9 de agosto de 2012
Como tocado por la varita mágica, Juan Martín Del Potro pareciera haber estado predestinado a ser el artífice, el gran protagonista de conquista épicas para el deporte de la ciudad. Para el tenis en particular, una actividad en la que desde sus comienzos encontró motivaciones observando a sus mayores. A Mariano Zabaleta, a Juan Mónaco, Diego Junqueira o Máximo González.
Marcelo Gómez -formador de todos ellos- aseguraba a este cronista en tiempos en que Del Potro empezaba a sorprender con 11 o 12 años. Decía el Negro: “Así, a su edad, era Zabaleta -entonces el indiscutible 1 argentino- ya lo vas a poder ver”. Y no se equivocó. En nada. Buen ojo para detectar talentos y aventurar éxitos a futuro.
Y el tiempo le fue dando la razón. Inolvidable aquel título del Orange Bowl, ganando en Sub 14 el tradicional torneo de Miami. Aunque meses antes se había constituido en actor especial subiendo al representativo argentino al podio del Mundial de Menores -algo que se le venía negando al tenis de nuestro país- en ocasión de la cita ecuménica que se desarrolló en Prostejov, República Checa y donde Del Potro, lideró el equipo que también integraban el formoseño Emiliano Massa y el cordobés Nicolás Terrera, teniendo de capitán Mario Bravo, otro de Tandil que en el rol instructor contribuyó en su evolución.
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