24 de septiembre de 2008

Locales

Locales. RINCON TRADICIONALISTA: El Malón

Entre todos los temas que he tratado en este rincón tradicionalista referidos a la vida y costumbres de nuestro hombre de campo desde su aparición en todo el territorio argentino y sobre todo en el ambiente pampeano, que es el que más nos interesa a los “sureros” o porteños según sea la óptica del que analiza la historia, no puedo dejar de hacer mención a un personaje que fue parte indivisible de los acontecimientos que llevaron adelante la conquista del territorio por ellos ocupados desde la edad de piedra y que el hombre blanco en su afán conquistador y en algunos casos con buenas o malas artes trató y logró definitivamente su posesión.
Las opiniones son diversas y obviamente durante el curso de la historia, los protagonistas trataron de llevar agua para su molino defendiendo cada uno su postura ante la forma en que se invadió y usurpó el territorio del que fuera habitante natural de las praderas; aunque en algunos casos esos campos fueron abonados en forma real a los dueños originales (Estancia “Miraflores”, Flia. Ramos Mejía, Ptdo.de Maipú), pero fueron los menos, la mayoría fueron otorgados a través de la Ley de Enfiteusis promovida por nuestra gran “iluminado” B. Rivadavia los que fueron pagados por el estado argentino tarde, mal y nunca.
Por otro lado había pocas posibilidades de avanzar sobre el desierto y los primeros pobladores lo hicieron a fuerza de sable, lanza y coraje, trasladando sus familias y enseres a través de una frontera absolutamente insegura y en muchos casos traspasando las líneas de fortines que eran precarios asentamientos con milicias mal equipadas, hambreadas y peor montadas que obviamente no podían otorgar la seguridad que ese desplazamiento de colonos requería.
De esa forma nació la estancia argentina con dueños que trabajaban a campo y peleaban a la par de sus peones y eran tan gauchos como aquellos en momento de la defensa de sus pequeñas fortalezas (hasta algún cañoncito poseían) contra el azote de los malones, formados por verdaderos ejércitos de aborígenes que luchaban en principio por su tierra y ya más luego por el botín que encerraban las propiedades del “huinca cristiano”.
Nombres como Pincén, Calfucurá, Payné, Baigorria, Yanquetruz (le puso sitio a Tandil), hacían temblar la frontera cuando organizados malones atacaban las estancias, llevándose en arreo miles de vacunos y yeguarizos, que luego eran comercializados en Chile con las tribus araucanas en la que se denominó “la rastrillada del desierto” que cruzaba las Salinas Grandes llegando por la Pampa hasta el Neuquén para pasar luego al país trasandino en una huella que hasta hoy se puede distinguir en vuelos de avión.
El malón en su ataque diezmaba todo a su paso, hombres ancianos y niños caían bajo su lanza o eran pasados a degüello llevándose las mujeres cautivas que luego integrarían sus posesiones o serían vendidas o canjeadas al igual que cualquier caballo apreciado.
Todo elemento de valor era sustraído y las piezas de plata (candelabros, monedas, iconos de iglesias, etc.) eran entregados por capitanejos a los plateros de la tribu, para ser fundidos y convertirse luego en pilchas de plata para sus aperos o algún juego de espuelas sobresaliente, su codicia no tenía igual, aunque era más respetuoso a pesar de la ignorancia que el cristiano a la hora de repartir el botín de guerra con sus hermanos de lanza.
Mucho se ha escrito sobre la habilidad increíble que tenían en el manejo de la boleadoras y de las chuzas, construidas con cañas de tres metros de largo traídas de Chile y en cuya punta afirmaban por medio de tientos media tijera de tusar o la hoja de algún cuchillo, la que manejaban con maestría sin igual, mientras montados en su caballo de pelea llevados de tiro para tal fin y aperados en forma muy liviana para tener mayor libertad de movimientos, asolaba los campos que atacaba, mientras que la Chusma (mujeres e indios viejos) los seguían a 5 o 10 leguas para arrear con suma vaquía el producto del malón hacia tierras seguras, alejándose de la avanzada.
Se han volcado litros de tinta tratando este tema y cada cual hará su lectura del contenido pero solo el tiempo dirá de quien fue la razón en lo que dio en llamarse “La conquista del desierto”.
En el cuadro que ilustra la nota vemos un acrílico de Carlos Montefusco denominado “Dende el fondo del desierto”, en donde se refleja en forma caricaturesca pero veraz una escena que debió repetirse cientos de veces en el siglo XIX.
“Hace trotiadas tremendas
Dende el fondo del desierto
Ansi llega medio muerto
De hambre de sé y de fatiga
Pero el indio es una hormiga
Que día y noche está despierto”.
José Hernández
(“Martín Fierro”)

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