoción y/o preocupación porque dos recientes homicidios naufragan, están varados en un mar de impotencias procesales. Vecinos inocentes también, como Margarita Herrera y el jubilado José Mesquidas, fueron asesinados.
Sin embargo, la expectativa social no es la misma. Ahora bien, si un par de ciudadanos de barrios de clase media alta es privado de su libertad, la percepción cambia. Otra vez los condimentos que se agregan alimentan otras miradas, otras sensaciones.
Estos crímenes de primera y de segunda, entonces, tendrían que ver con ciudadanos de primera y de segunda, transformando a la sociedad en casi dos mundos que se juntan pero se bifurcan cotidianamente, que sólo se sienten parte cuando la inseguridad se les hace carne, o cuando sus protagonistas secundarios, junto a víctimas y victimarios resultan atrayentes para el apetito cruel de un pueblo que dio cuenta de saber convivir con sus miserias.
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