17 de enero de 2023
Probablemente sea difícil de advertir para quien pase a las apuradas, pero detrás de una verja oscura ubicada en la intersección de Nazca con San Martín, justo enfrente del Instituto Roffo (el primer hospital oncológico de América latina, ya centenario), avanza a ritmo sostenido una estructura de 8000 metros cuadrados que ofrecerá un tratamiento de vanguardia para el cáncer al que solo se accede en 20 países.
Se trata del Centro Argentino de Protonterapia (CeArP), que albergará equipos de última generación para tratar tumores con radioterapia, cuatro de los cuales serán los primeros que se instalen en la Argentina. Entre ellos, uno que en lugar de irradiar tumores con fotones (Rayos X de alta energía), como es el caso de la radioterapia convencional, utiliza protones, lo que permite mayor precisión y preservación de los tejidos sanos del paciente. Será el primero al sur del Rio Grande. Existen alrededor de 111 en el mundo, casi todos en el hemisferio Norte y en países denominados "desarrollados", más China y la India.
La gema de esta joya de una complejidad comparable con la de un reactor nuclear será un ciclotrón de 230 toneladas, capaz de producir y lanzar haces de protones contra el blanco elegido con precisión de uno o dos milímetros. Se indica para tumores de difícil acceso, muchos de ellos, pediátricos. El Destape recorrió la obra, posible gracias al trabajo conjunto de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la Universidad de Buenos Aires (UBA) e Invap.
La protonterapia se considera la forma más avanzada de radioterapia con haces de radiación, porque permite concentrar la entrega de la dosis terapéutica en el tumor con muchos menos efectos en el área circundante. Utiliza protones (partículas subatómicas de carga positiva) como si fueran proyectiles de máxima precisión. Su importancia radica en sus propiedades físicas y radiobiológicas, ya que pueden penetrar los tejidos con poca dispersión lateral.
Apunten al tumor
"La estrategia consiste en apuntar desde distintas direcciones al blanco tumoral para concentrar ahí toda la energía, pero hay que pasar a través de tejido sano -explica el físico Gustavo Santa Cruz, gerente del área medicina nuclear y radioterapia de la CNEA y coordinador del CeArP-. A diferencia de los haces de fotones (que ingresan, alcanzan un máximo en determinado lugar y después decaen exponencialmente sin frenarse nunca), los protones tienen una curva invertida de dosis en profundidad: al principio aportan menos radiación, tienen un máximo en los últimos centímetros (lo que se llama ?pico de Bragg?, físico que describió por primera vez ese fenómeno), y luego se frenan completamente y se acabó la historia. Se trata de maximizar la puntería y con un proyectil de mayor calibre, porque el protón tiene casi 2000 veces más masa que el electrón. Entonces, rompe el ADN de las células tumorales, de una manera más compleja y a la célula le cuesta más reparar ese daño".
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