1 de febrero de 2013

Locales

Locales. RINCON TRADICIONALISTA: Las primeras Estancias

Recordando en rueda de amigos, mis épocas de cacería en la zona del Río Samborombón y el extenso Salado, les contaba como en compañía del vasco Martín Severo hombre de Castelli, campero entre los camperos y encargado de un campo sobre la ruta 11 a escasos kilómetros del canal 15, recorríamos los potreros de la llamada “Reducción”, establecimiento de aproximadamente 15.000 has al que se llegaba a través de inmensos montes de tala por caminos de conchilla y cruzando un gran puente de hierro, que también nombra Yuyú Guzmán en su excelente libro “El País de las Estancias” y que como yo en su momento, hablo de hace treinta años, me hice la misma pregunta que ella al ver las dimensiones de dicho puente que no condecía con el páramo en que estaba emplazado, lo que indicaba sin duda que en años anteriores la actividad agropecuaria de la zona debió ser de mucha importancia.

Pero vayamos al relato, puesto que sin saberlo, estaba yo recorriendo en esos años, los mismos lugares que recorrieron los López de Osornio quienes de la mano de Clemente el patriarca de la familia, nacido en Buenos Aires en 1720 que era hijo de Francisco López de Osornio español, casado con María Gamis de las Cuevas y Álvarez de Lazarte, rica heredera de apenas 17 años, que había recibido como dote matrimonial una inmensa propiedad territorial en la zona del Río Salado, que era sin duda la frontera natural en que en esos años se dividía la Provincia de Buenos Aires y los territorios del aborigen.

Clemente López de Osornio, fue un fiel exponente de su época, medio estanciero, medio militar y gaucho por sobre todas las cosas, único medio de lograr el respeto de su personal que como el ocupaban los campos defendiendo a sangre y fuego, los embates de los hijos de la tierra, que con sobrados motivos solían atacar en los famosos malones, dichas propiedades, que fueron suyas durante centurias.

No es este el momento ni la intención de demostrar de quien era la razón, solo trato de ubicarme en la época, para relatar un caso acaecido que es parte de nuestra historia estanciera.

Nuestro personaje con 16 años pobló el Fortín “Arrecifes”, lucho en expediciones al Salado, fue proveedor del gobierno cazando en las vaquerías hacienda para el ejército virreinal, su primera estancia se ubico en los pagos de “La Magdalena” llamado “La Vigilancia”, ocupando con el tiempo al obtener los derechos de propiedad que se otorgaban por ley de “Enfiteusis” del gobierno de Rivadavia, los campos llamados “Las Víboras” y “Del Medio”.

Las mismas eran verdaderos fortines que contaban con mucho personal avezado y armamento acorde, puesto que hasta con algún cañoncito contaban y construían en las inmediaciones del foso de contención contra el ataque, refugios en la tierra que albergaban hasta tres personas, donde se escondían hasta terminado el malón, generalmente mujeres y niños.

Siguiendo su periplo al sur del Salado en 1775, obtiene los derechos de posesión de una antigua estancia que perteneció a los Jesuitas llamada “Reducción de Nuestra Señora de la Concepción” un terreno de forma triangular que hacia esquina entre la desembocadura del Salado y la costa del Río de la Plata y en la ribera de una de sus islas, levanto un rustico caserío del lado sureño, frente a un arroyo que se comunicaba a través de un puente levadizo (que aún se conserva) y la denomino “Rincón del Salado”, que luego con el pasar del tiempo llevara el nombre de “Rincón de López” debido a la tradición y fama de su fundador. Los contratos de posesión, indicaban entre sus cláusulas, que el terreno pasaba a su custodia “para limpiarlo de Indios y alimañas y si sus descendientes alcanzaban a defenderlo hasta cumplidos 40 años de su posesión, entonces podría ser de ellos, de su propiedad privada para trabajar y vivir sin compromiso con nadie”.

Esta estancia ubicada en medio del desierto fue maloneada muchas veces, siendo los indios que siempre merodeaban en busca de cacería de vacunos y yeguarizos, un constante peligro y fue en uno de esos malones que Don Clemente ya anciano pero que aún andaba a caballo junto a su hijo mayor Andrés de 26 años, luego de soportar junto a su personal dos feroces embates de los aborígenes, trataron de cruzar El Salado sin ser vistos para pedir ayuda a otros estancieros vecinos, pero fueron lanceados, quedando sus cuerpos en los pastizales como mudos testigos de la lucha por la conquista del desierto.

Fallecido Don Clemente, el campo quedo en manos de su hija Agustina mujer “de a caballo” y de vocación estanciera, que casada con León Ortiz de Rosas tuvieron muchas hijas y los varones fueron tres: Prudencio, Juan Manuel y Gervasio.

Paralelamente esto explica el porque del espíritu gaucho, de caudillo natural y guerrero del que a la postre sería el restaurador de las leyes Don Juan Manuel de Rosas, hecho como su abuelo al desafío de la frontera y a la violenta y áspera fascinación del medio rural, que estaban hechos como a su medida.

Nos cantaba el inolvidable Alberto Merlo “-…el sable y la tacuara no están de adorno, en lo de López Osornio”.

En la ilustración que acompaña la nota vemos a un indio de los llamados “de lanza” de las tribus ranquelinas salido del lápiz de Eleodoro Marenco.

Bueno amigos espero les haya gustado la nota, y ah! paisano, hágase una gauchada, dése una vuelta por la sala de Hemoterapia de “nuestro” Hospital y done sangre, el pago agradecido, hasta la próxima. rincontradicionalista@hotmail.com

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