1 de octubre de 2010
por Ernesto R. Sangineto
Entre las hazañas ecuestres que para demostrar baquía o simplemente diversión propia o ajena exhibían nuestros gauchos, se encontraba el salto de la maroma. Para el desconocedor o ajeno al mundo de los caballo de aquellas épocas, puesto que hoy obviamente en desuso no tendríamos oportunidad de presenciar semejante espectáculo a sus ojos parecería una maniobra simplemente suicida, por no comprender este la mentalidad de esos centauros, que tomaban semejante prueba como cosa normal y de todos los días, como podrá observarse en algunos párrafos que pasaré a transcribir tomados de viejos relatos de paisanos de la zona de Tapalqué o los escritos por Carlos G. Daus conocido tradicionalista.
Empezaré por describir de que se trata la mencionada maroma: es un travesaño de madera, soga o alambres en forma de rienda, que unen o sostienen las puntas de los postes que forman la entrada de un corral a una altura de tres a cuatro metros del suelo, como lo verán en la magnífica lámina de Florencio Molina Campos que acompaña la nota, donde se observa el completo desarrollo de lo que voy a narrar.
Antiguamente los paisanos haciendo gala de arrojo y valentía, se suspendían de la maroma con las manos largándose luego sobre los yeguarizos que salían en tropel del corral y se amontonaban en la puerta. No creo que nunca se haya ejecutado esta peligrosa acrobacia en los casos en que fuera un solo animal el que pasaba bajo la maroma ya que entonces a este le sería fácil en merito a lo ancho de la tranquera, gambetear o cuerpear a quien pretendiese dejarse caer sobre su lomo, según relatos de testigos presénciales de la época.
Dice Daus: “-Era sorprendente en realidad, una singular proeza de los gauchos de antaño. La entrada del corral se hallaba cerrada por cinco toscos palos cruzados a manera de puerta en lugar de los usuales portones de Inglaterra y con la salvedad de que el más elevado se alzaba a 8 pies del suelo; entre las yeguas encerradas había una de pelo obscuro, grandota como de cinco años, de mirada vivás y de unos quince palmos de alzada. Se la veía inquieta en grado sumo por la inmotivada privación de su libertad. Cambiadas una o dos palabras con su capataz el señor… nos indicó saliéramos de aquel, cuando vino un gaucho, con enormes espuelas, llevando en la mano solo un pesado rebenque; trepóse al más alto palo de la tranquera y colgado en ese travesaño se mantenía en balanceo, tocando apenas, para conseguirlo, uno de los horcones laterales; otro gaucho retirando previamente los cuatro palo inferiores, entro a su vez en el corral; revoleando el lazo en alto, asusto al montón de yeguarizos encerrados, que en tropel escaparon por la puerta. Espiando atento a la oportunidad de que los animales pasaran por debajo, el paisano se descolgó con agilidad, cayendo montado justamente, sobre el lomo de la arisca yegua obscura, quien, sorprendida, aminoró por segundos la carrera, hasta que sintiendo el lonjazo del rebenque sobre los flancos, lanzó un bufido y, dando dos o tres corcovos, reanudo la frenética disparada, gacha la cabeza campo afuera. No menos excitado parecía el temerario jinete, el cual azuzándola como un demonio castigando y espoleando al bagual llego hasta perderse de vista. El patrón, sin embargo nos aseguró su pronto regreso, como en efecto sucedió al cabo de un cuarto de hora, volviendo la yegua a tropezones, exhausta de cansancio aunque exhibiendo el blanco de los ojos en su contenido furor, caída las orejas, pero siempre arisca cediendo a las cachetadas del rebenque sobre ambos lados de las quijadas. Apeado el gaucho, deslizándose con un salto ágil de la yegua todavía en movimiento, se nos presentó dando la impresión de no haber realizado cosa alguna fuera de los común. La yegua en cambio no quedo así: cubiertos de espuma los temblorosos flancos, cortados y ensangrentados por las agudas rodajas de las espuelas, detuvose pocas yardas más como rendida; después olfateando el pasto relincho al verse libre y al echarse rodó sobre si misma, revolcándose, débilmente primero, luego con más energía; a los tres o cuatro minutos se incorporó, sacudiéndose vigorosamente, y recién cuando dimos algunos pasos hacia ella largo varias coces al aire y al tranco largo inició vertiginosa carrera, sin descanso expresándonos entonces el señor… que posiblemente no pararía hasta encontrarse con los compañeros de la manada, que hacia tiempo se nos perdieron en lontananza.”
Largarse de la maroma: en las instrucciones para la Administración de Estancias de Don Juan Manuel de Rosas se dice: que el Restaurador efectuaba fácilmente la prueba llamada de la maroma, en boga antiguamente en las estancias y que consistía en colgarse de una maroma que reunía las extremidades de los postes del corral, y dejarse caer horquetado sobre un potro chúcaro que se soltaba del corral. Podía igualmente parado en la puerta del corral saltar sobre uno de los potros que salían y jinetearlo. En fin nadie tiraba con tanto vigor y destreza el lazo y las boleadoras como lo hacia él.
Bueno amigos espero le haya gustado la nota, será hasta la próxima.
Correo de lectores abierto.
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