20 de abril de 2008
Por Guillermo Liggerini
El contador Antonio Civale el viernes por la tarde ingresó a la sede de la Asociación Española, ese amplio local de calle Rodríguez al 500, de vidriera generosa aunque paradójicamente dentro está todo muy nublado, turbio se diría. Allí se encontró con empleados adustos, inquietos por la figura del interventor, expectantes por formar parte de una entidad vapuleada por los desmanejos y signada al despojo de su patrimonio. Sobrios muebles de antaño aluden a otros tiempos de opulencia aún se guardan en el edificio lindante con la arquitectura cultural (el teatro Cervantes) que detonó lo que era un secreto a voces, la crisis de una institución tandilense.
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Finalizaba marzo y Raúl Alejandro Díaz Esteve, también contador, irrumpía con custodia policial en la sede del Club Ferrocarril Sud. Cruzó por el comedor donde parroquianos varios cumplen su rutina gastronómica en la avenida de los tilos, cruzó un saludo con el cantinero de mil y una historia, subió las escalinatas y reojeó el salón Cervantes Salinas (lugar de encuentro para opíparas reuniones deportivas, políticas y sociales), el gimnasio de cientos de cotejos y acrobacia y el tesoro más preciado para los pelotaris, la cancha de pelota y paleta (la mejor de la región).
Se ubicó en una de las oficinas y allí tomó posesión como interventor del club de la estación. A unas cuadras, por Del Valle, el campo de deportes destila desidia, cobija una veintena de obreros que duermen en instalaciones que supieron de glorias deportivas. El crudo cemento de los pasillos de la tribuna aún transpiran algún grito de gol mezclado con el bao de harapos tendidos por los modestos inquilinos.
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En diciembre de 2007 la intervención tenía cara de mujer en la Asociación de la Pequeña y Mediana Empresa de Tandil –Apymet-. La profesional, contadora Silvia Serrano, llegó a Yrigoyen al 800, pasó la puerta vidriada, saludó a las cajeras del Bapro imbuidas en sus arqueos de caja, curioseó la escultura en miniatura del monumento al Fundidor que se erige en una mesita ratona, y se aposentó en las oficinas linderas al salón que conoció de asados y sobremesas jugosas con el aditamento de la rosca política dirigencial.
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El manojo de las resumidas historias podrían caber en el imaginario colectivo como parte de las casualidades que vive y padece una sociedad como la tandilense, que sabe de desarrollo y crecimiento atolondrado, cuyo vértigo hace trastabillar a una voluntariosa pero impávida dirigencia local.
Sin embargo, ésta y otras historias no debieran simplificarse en el tren de las casualidades, hay responsabilidades, circunstancias que motivaron semejante panorama de instituciones que vinieron acompañando a una ciudad pujante y que, de repente, quedaron atrapadas en su propia inoperancia y falta de creatividad.
Los casos terminan concatenándose en características similares. Dirigentes que afrontaron el desafío de asumir en tiempos de crisis, por voracidad de protagonismo o loables espíritus de participación. Empero, su falta de capacidad se los llevó puestos, y lo que es peor, también a las instituciones tan caras al sentimiento tandilense.
Con sus particularidades, cada uno de los dirigentes que quedó atrapado en los escándalos socio judiciales, son el cruel reflejo de una generación con escaso vuelo intelectual, modesta cintura política y nulos reflejos de gestión para convocar más voluntades que ayudaran a salir del atolladero que se metieron.
Ninguno de ellos, seguramente, se ha quedado con un vuelto. Su situación patrimonial así lo evidencia. Sin embargo, su incapacidad sirvió para poner en serio riesgo el futuro de las instituciones que pretendieron dirigir.
Es una muestra más del fracaso dirigencial y de la política. Porque el ingreso de la justicia deja en claro que se agotaron las instancias del diálogo, del consenso y la generación de ideas que lleven no sólo a la subsistencia, sino también al progreso común que motiva una ciudad en auge.
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