12 de febrero de 2008

Locales

Locales. Rincón Tradicionalista: La doma

Desde los comienzos de todo y no solo refiriéndome a nuestra historia nacional sino en todo el mundo, el hombre ha estado de un modo u otro ligado al caballo, en la guerra o en la paz en los combates más encarnizados, en los rincones más lejanos del mundo, tirando de un arado, nuestro amigo y compañero de bueno y malos momento ha estado presente dando lo mejor de sí a pesar que en muchos casos (y son muchos lamentablemente) no se le ha pagado con la misma moneda su esfuerzo y su nobleza, muchas veces no entendida por algunos personajes que como dice José Hernández en su obra cumbre el “Martín Fierro”, cuando habla de de los frangoyadores que andan de bozal y rienda.
Hoy por hoy están un tanto divididas las aguas en cuanto a los conceptos de la doma y el amansamiento de un yeguarizo pues en los últimos años han comenzado a aparecer domadores o amansadores que se inclinan por lo que llaman doma india o “racional” que trata de seguir al pie de la letra esa especie de Biblia criolla que es el Martín Fierro y disculpen mi insistencia en recurrir a la palabra escrita, pero es que no hay nada mejor descripto ni que descubra con más exactitud lo que se vivía y como se hacían las cosas y en cuanto al amansamiento de los pampas de sus caballos que a la vista de los europeos eran flacos, peludos, mal tusados pero inalcanzables en los guadales, capaces de recorrer 30 leguas en un día en su trote interminable sin más comida que la hallada en el camino pues no conocían la avena ni nada por el estilo, con una boca de seda, capaces de doblar en redondo en un metro cuadrado, defendiendo a su jinete en los combates contra el ejército que lo invadía para pasar a la mansedumbre inconcebible atado o simplemente rienda arriba al lado del toldo sin una maneo que lo ataje. El indio amansaba así con una paciencia infinita, vareando de madrugada y sin pegarle jamás, todo era manoseo y trabajo “de abajo” hasta que al poco tiempo se dejaba montar y con un “bocado” bien sobado y unas rienditas hacia con él su dueño lo que quería enseñándole hasta correr hasta a correr boleado. Es de suponer que este sistema de doma fue creado por el indio en los años en que pudiendo capturar a algunos ejemplares descendientes de los dejados por Pedro de Mendoza, base de nuestros criollos y viendo en alguna oportunidad a los españoles montados en ellos, tuvo que crear su propio sistema que le permitiera montarlos pues ampliaba esto todo su sistema de vida y sus horizontes de nómada al trasladarlo el caballo a distancias más lejanas, amén de su poder en las guerras tribales y contra el blanco.
Atrapándolos en cercos naturales e inmovilizándolos con sus boleadoras comenzaron en forma totalmente autodidacta a amansar a esas verdaderas fieras en su beneficio y fueron dueños de un arte sin igual que como dijimos antes muchos hoy tratan de rescatar discrepando en muchos casos con los defensores a ultranza de la doma “tradicional” que se ha aplicado en nuestro país desde tiempo inmemorial obviamente en un ambiente donde no se podía contar la cantidad de yeguarizos que poblaban la provincia de Buenos Aires, había estancias con poblaciones de 20 o 30 mil y cada paisano tenía tropilla de 25 o 30 animales, contar con menos era estar a pie (al decir de la época) obviamente eran todos de a caballo y todos domaban desde los peones a los patrones, quebrar un caballo en una pialada o paleteando un toro era cosa de todos los días no nos olvidemos que en esos años no se usaban corrales y el trabajo se hacia a campo y el reemplazo del montado no se consideraba casi, tal era la cantidad de animales disponibles para el trabajo diario. En estos casos una vez elegido el potro tanto a campo como en algún cerco o corral de palo a pique, se lo enlazaba pialaba o se lo boleaba con las potreadoras, maneaba y embozalaba en suelo para luego tratando de hacerlo cabrestear embramarlo a algún palenque (atarlo) o planta bien firme para que este al sentirse preso tironeara con todas sus fuerzas sentándose constantemente en el esfuerzo supremo por cortar esa amarra que lo privaba de la libertad que hasta ese momento había disfrutado en su vagar por la pampa y que lo obligaba por la mano del hombre a hacerse caballo, eso era la palenqueada.
Luego de un día y una noche y con el cogote dolorido ya se sentía con menos fuerza y empezaba a cabrestear, al cabo de unos días se solía (se suele hacer hoy) atar el cabresto a un tronco o palo pesado que él pueda arrastrar para que este cediendo a los tirones le permitiera comer caminando (pastear) y de esa forma también aflojar el cogote el que era masajeado luego con grasa de potro, siempre y cuando el animal hubiera sobrevivido a semejante tratamiento.
Muchos quieren dominarlo
Con el rigor y el azote
Y si ven al chafalote
Que tiene trazas de malo
Lo embraman a un palo
Hasta que se descogote.
“Martín Fierro”
Se lo suelta y se lo deja recuperar, puesto que el animal suele enflaquecer y venirse debilitado por el esfuerzo y ya al cabo de algunos días se lo vuelve agarrar para darle los primeros galopes y comenzar así la doma propiamente dicha, pero eso lo dejamos para la próxima los dejo y hasta la vuelta.

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