5 de mayo de 2010

Policiales

Policiales. Piden 17 años de prisión al acusado de matar a apuñaladas en una pelea de bar

Una noche de copas, deudas pendientes y un muerto tras recibir un par de puntazos, formarían parte de la cruda escena que ayer, en la audiencia oral y pública del Tribunal Criminal Nコ 1 se intentó reconstruir. Especialmente, dilucidar la responsabilidad penal de Juan Domingo “Tingui” López, el único imputado de la fatal pelea en el bar Romero, de Pasaje Blandengues al 600, ocurrida en octubre de 2008.
Para el Ministerio Público Fiscal, doctor Marcos Egusquiza, quedó acreditada la autoría y responsabilidad del acusado por el hecho calificado como Homicidio simple, pidiendo en consecuencia la pena de 17 años de prisión.
Para la Defensa, a cargo del doctor Claudio Castaño, no se reunieron los elementos suficientes para endilgarle el ilícito a su cliente. Empero, si el Tribunal lo condenaba solicitó el mínimo de la escala penal.
El suceso fatal ayer llegó al Tribunal Criminal Nコ 1, integrado por los jueces Pablo Galli, Guillermo Arecha y Gustavo Echevarría, quienes abrieron el debate para evaluar la responsabilidad penal de Juan Domingo "Tingui" López (35), por el asesinato de Juan Carlos Pereyra (31).
Con el desfile de testigos que aquella noche participó de los incidentes en el bar, el fiscal encontró acreditado que minutos antes de las 3, Juan Orajovac y Juan Carlos Pereyra jugaban al pool, hasta que por razones que los protagonistas prefieren aún hoy no develar, se trenzaron en una pelea. Allí se sumó el acusado López y dos personas más, quienes salieron en apoyo de Orajovac.
En la reyerta, sobre la cual el fiscal consideró que Pereyra sólo atinó a defenderse, Tingui López extrajo entre sus ropas un arma blanca -no especificada- y acometió contra la humanidad de la víctima. Serían dos puntazos en la zona del pecho, a centímetros del corazón. Heridas que con el par de las horas terminarían con la vida del agredido.
Ninguno quiso precisar sobre los motivos de la pelea cuando los protagonistas se conocían y compartieron más de una noche juntos. Pero ayer en la sala de audiencias, como en los pasillos poblados de familiares de víctima y victimario, se percibía una verdad sobre códigos poco afines al código penal, que habla sobre el presunto honor vulnerado por habladurías, comentarios acerca de la vida tras las rejas. La golpiza precisamente se habría dado porque Pereyra habría vertido alguna versión sobre los días de Orajovac en la cárcel.
Cabe reseñar que tras el hecho, los investigadores emprendieron la búsqueda de los sospechosos, hasta que con el paso de las horas se dio con la detención de Tingui López, en un predio ubicado a la altura de Taborín, Lima y el circuito semipermanente.
TESTIGOS
Al turno de los testigos, el primero en abrir el fuego resultó Pablo Colotti, reconocido amigo de la víctima. Hombre de pocas palabras y sin demasiado ánimo de ahondar en detalles, el declarante recordó que esa noche estaba en la barra del bar y vio cómo comenzó la pelea entre los protagonistas, que él intentó mediar para separarlos hasta que el Tingui López extrajo un cuchillo de la cintura y realizó un movimiento como si estaba acometiendo una puñalada contra Pereyra. Allí -dijo- prefirió no mirar más y dirigir su atención al televisor. Segundos más tarde, Pereyra se le acercaría herido balbuceando, como pidiendo ayuda, por lo que el testigo llamó a la ambulancia para que socorriera a su amigo.
Por más insistencia del fiscal como del defensor, Colotti se mantendría en sus dichos. Ni un detalle más ni menos sobre la trifulca y los respectivos roles de los protagonistas. Para el fiscal era suficiente, había ratificado que fue López quien portaba el cuchillo y lo vio hacer el movimiento de agresión. Para el defensor, en cambio, las dudas persistieron.
Llegaría el turno de Jorge Rodríguez, otro parroquiano de aquella noche que resultaría también testigo clave del hecho.
Su rostro daba cuenta de un altercado anterior con el propio López. Una cicatriz cruzando uno de los perfiles de su rostro había sido el saldo de un encontronazo con el mismo Tingui López años atrás. Sin embargo, el propio Rodríguez dijo tratarse de una cuestión saldada y que a la altura de los acontecimientos ahora ventilados ya habían recompuesto la relación. Para el fiscal, en cambio, le serviría para añadir elementos incriminantes y agravantes a la pena luego a peticionar.
