24 de febrero de 2009
Por Ernesto Sangineto
La palabra “calcha” tal vez sorprenda un poco a aquellas personas no ligadas profundamente al tradicionalismo que por si mismo hace que las personas aficionadas a él hagan un estudio de los diversos aperos tradicionales, no solo de la provincia de Buenos Aires sino de todo el país y este caso la denominación “calchas” denomina a la montura correntina también llamada apero chaqueño o malabrigo.
Desde la época colonial el correntino, activo protagonista de la evolución histórica argentina y con un sentido de austeridad, orgullo y amor a la libertad lo que lo hizo participar de innumerables campañas militares durante la colonización, la emancipación y la organización nacional hicieron del hombre de Corrientes un militar por necesidad y no por vocación, guerrero por excelencia cimentado en el sacrificio y la sangre de sus hijos “defenderemos la Patria aún en contra del rey” frase expresada en cabildo abierto de la ciudad de Corrientes cincuenta años antes de los días de mayo.
Las sucesivas expediciones en tierras inexploradas en la que el hombre debía valerse del medio con lo que este le proporcionase (vaquerías, expediciones militares, etc.) hizo que se crearan recados de mayor comodidad y practicidad posible, apareciendo así el lomillo en reemplazo de la clásica montura española basado este en la simplicidad de su confección, sin armazones complicadas en su confección que requiriera de talabartero especializados y de altos costos.
La llegada de vaqueadores de Buenos Aires con sus nuevos recados (lomillos) de fácil fabricación casera, hizo que se lo adoptara en forma unánime en toda la zona del Litoral, hasta ser reemplazados lentamente a finales del siglo XIX y perdiéndose totalmente a principios del XX. Motivó esto al igual que en la provincia de Buenos Aires la mestización de los caballos criollos con pesados europeos a los cuales por sus anchos lomos el lomillo no se adaptaba con facilidad.
En la construcción del malabrigo se empleaba cuero, junco y madera, tres elementos que abundaban en la zona y cualquier lugar los podía proveer. Se rellenaban dos fundas redondas, de tres a cuatro dedos de ancho con junco previamente hervido para que no se quiebre (bastos) y se unían estas por medio de un trozo de cuero dando entre los bastos la distancia de un puño cerrado a fin de que estos asienten sobre el lomo del animal. Para mantener armado los bastos y que no se abran se utilizaban dos cabezales de madera que se retobaban en las puntas. Estos cabezales tenían dos salientes en una de sus caras que se clavaban en las puntas de las junqueras dándole así una rigidez que impedía que se desarme la silla.
Estos lomillos al ser elásticos en su centro cedían a la presión de la cincha cuando no estaban bien confeccionados lo que podía maltratar el lomo del caballo.
A cuatro dedos del cabezal delantero iba cosida una tira con dos agujeros (acionera) de donde prendía las estriberas que se usaban largas dando más libertad al cuerpo; para medirlas se utilizaba el brazo extendido a la punta de la estribera y el estribo en la axila dando el punto deseado. Bajo el recado se colocaban dos caronas una de suela decorada y otra de cuero crudo con pelo más grande que el anterior y que sobresalía de dos a tre s dedos, su forma era en la parte delantera redondeada y en la trasera en punta de tres cuartas por lado de largo lo que fue característico de la zona.
En los recados chapeados de mucho lujo la carona de suela era reemplazada por una de cuero de yaguareté. Una jerga gruesa y otra fina se colocaban debajo de las caronas y debajo de esta una bajera de cuera de oveja pelado o esquilado para proteger las jergas del contacto con el lomo de la cabalgadura.
Todo esto sujetado al caballo por la cincha y la encimera confeccionadas preferentemente de suela y/o hilo de algodón tramado cerradas y orladas más resistentes estas al agua de los bañados de Corrientes que las de cuero crudo comunes en la provincia de Buenos Aires.
El pegual o sobrecincha sujeta el pellón o cojinillo que puede ser de oveja o de hilo cubierto con sobrepuesto de terciopelo en los de lujo, de hilo de algodón o lana confeccionado en telar o de cuero de ciervo curtido en los de trabajo.
El conjunto se completaba con cabresto largo “de uno” que servía para atar a soga al animal para que este pudiera pastar. Este cabresto se ponía sobre el pecho de la cabalgadura anudado doble en forma de trenza y de él se colgaba la manea. Así las “calchas” (apero) formaban un excelente conjunto para dormir: primero contra el piso las dos caronas que cubre una superficie de dos metros por sesenta de ancho aislando la cama de la humedad del suelo, sobre estas lo cueros de oveja y a modo de almohada el recado. Sobre los cojinillos el chiripa y para protegerse del frío las jergas y el poncho cubriéndose la cara para evitar el rocío. No se usaban pechera ni baticola, como en España, estos elementos aparecerían a finales del siglo XIX cuando el recado es reemplazado por el sirigote.
Característico de este apero era la diferencia entre los cabezales siendo el delantero en forma de v invertida y el trasero de peineta como la montura mejicana los cuales en los chapeados de lujo eran ricamente ornamentados con plata.
En la ilustración que acompaña la nota vemos una montura correntina o malabrigo antigua silla con arzón y peineta revestidos en plata carona de suela con aplicaciones de estrellas y escudos de la confederación cincelados en plata punzón de la “Talabartería y Lomillería de Lorenzo Domínguez” de Empedrado, provincia de Corrientes.
Buenos amigos espero les haya gustado la nota, los saludo y hasta la próxima.
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