26 de abril de 2012

Nacionales

Nacionales. Sin inversión no habrá nueva YPF

Por Hugo E.Grimaldi (DyN)

BUENOS AIRES.- Los círculos virtuosos son capaces de generar corrientes de acción nunca vistas. Cuando las energías se ponen al servicio de la mística, ésta se potencia y los individuos o los equipos de fútbol o las sociedades alcanzan alturas enormes.

YPF, como las Malvinas, son para los argentinos infladores muy poderosos y el Gobierno las eligió como causas nacionales.

A la inversa, las depresiones llevan a nuevos tropiezos que conducen a más depresión y cuesta siempre abstraerse del efecto rejilla que, como el agua que gira en tirabuzón, se lleva para abajo todo lo que se pudo haber construido y mucho más.

Y en este sentido, juegan en contra del Gobierno las sospechas de ineficiencia y de corrupción y las dificultades objetivas de un modelo económico que necesita, de contínuo, el aporte permanente de fondos frescos.

¿Qué pueden tener que ver estos dos contrapesos sicológicos con lo que está sucediendo con YPF, el concepto de soberanía, la política energética, el rol creciente del Estado, la probable cortina de humo sobre el caso Ciccone, el rápido olvido de la tragedia de Once y la macroeconomía?

Mucho, ya que en estos momentos se asiste en la Argentina a una ardua lucha entre los dos escenarios, enmarcada en un claro cambio de paradigmas.

Por un lado, aparece el fuerte impulso del Gobierno a la incentivación del fervor nacionalista, sustentado en el amplio apoyo de la gente y de sus representantes en el Congreso, un proceso que se da de frente contra la realidad de la situación económica.

Por imprevisión o porque los tiempos de la política no han ayudado, lo cierto es que el kirchnerismo llega a esta profundización dogmática (al "vamos por todo") en un mal momento.

No sólo por qué está agotando aceleradamente las diferentes cajas a las que acudió y acude (AFJP, Reservas del BCRA, Préstamos intraestatales, etc.), sino porque quedó parado en situación de debilidad, cerrado en materia de comercio, peleado con el mundo y sin financiamiento externo, con los dos superávits llenos de agujeros y justo cuando el ciclo económico empieza a flaquear productivamente, la inflación tiende a crecer y el tipo de cambio a quedarse atrás.

En tanto, y es lo más acuciante, ni la Nación ni mucho menos las provincias tienen suficiente plata disponible para hacer las millonarias inversiones que se necesitan para consolidar la pretendida "soberanía" hidrocarburífera y menos con los fondos que habrá que poner en la formación de Vaca Muerta (Neuquén), para transformarla en un yacimiento productivo de gas y petróleo no convencional.

Por lo tanto, pese a los discursos antiempresas que a veces se escuchan, el Gobierno ha dicho que apelará al vapuleado sector privado que, en materia petrolera, suele taparse la nariz, pero va siempre al frente cuando consigue que un mayor retorno del capital le cubra los riesgos o bien de una guerra o de gobiernos impredecibles.

Tanto la necesidad tiene cara de hereje en este caso de YPF, que se ha llegado al extremo de plantear que el petróleo y el gas que extraía Repsol no era "soberano", mientras la intervención negocia con la Exxon, símbolo del capitalismo estadounidense, y con otros para que se arriesguen y lo saquen.

Así, la expropiación de las acciones de los españoles y el andamiaje legal que aparece en el proyecto de ley para darle sustento a la intervención sobre toda la cadena hidrocaburífera, desde el pozo al surtidor, podría ser en el mediano plazo un lastre para el país.

Esta tarea regulatoria, que ya se viene llevando a cabo desde el año 2003, además de haber dejado al sector sin precios confiables, fue la que, según los expertos, llevó al país a la pérdida del autoabastecimiento.

Hoy, sin plata genuina para atender los gastos del Estado y ahora con la necesidad de inyectar mucho más en el proyecto YFP, el Gobierno se encuentra con un problema en las manos, antes que con una solución.

Es insólito que el kirchnerismo, campeón de campeones entre los pragmáticos, se haya equivocado tanto en los tiempos, a la hora de querer imponer sus ideas. En el actual contexto, apuntar al argumento de la "soberanía" suena a manotón de ahogado y desluce los pretendidos fines.

Tal como ha sido incapaz de guardar en fondos anticíclicos los superávits de antaño, tampoco el Gobierno ha tenido, en aquellos tiempos de vacas gordas, el timing necesario para potenciar mejor este mismo discurso inflamado de recuperación que esgrime ahora.

Quizás, entonces, los muchachos de La Cámpora no estaban maduros para salir al ruedo o no tenían la llegada que tienen ahora con Olivos. Claro está que, en esos años, los funcionarios eran todos amigos de Repsol y el contralor del Estado le convalidaba los balances.

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