26 de diciembre de 2010
Por Guillermo Liggerini
Se va a culminar el año de la agenda comunal con un asunto que cruzó el debate político y marcó el termómetro de los humores de la gestión y la oposición. Asunto que tuvo sus variables, sus máximas y mínimas sensaciones térmicas durante los 365 días, pero que sin dudas al inicio como el final de 2010 lo marcó en profundidad, descolocando a propios y extraños.
El déficit habitacional fue para Tandil una problemática sobre la cual se debió lidiar sin pausa, complejidad que finalmente también se destapó más allá de las fronteras serranas.
Ayer, como hoy, el debate recurrente pasó sobre las responsabilidades propias y ajenas. Del municipio y de quienes tienen los presupuestos para los paupérrimos planes de vivienda. Está claro, se trata de uno de los derechos básicos, y más claro aún que se ha venido vulnerando sistemáticamente, a pesar de las bonanzas económicas que las administraciones actuales gozan.
Que un municipio podría hacer más de lo que hace, resulta atendible. Que también la Provincia y Nación debieran destinar más fondos para este menester, también.
Casi como corolario del año que se va, precisamente estos actores volvieron a verse las caras y lejos de dejar un mensaje de optimismo, esperanzador para al menos pasar unas mejores fiestas, instalaron el peor de los presentes. Un encono, entre miserias y estrategias electoralistas, propio de una dirigencia que sigue lejos del interés común. Así fue que mientras ellos se pasaban facturas, miles de familias penan por no acceder a un techo propio.
Claro que ahora el lunghismo puede sacar pecho con más confianza en la discusión, habida cuenta que lo que ayer defendían a ultranza casi en soledad, se replicó “arriba”, cuando la mismísima Presidenta habló de no convalidar las ocupaciones que se estaban dando en sus propias narices. Pero en definitiva, hasta aquí, allá como acá, lo único en que se han empecinado es en achacar sobre lo hecho, sobre las consecuencias y no sobre las causas.
Las ocupaciones, usurpaciones, o como prefiera catalogarlas, devienen de una desentendimiento de las administraciones. Seguramente habrá motivaciones legítimas y otras no, pero la necesidad está y es el Estado ausente el que dejó fermentar ese caldo de cultivo.
Mientras allá discuten entre reprimir o no y acá sobre legitimar o no la toma adjudicando directamente a quienes ocuparon lo que nos les pertenecía, ninguno se encarga de explicar cómo se va a dar respuestas a semejante demanda, que no sólo atañe a los que menos recursos tienen, sino a un asalariado que tampoco accede a crédito alguno.
Por compromiso o convicción, los funcionarios de Nación vinieron con la intención de dar el gran anuncio. Claro, atado a conceder a las pretensiones de los que ocuparon, pero se toparon nuevamente con un lunghismo que se muestra más cómodo que nunca en la compleja problemática.
La intransigencia radical proviene también de la convicción pero más aún del compromiso con su electorado, que no gustaría que se termine adjudicando viviendas a aquellos que se metieron de prepo. Habría que recordar -les- que gobernar no sólo implica representar los intereses de los sectores afines, sino que a veces indefectiblemente se debe asumir el costo político de no coincidir con el pensamiento de quienes mayoritariamente respaldan la gestión.
Entre tantos pases de facturas y calificativos poco habituales entre autoridades, cabría la hipótesis de una salida -dicen que en eso se está- y que deberá atender las convicciones y contradicciones de ambos actores. Si los dirigentes nacionales están convencidos que resulta prioritario darle una respuesta a los que ocuparon en La Movediza, que se destine un porcentaje de las viviendas por anunciar y asuman el costo y la contradicción con lo que expresó la primer mandataria.
De ser así, el lunghismo también deberá asumir el costo de mostrar su debilidad frente a una demanda que golpea en sus narices y no han tenido un ápice de creatividad para contemplar alguna herramienta local al menos que atempere los ánimos. Asumir, por caso, la contradicción de contar con una Usina y su anodina Usicom que hasta aquí sólo sirvió para que los circunstanciales directores cuenten con un haber nada despreciable.
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