10 de febrero de 2008
Por Guillermo Liggerini
Una vez más la ciudad se desayunó con que uno de los patrimonios culturales emblema del teatro había quedado en manos tan ricas como anónimas que, como en otras reliquias locales, tienen mucho pasado y su futuro sólo depara incertidumbre.
Seguramente, las limitaciones edilicias impuestas desde normas locales como nacionales, dan cierto suspiro sobre lo que nadie quiere que suceda, pero que poco se vino haciendo para impedirlo.
Primeramente salió a la luz la propuesta de ex ediles, justicialistas ellas, que insisten en que el Municipio haga los oficios y los esfuerzos en pos de adquirir el ex banco Comercial de Pinto y Rodríguez, cuyas características tranquilamente podrían ser funcionales a la idea del traslado de la administración comunal, tanto del poder Ejecutivo como Legislativo, incluso con espacio para otras alternativas, como la exposición que hoy se emplaza, con relativo lucimiento, en el Museo de Bellas Artes.
Luego devino lo que se presumía: desde la Sociedad Española se anunció la venta del mítico espacio cultural teatro Cervantes, aquel que encontrara sus mejores galas en décadas pasadas y luego pasara a manos comerciales poco afines a su arquitectura. Paradójicamente, incluso parte de sus instalaciones recientemente fue utilizado por el actual gobierno para hacer proselitismo y luego festejar desde las escalinatas el triunfo electoral.
Los ejemplos sirven para evaluar qué grado de compromiso ciudadano y estatal, consecuentemente, hay sobre el resguardo de su memoria, en este caso arquitectónica. Qué voluntad política se manifiesta más allá de escuálidas normas plasmadas en códigos edilicios.
Al menos se evidencia que la premura, la vocación de conseguir el propósito plasmado en la actual administración no es igual. Hay prioridades que cada gestión evalúa según sus parámetros y estrategias. Seguramente montar una réplica de la piedra Movediza resulta un golpe de efecto más redituable que recuperar y hacerse de un edificio como los que se está hablando. Las cifras no son las mimas, obviamente, pero también resultaba una utopía pensar que se podía recuperar el hipódromo de Villa Aguirre, cosa que se logró, no sin antes negociaciones complejas y despojo de terrenos que bien pudieron generar alguna reparo.
Esta cansina postura expresada en los hechos por parte del Municipio no le es exclusiva a la actual gestión. También otros gobiernos, con otros perfiles ideológicos, si se quiere, hicieron lo propio para estar siempre detrás, llegar tarde a una y cada una de las situaciones proclives a que la comuna adquiera, recupere para el bien común su patrimonio.
Todavía algunos recuerdan la tardía reacción por lo que fue la subasta de las canteras en Cerro Leones, donde hoy también manos anónimas atesoran un paraíso prohibido. Majestuosas cavas de los tiempos de explotación minera transformadas en cristalinos espejos acuáticos que servirían para un atractivo turístico de magnitudes no supieron de intervención alguna.
NATURALMENTE AJENO
Tampoco hay que engañarse, el mismísimo patrimonio natural que ostenta la ciudad, sus sierras, no sólo son presa de las dañinas explotaciones canteriles, sino que una gran parte del cordón serrano que rodea el partido es propiedad privada. A la luz está el otro daño paisajístico que vino acompañando la sociedad tandilense como son las coquetas propiedades poblando uno y cada uno de los cerros, incluso algunos ostentando desde una de las laderas del paseo emblemático como el circuito del Lago, desafiando toda norma no escrita de buen gusto.
Así, entonces, tampoco se obvia que aún quedan algunos carteles de inmobiliarias ofertando a la venta terrenos ubicados nada más y nada menos que en otro de los atractivos descuidados de la ciudad, que también le es ajeno al patrimonio comunal, La Cascada.
Casi enfrente, luce otro paraíso natural, la Reserva Sierra del Tigre, uno de los pocos espacios aún municipales que paradójicamente ha quedado en pocas manos, laboriosas, pero con poco ingenio y recursos como para embellecerlo y estar a la altura de las circunstancias.
En definitiva, los tandilenses parecen no ser dueños de nada, poco a poco todo fue quedando en manos anónimas, sociedades económicas oportunistas que despojados de un interés común hicieron y harán su negocio.
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