12 de septiembre de 2010
Por Guillermo Liggerini
Un asunto urticante, delicado, transitó por la semana tandilense con relativa repercusión, a partir del esfuerzo de determinados actores por darlo a conocer como de otros tantos, muchos más, interesados en querer ocultarlo.
Se trata de la problemática de la minoridad en riesgo, chicos bajo causas asistenciales y/o judiciales que quedan bajo el amparo de organismos oficiales en pos de liberarlos del problemático entorno familiar que hasta allí padecían. Lo paradójico de todo es que precisamente aquellas instancias gubernamentales que velaron –velan- por su protección terminan desprotegiéndolos, dejándolo en manos de no siempre las personas idóneas y bajo la contención necesaria que establece y reza el nuevo sistema juvenil.
Desde éstas páginas se dio cuenta sobre un delicadísimo asunto que hace a los presuntos abusos sexuales sufridos por menores de edad dentro de un centro asistencial, con el aditamento que el abusador sospechado sería otro menor que fue destinado por el mismo sistema a convivir bajo el mismo techo, cuando se contaba con antecedentes sobre la problemática que este joven de 16 años padecía.
Independiente de la responsabilidad directa que la cabría al presunto abusador menor –inimputable-, el asunto merece indagar sobre las responsabilidades indirectas, pero necesarias para que se prestara el escenario para que esto ocurriera. Así también las responsabilidades institucionales de aquellos que no solo deben derivar a los chicos a los lugares posibles, sino también realizar el seguimiento, controlar después de aquella decisión asumida.
Llamativamente cuando desde este Diario se ventiló el caso, algunos actores que fueron designados con cargos concretos para trabajar en la problemática de minoridad, no estaban anoticiados y se mostraron incómodos, sino molestos, por lo que evidenciaba una falta de articulación, comunicación entre las instancias de competencia.
No menos llamativo resultó escuchar las reacciones. Algunos optaron por pasar facturas, otros por minimizar el caso. En esta última postura, algunos se amparan bajo el espíritu de proteger a los chicos. Desde aquí, humildemente se especula que más que proteger a los pibes se intentan proteger ellos de su desidia.
Para con los que optaron pasarse facturas, quedó claro la disparidad de criterios a la hora de poner en práctica las herramientas tendientes a contener la delicada situación denunciada. Celos de competencia, críticas por lo bajo, todas razones hasta entendibles pero poco atinadas frente a lo que en verdad está en juego, el bienestar de los chicos.
EL GRAN BONETE
Ocurre con la inseguridad cuando la población comienza a reclamar y presionar. Allí la policía echará la culpa a los jueces que dejan entrar y salir a los delincuentes en cuestión de horas. Los jueces responderán con las leyes y que en todo caso se debe reclamar a los legisladores quienes por oportunismo o demagogia endurecen o flexibilizan las normas según el termómetro social.. Después los legisladores responsabilizarán al Ejecutivo y éste dará la vuelta en un círculo vicioso como patético.
Aquí nomás, por este caso con menores de edad, el perverso juego del gran bonete se repitió sin solución de continuidad. Unos y otros se pasaron la pelota, se excusaron de falta de recursos humanos y materiales. De los escasos lugares donde se pueden destinar a los chicos en riesgo, de los intereses políticos en juego para sostener lugares inapropiados para ejercer dicha responsabilidad.
Una jueza se sinceró frente a a quien escribe y admitió responsabilidades compartidas por lo ocurrido con estos chicos que ahora, temporariamente, están bajo al cobijo de una familia de acompañamiento, un sistema de contención conocido como el Portal de Belén que merece ser más difundido (también para este programa hay detractores).
No se trata de puntualizar en el aberrante caso y alimentar el morbo, sino que sirve como disparador para ventilar un escenario que nadie parece querer escuchar ni ver. Mejor ocultarlo bajo la alfombra de un Tandil soñado que con un solo parpadear podría descubrir mil historias de pesadillas sociales que se fermentan en el entretejido social tandilense.
El caso debiera servir para evidenciar los graves baches, los grises que en la práctica denota el nuevo sistema infantojuvenil. Lugares inapropiados que cobijan a pibes de una brecha etaria notable, en algunos casos de distinto sexo. Escasísimos presupuestos para sostener esas instituciones que no les queda otra que precarizar la situación laboral y dejar al cuidado de los menores en riesgo a personas con escasa capacidad o profesionalismo. En Tandil se fueron cerrando puertas para albergar a los pibes y nadie levantó el grito. Pasaría lo propio a la brevedad con el lugar donde se ventiló este caso, pero nadie sabe cómo se lo va a reemplazar. Se perdieron becas y todos inmutables. Todo se dice por lo bajo, en un silencio sepulcral, cómplice, preocupante, inversamente proporcional al espíritu que reza los niños primero. Más bien, todo lo contrario.
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