13 de abril de 2008
Por Guillermo Liggerini
Cuando el intendente Miguel Lunghi empezaba armar sus valijas con destino Venezuela, se le cruzó en su pensamiento la última misión comercial. Aquella que venía cargada de optimismo y anuncios comerciales rimbombantes pero se vio dilapidada mediáticamente por un escándalo. En el Hospital se ventiló una denuncia conocida como el caso formol. En pleno regreso, Lunghi se desayunaba de la situación y provocó uno de sus pesares más notorios: tener que remover a su ladero Lavaroni como director administrativo y a García Allende como director médico. Jamás se perdonó que saliera a la luz semejante sainete en el centro asistencial con él fuera de la ciudad, con escaso o nulo margen de acción.
En medio de esos pensamientos, nuevamente en su despacho golpeó la puerta el presidente de la Usina, Daniel Favoretti, quien insistió con su dimisión ante su frustrada gestión. Días previos había planteado lo mismo pero se le pidió paciencia, aunque con el paso de las horas y los días se confirmó un secreto a voces. Los directores privados ya habían sentenciado su suerte.
La experiencia indicó entonces que no había tiempo para estirar la agonía. No había margen para esperar que Patricio Fernández (ex titular de la Cámara Empresaria) regresara de su excéntrico viaje. Había que asumir el costo político de encontrar un reemplazante y digerir un nuevo fracaso frente a la joya de la abuela: la Usina Popular y Municipal (¿?).
Fracaso porque esta vez y contra todos los pronósticos, se había apelado al consenso con los camaristas para designar un hombre sin vicios políticos, con antecedentes técnicos y visión empresaria capaz de llevar adelante la prometida diversificación.
Se había ganado la candidatura de la mano precisamente de los camaristas, quienes lo convocaron años atrás como disertante. Más precisamente en agosto de 2006 fue presentado en la mesa directiva como consultor y habló sobre "Cosas que he visto en las empresas que perduran y crecen,…(y que la mayoría no aplica)".
Su exposición entusiasmó y allí surgió la idea. Sin embargo aquella primera impresión se dilapidó en plena convivencia con los mismos privados que los habían levantado, a contramano incluso de los intereses políticos.
El radicalismo afincado en el centenario partido jamás perdonó a Lunghi semejante nombramiento. Incluso el presidente saliente, Carlos Nicolini, se lo hizo saber vía mail el disgusto reinante (se había entregado uno de los botines políticos más caros al sentimiento del poder vernáculo).
POR LA VUELTA
Frustrada la nueva medida (al igual que con Muñoz y Victorino Pugliese, respectivamente), se retoma aquella vieja idea: designar a un hombre del riñón. Un soldado de la causa lunghista, aunque curiosamente no se trate de uno de los integrantes más defendidos de la legión, sino uno de los más curtidos y desgastados de la era lunghiana, Oscar Maggiori.
El hombre que supo ganarse más enemigos que afinidades (incluso dentro del seno radical), pero que goza de una indeclinable fidelidad del propio Lunghi, será quien ocupe ahora el cetro, luego de haber pasado a cuarteles de invierno tras batallas devastadoras que llevaron a la gestión a desgastes impensados desde la Secretaría de Desarrollo Local.
Si bien la sociedad tandilense poco se conmoverá por la ida de Favoretti o la vuelta de Maggiori al centro de la escena política, la movida merece pensar qué señales se quiere dar desde el Gobierno comunal.
El lunghismo acusa recibo y admite que la designación de un hombre con escaso conocimiento sobre la idiosincrasia tandilense (especialmente de aquellos que mantienen el status quo accionario) y nula cintura política resultó un fiasco. Por eso ahora se lo reemplaza sin consenso alguno con un político de pura cepa, que garantiza fidelidad, pero con un currículum cargado de controversia.
Se podría hablar de la generosidad del intendente, que sigue prefiriendo asumir los costos políticos para mantener sus lazos de afinidad. Como si se tratase de un programa asistencialista llamado plan segunda oportunidad. El ingeniero Maggiori va por la revancha.
La jugada vuelve a ser arriesgada. La señal hacia fuera trata de un dirigente que no precisamente resulta el paradigma del empresario exitoso (el propio síndico de la Usina, contador Omar Farah debió dedicarse a mejorar los antecedentes financieros del funcionario para cumplir los requisitos que exigían para integrar el ex Ideb y luego viajar a una misión comercial). Mientras que en la función pública se destacó más por las polémicas que por los logros, más allá de los forzados balances que se intentan pergeñar desde el oficialismo.
En manos exclusivas de hombres lunghistas (Maggiori y Renis), entonces, ahora queda la empresa que sigue siendo sólida, a pesar de los avatares de la crisis nacional, y los conservadurismos extremos localistas. De la que se espera siga generando energía, porque para eso fue creada, aunque indefectiblemente debe hacer escala en otras variantes de negocios de lo contrario dejará de ser lo que sus fundadores sellaron a fuego, porque de seguir así "Tandil es más grande que su Usina".
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