Vale acotar que al acusado también le vale el apodo de cuchillero, según el comentario vecinal del cual también referenció hasta el propio defensor a la hora de su alegato.
Rodríguez también resultó un hombre de pocas palabras. Apenas recordó frente a los jueces que del bar se habían ido junto a la víctima y Orajovac en el auto del primero. Que por razones mecánicas quedaron a pie y volvieron al boliche. Allí, en el trayecto, Orajovac le dijo que estaba enojado con Pereyra y que lo iba a ca... a trompadas por “ortiba”. Si bien él estuvo en el bar cuando la pelea, dijo no recordar quién agredió a quién. Menos quien tenía el cuchillo asesino.
EL QUE VIO Y RECORDO TODO
Finalmente llegó la hora de Raúl Alberto López, cuñado de la víctima, primo del imputado, y pieza clave, sino fundamental para lo que sería la suerte del presunto homicida.
En efecto, Raúl López más locuaz que sus antecesores detalló cómo sucedieron los hechos que dieron muerte a Pereyra. El primer incidente, cuando Orajovac le asestó un golpe con el taco de pool a la víctima, quien mostró señales de desistir de la pelea, pero que igualmente el agresor como los otros tres sindicados en la reyerta atropellaron contra él con trompadas y puntapié. Entre éstos, el Tingui, a quien vio como sacó un cuchillo de tamaño chico y le asestó al menos dos puñaladas.
A pesar de la insistencia del defensor por encontrarle alguna contradicción, el testigo se mantuvo en su postura, lo que resultó una declaración sólida, seguramente muy tenida en cuenta por el Tribunal a la hora de dictar veredicto.
Tras otros testigos que no aportaron demasiados nuevos elementos al debate, el fiscal Egusquiza arremetió con su alegato, tomándose de los testimonios escuchados en audiencia como los elementos incorporados por lectura para ratificar la acusación por Homicidio simple. Subrayó la reseña del incidente anterior (pesa una condena por otra agresión con arma blanca del año 98) y su costumbre de portar un cuchillo.
Tras hacer un pormenorizado raconto de la hipótesis de los hechos ventilados y los respectivos roles, pidió que se condene al acusado a la pena de 17 años de prisión, como así que se lo declare reincidente, lo que implicaría un cumplimiento efectivo de la condena solicitada.
Tras escuchar el alegato defensista (ver aparte), el juez Galli resolvió que el miércoles próximo, a las 12, se ventilará el veredicto del juicio que ayer mismo, pasado el mediodía arribó a su etapa final.
Defensa
“He aquí el hombre del cual se han ensañado” respondió el doctor Claudio Castaño para aludir a su defendido en referencia a los hechos que se le endilgaron durante el proceso y ayer se ratificó en la audiencia oral y pública.
Para el defensor, no existieron elementos suficientes como para acreditar la responsabilidad de su cliente, sin dejar de subrayar que ayer se develó que se había tratado de una pelea entre borrachos, por lo que no había que hablar de intencionalidad homicida.
También pidió a los jueces que contemplen el escenario socio cultural por el cual conviven los protagonistas, en el que portar un cuchillo resulta moneda corriente. Acerca de la reseña acusatoria sobre los antecedentes penales de su defendido, enfatizó que ya había pagado la penas impuestas, para así arremeter contra la reincidencia, por lo que pidió expresamente que el Tribunal se expida acerca de la inconstitucionalidad del instituto en cuestión.
De haber condena, reflexionó, se tratará de un acto de injusticia habida cuenta de las dudas que persisten en el caso, entre los motivos de la pelea y los respectivos roles de los protagonistas, para luego considerar que pedir 17 años de prisión por una pelea de “mamados” resultaba un despropósito.
Acusó de faltar a la verdad, sino de mentir, a los testigos que le endilgaron a López la autoría de las apuñaladas, para así insistir en la absolución de su cliente. De considerarlo culpable, entendió que debía contemplarse el mínimo de la escala penal que establece el código.

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