6 de agosto de 2009
Al armar un recado el hombre de a caballo de hoy, no digo gaucho pues creo que tal apodo o denominación sería una especie de título solo aplicable a aquellos personajes que vivieron en nuestra campaña dos siglos atrás y que son los referentes de todo los que los tradicionalistas de ley tratamos de emular hoy en mayor o menor medida pero con la mayor honestidad y rigor histórico posible, siempre dependió del respeto a usos y costumbres regionales pero también de la mano de sus posibilidades económicas.
En épocas de oro de la agricultura y ganadería argentina los hacendados locales volcaron en sus montados todo el lujo y hasta extravagancias innecesarias para la equitación, pero demostraron a través de la labor del platero el poder económico del que los lucía (mas o menos como las 4x4 actuales, Audi, BMW, etc., etc.) pero volviendo a los antiguos de antes (diría Carlos Montefusco) la atracción por los lujos de plata data ya desde el año 1600 en el cual ya hay registro de artesanos plateros instalados en la ciudad de Buenos Aires. La mayoría venidos de Europa que con un oficio volcado a lo que hoy llamaríamos platería civil y/o religiosa, crearon la llamada platería criolla ya que era numerosa la lista de pedidos de gauchos y propietarios de establecimientos rurales que gastaban fuertes sumas de dinero en esto tan atractivo de poseer piezas exclusivas.
Estribos, frenos, estriberas, pretales, cabezales de lomillo, luego de bastos, pretales chapeados, riendas, cabezadas, espuelas, rebenques, cuchillos, maneas, mates, rastras y todo el repertorio que los talleres del platero pudieran ofrecer.
Se estilaba que el jinete se llegara hasta el domicilio de este último a encargar su apero diseñándolo a su gusto, lo que con el correr del tiempo pasaría a ser un tesoro de la familia que lo preservaría del deterioro del tiempo, para que sirva como testigo mudo de una época pasada de gloria y esplendor ecuestre o en su defecto quedando en manos desaprensivas que lo harían terminar en la casa de compra venta o volviendo a los crisoles para fundirse otra vez.
Pero fue el siglo XIX donde el arte plateril se destacado con mayor fuerza y podría observarse al decir de escritores de la época que recorrieron nuestra campaña en maniobras militares (Mansilla) o extranjeros en sus curiosas "evaluaciones" de nuestro potencial como nación (Mantegazza, Munster, Burger, etc.) que el gaucho era capaz de no poseer un mueble dentro de su rancho pero su "montado", "crédito" o "parejero" como se lo solía designar era un solo relucir de plata en todo su apero lo mismo que su persona, rastra, tirador tachado de monedas de plata, cuchillo y espuelas, y más avanzado el siglo hasta a las boleadoras elemento puramente de trabajo se las calzó en plata con finos trabajos orfebrería y marfil, pasando a ser un elemento de adorno haciendo grupa en el frente de los bastos.
Esto demuestra también el espíritu nomade de nuestros gauchos al llevar toda su riqueza consigo en su continuo deambular, riqueza que tal vez cambia de manos en una mano de naipes o cuadrera.
El gaucho compartió su gusto por las prendas de plata con el indio, Mansilla relata en su inmortal "Un excursión a los Indios Ranqueles" los encargues de materiales que le realiza el cacique Ramón Platero para mejorar la hechura de las piezas que elaboraba en su primitivo taller en los toldos de Leuvuco piezas que eran utilizadas por indios de rango que vestían sus montados con toda clase de arreos de plata de los que hay numerosos ejemplos en manos de importante coleccionistas privados y museos tradicionalista.
Con el paso del tiempo se realizarían combinaciones de cuero y plata arte en que nuestros gauchos también fueron maestros "trenzadores" como se los llama antaño, sogueros hoy, realizando excelentes trabajos con la aparición de los pasadores largos primero y cortos (barrilito)después, que al ser importados de Europa ya elaborados en forma industrial en metal blanco o plata baja (alpaca) permitían una fácil adquisición por parte del hombre de campo que con su natural habilidad en las artes manuales podía confeccionarse el mismo sus lujos combinando soga y metal.
En la foto que acompaña la nota vemos una rastra de plata de antiguo diseño del "caballito" con el cuño del platero local Juan López de Armentia con travesaños rígidos acompañada de cuatro carolos españoles de 1793, 1796, 1806 y 1818 y dos patacones de 1882, la misma sobre un poncho de alpaca bordado por la señora de Damiano aquí en Tandil lo que habla como he dicho en más de una oportunidad de la calidad de nuestros artesanos locales, ambas piezas son propiedad del autor.
Buenos amigos espero les haya gustado la nota un saludo y hasta la próxima.
Correo de lectores abierto.
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