11 de enero de 2013
Desde los siglos XVIII y XIX cuando desembarcaban en Buenos Aires, escritores, técnicos, empresarios, militares o cualquier otro personaje interesado en conocer las oportunidades o posibilidades, que sobre todo para las comunidades europeas ofrecía el Nuevo Mundo; fue observado y manifestado por estos la docilidad y buena boca en el manejo que tenían los caballos locales.
Si tenemos en cuenta, que no había actividad que se realizara sin la participación de este, el caballo, podemos entender, el porqué de la importancia de ese detalle en el amanse de los mismos, cosa muy difícil de obtener en países europeos que ya poseían una cultura hípica mucho más antigua que la nuestra.
La habilidad innata de nuestros gauchos en el amanse, fue siempre insuperable, donde el más pobre o de menos recursos era sin duda poseedor de una tropilla de doce o quince animales lo que le permitía disponer de tiempo, praderas infinitas para galopearlo, domarlos y hasta cazarlos, porque ese es el término, cuando se salía en grupos a encerrar manadas salvajes, de miles de ejemplares que a fuerza de boleadoras y lazo, eran capturados para luego disponer de ellos.
Entre los elementos que se usaban y aún se usan para “hacer la boca” de un potro o de un redomón estaba “el bocado”, el cual, elaborado con tiento vacuno perfectamente sobado o pabilo trenzado o torcido era colocado en dos o tres vueltas al belfo inferior pasando por debajo de la lengua en el espacio que queda entre el colmillo y la dentadura, anudándolo de forma que no se desprenda al tirar las riendas de este, las que irán prendidas por sus presillas al bocado o en el caso a un par de argollas que deberán pasarse a través de este último previamente.
El bocado de pabilo es más suave que el de cuero y antiguamente se usaba un bocado de hierro, hecho a base de dos grampas unidas entre sí que se ataban con dos tientos y que llevaban a cada lado una argolla de donde se prendían las riendas.
El mismo está compuesto por dos piezas de forma semi circular que se abren o cierran a voluntad y que juegan en razón de estar eslabonadas por medio de un ojo. Se coloca en la boca del caballo y se cierra en la parte inferior, juntando por los extremos las dos piezas, terminadas cada una en un ojo.
Luego se atan pasando un soguita o tiento por esos ojos. A los lados de dichas piezas van dos argollas en las que se prenden las riendas.
Entre las excelentes piezas que exhibe nuestro Museo local, pueden observar en la sala Adolfo Figueroa un recado puesto en un caballete que fuera de su propiedad, el que muestra en su cabezada en lugar de freno un bocado de hierro, cosa que me llamó la atención por ser ese recado uno de lujo y no los que se usan usualmente para la doma, pero que así y todo cuenta con ese adminículo tan de uso en otras épocas del gauchaje de la provincia de Buenos Aires, plagada esta de buenos domadores, jinetes y paradores, capaces de doblegar, con maestría y profundo conocimiento del yeguarizo a quien luego sería su compañero más fiel tanto en la guerra como en la paz compartiendo con este amaneceres, heladas y jornadas enteras de ardua labor, en esa silenciosa tarea del gaucho argentino en el engrandecimiento de su patria.
Bueno amigos espero les haya gustado la nota, y ah! paisano, hágase una gauchada, dése una vuelta por la sala de Hemoterapia de “nuestro” Hospital y done sangre, el pago agradecido, hasta la próxima. rincontradicionalista@hotmail.com
Lo elaboró el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa) y fue financiado por el BID. Sobre 31 distritos, Tres de Febrero fue el municipio mejor ubicado, seguido por las ciudades de Córdoba y Santa Fe.
Comentarios
0Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales.
Iniciá sesión para dejar tu comentario
Iniciar sesiónCargando comentarios...
Denunciar comentario